Capitulo 2

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Del odio al amor.

Inglaterra, mayo. Años después.

La mañana se anunciaba inquieta desde el amanecer, como un potro nervioso piafando en el establo.

Un cielo gris plomizo, el tipo que no promete lluvia dramática sino una humedad pertinaz y deprimente, se cernía sobre la campiña. En la finca de los White, el aire parecía cargado no solo de la típica bruma inglesa, sino de voluntades encontradas y de la palpable tensión que precede a un despliegue social importante.

—¡Por todos los santos, Candice! ¿Es que piensas mudarte allí dentro? —la voz de la tía abuela Elroy, afilada como el tacón de su bastón, atravesó la puerta de roble macizo de la habitación—. El carruaje está listo desde hace media hora. Los Grandchester nos aguardan, y la puntualidad es la cortesía de los reyes… y de quienes aspiran a codearse con ellos.

Desde el otro lado, un suspiro de exasperación adolescente —o pre-adolescente, para ser exactos— se mezcló con el crujido de la cesta de mimbre donde un gato atigrado, dormitaba ajeno al drama.

—¡Aún no termino de cambiarme!—replicó Candy, ahora una niña de nueve años cuyo espíritu seguía siendo tan indomable como su cabello rubio , aunque ahora contenido a la fuerza en dos trenzas apretadas que le tiraban del cuero cabelludo—. Y además, el viaje hasta Grandchester me marea. El olor a cuero y a polvo del camino me revuelve el estómago.

—Cinco minutos —ordenó la anciana, y el golpe seco del bastón en el suelo de mármol del pasillo subrayó la sentencia—. Ni uno más. Y vístete con algo lindo. El vestido azul de seda con el lazo francés. No el de diario. Hoy no se trata de gustos, sino de impresiones.

—Pero mi vestido rojo es más cómodo y tengo los zapatos ya amoldados… —insistió la voz desde dentro, con un deje de genuino fastidio.

—No —cortó Elroy, y la palabra cayó como un portazo—. El rojo es un color de lo más vulgar para una visita formal. Además —añadió, con ese tono de comparación que sabía era el más efectivo—, piensa en el joven Terrence. Entre los Grandchester, a él lo visten con la elegancia debida cada día, sin importar si recibe visitas o no. La excelencia, querida, es un hábito, no un disfraz de domingo.

Dentro de la habitación, inundada por la luz fría que se colaba por la ventana, Candy frunció el ceño frente al espejo de cuerpo entero.

El reflejo le devolvía la imagen de una niña ataviada como una muñeca de porcelana : encajes que picaban, seda que resbalaba como el agua y un azul pálido que hacía que sus pecas resaltaran como salpicaduras de barro.

Su nariz, pequeña y ligeramente respingona, se arrugó con desdén.

«Parece un muñeco de porcelana,sí», pensó, no sin cierta amargura. «Cambiando de traje para cada ocasión, impecable, frío… y tan hueco como uno.»

La imagen de Terry, con su sonrisa formal y sus modales de manual, le vino a la mente, reforzando su desprecio.

—¿Qué has dicho, Candice? —preguntó la voz desde el pasillo, cargada de una sospecha peligrosa.

Candy se sobresaltó. «¡Maldita costumbre de pensar en voz alta!»
—Oh…nada, tía abuela. Solo que… que el lazo está muy bonito. Ya voy.

La resignación en su voz era tan palpable como la humedad del aire. Había perdido otra batalla. Pero la guerra, lo sabía, continuaba.

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En la mansión Grandchester, el ambiente no era menos tenso, aunque la batalla se libraba en un frente diferente: el del aburrimiento militante y la rebelión pasiva.

Del Odio al AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora