Capitulo 14

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Del odio al amor.

El sol, un disco pálido y cansado, comenzaba su descenso hacia el horizonte, tiñendo de ámbar y sombras alargadas los severos muros del Colegio San Pablo.

Las campanas, con su repique metálico e implacable, anunciaron el final de las clases, liberando un torrente de estudiantes que llenó los pasillos de ecos, risas y el susurro constante de cientos de zapatos sobre piedra.

Para Candy, sin embargo, el bullicio habitual sonaba distorsionado, como si una nota discordante, apenas audible, se hubiera colado en la sinfonía diaria.

-Qué romántico lo de la rosa con tu nombre -comentó Patty mientras caminaban juntas hacia los dormitorios, su voz tratando de perforar la nube de pensamientos de su amiga-. De verdad, Anthony no se anda con medias tintas. Lo malo -añadió, bajando el tono- es que parece que todos, excepto nosotras, siguen empeñados en ver a Terry como el villano de la obra. Un villano con muy mal gusto para la destrucción de pianos, según dicen.

-Sí... -respondió Candy, su mirada perdida en las losas del suelo-. Y no puedo hacer nada sin pruebas. Solo son rumores. Palabras al aire. -Hizo una pausa, y un destello de alivio genuino cruzó su rostro-. Lo bueno es que al menos ya no sigue castigado por lo del... incidente . El duque debió interceder.

Patty sonrió, un gesto cálido y comprensivo.
-Para ser un'chico malo', se pasa las horas muertas en el salón de música, intentando grabar esa melodía que compuso para ti en un cilindro de cera, porque dice que el papel no le hace justicia. -Su sonrisa se ensanchó-. Tienes suerte, Candy. De tener a dos caballeros tan... diferentes, luchando por tu atención.

-¡Patty! -protestó Candy, pero el sonrojo que le subía a las mejillas desmentía cualquier enfado.

La idea de Terry, ensimismado y torpe, tratando de preservar una música para ella, le producía una ternura punzante que se enredaba con la confusión.

Al girar en un cruce de pasillos más estrecho, chocaron de frente con un grupo que avanzaba en sentido contrario.

Eliza iba a la cabeza, rodeada de su corte habitual. Candy, sobresaltada, dio un pequeño paso atrás.
-Lo lamento,Eliza. No vi por dónde iba.

La pelirroja la miró apenas, con una frialdad que era más desconcertante que su habitual hostilidad activa.

No hubo comentario sarcástico, ni sonrisa falsa.

Solo un desdén glacial.
-Tú no me hables-dijo, su voz plana, como si Candy fuera un mueble en su camino-. Vamos, chicas.

Y se alejó, arrastrando consigo a sus acólitas. Fue un rechazo tan absoluto y tan inesperado que dejó a Candy helada en el sitio.

-¿Y ahora qué tiene? -preguntó Patty, frunciendo el ceño al observar la espalda rígida de Eliza-. Normalmente se pega a ti como una lapa, buscando cualquier resquicio para colarte a su hermano o para sacarte información.

-No lo sé -respondió Candy, una inquietud reptando por su espina dorsal-. Pero hoy... hoy ha estado rara. Distante. Como si ya no me considerara... relevante.

-Ahora que lo mencionas -dijo Patty, pensativa-, tampoco vi a Anthony en la misa de la mañana. Ni en el comedor al mediodía.

Candy parpadeó.

Era cierto. La presencia rubia y cordial de Anthony, que ya empezaba a volverse familiar, había estado ausente.
-Yo tampoco.Es... extraño.

-Tal vez esté enfermo -sugirió Patty, con un encogimiento de hombros-. Un resfriado. Este clima es traicionero.

-Puede ser... -asintió , pero la explicación le sonó hueca.

Algo no encajaba.

La ausencia simultánea de la hostilidad de Eliza junto con Neil que ya no parecía buscarla y de la presencia de Anthony ahora desconocida, formaba un cuadro inquietante que su mente no lograba descifrar.

Del Odio al AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora