Capitulo 19

225 18 3
                                        

Del Odio al Amor

La penumbra de la habitación se veía atravesada por los hilos grises de la tarde que se filtraban a través de las cortinas mal cerradas.

Anthony  se inclinó ligeramente, sus labios curvados en una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Frente a él, atados a sendas sillas de respaldo alto,  Richard Granchester y Elroy White soportaban en silencio la humillación de sus muñecas enrojecidas por las cuerdas.

—Es un placer hacer un trato con usted, señor Duque —dijo Anthony, y su voz era un murmullo untuoso, derramándose sobre agua—. Lástima que las circunstancias no sean más… ceremoniosas.

A su lado, Susana se movía con la elegancia felina de quien se sabe observada. Su cabello rubio caía  sobre sus hombros, y sus ojos claros brillaban con un fulgor que no era de alegría, sino de una satisfacción mal contenida. Se giró hacia la anciana, y en su sonrisa había algo de crueldad apenas disimulada.

—Y la señora no se queda atrás —añadió, con un tono que pretendía ser amable pero que resultaba afilado como una hoja—. Qué lástima que una dama de su linaje tenga que terminar envuelta en estos asuntos tan… lamentable.

El Duque Richard era un hombre de porte distinguido incluso en la adversidad. Su cabello, salpicado de canas, caía desordenado sobre su frente, y su traje, antes impecable, mostraba ahora las arrugas de forcejeos inútiles. Pero sus ojos, de un azul profundo que su hijo había heredado, conservaban intacta su dignidad.

Los clavó en Anthony con una dureza que helaría a cualquier otro.

—Debí sospechar de ti desde un principio —dijo, y cada palabra parecía pesar el doble—. Cuando apareciste en mi despacho ofreciendo tu ayuda para encontrar a Terry, pero lo dejé pasar creyendo que de verdad querías ayudar, debí intuir el porque mi hijo jamás quizo relacionarse contigo.

Elroy, a pesar de su edad y de las cuerdas que le mordían las muñecas, mantenía la espalda erguida. Había en ella una dignidad que ninguna atadura podía quebrantar. Sus manos, nudosas por los años, temblaban ligeramente, pero no de miedo sino de una indignación que apenas podía contener.

—Ni se les ocurra en la cabeza hacerle algo a mi querida Candy —exclamó, y su voz, aunque quebrada por los años, conservaba una autoridad que parecía venir de otro tiempo—. Si le pasa algo, aunque tenga que levantarme de esta silla y recorrer el mundo entero, haré que paguen por ello.

Susana soltó una risa corta, despectiva, y se acercó a la anciana con paso lento, como quien se acerca a un animal acorralado para disfrutar de su indefensión.

—Descuide, señora —dijo, inclinándose ligeramente para que sus palabras llegaran claras al oído de la anciana—. De ella lo más seguro es que sea enviada con los chicos fuera del país. Lejos, muy lejos. Quizá a Suiza, o tal vez a algún internado en Francia donde pueda olvidar su apellido y aprender a ser una joven modesta. Pero no puedo decir lo mismo de Terry.

Richard se tensó de inmediato, su cuerpo luchando instintivamente contra las ataduras. El pánico, ese animal salvaje que todos llevamos dentro, asomó por un instante en sus ojos antes de que lograra domarlo.

—Terrius —dijo, y su voz era ahora un ronquido—. ¿Qué le hicieron a mi hijo? Si le ha pasado algo, Anthony, te juro por todo lo que considero sagrado que…

—¿Que qué, señor Duque? —lo interrumpió Anthony con fingida curiosidad—. ¿Me demandará? ¿Me perseguirá con sus abogados? ¿Llorará mi nombre en los tribunales? Por favor, seamos realistas. En este momento, usted no está en posición de amenazar a nadie.

Del Odio al AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora