Capitulo 1

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Del odio al amor.

El vínculo no era solo cuestión de afecto; era una transacción meticulosamente calculada en los salones del poder.

Para el legado Grandchester , una familia cuya sangre azul se remontaba a las Cruzadas, la fortuna de los White —nueva, deslumbrante, forjada en acerías y ferrocarriles— ofrecía un salvavidas económico dorado.

Para los White, por otro lado, esta alianza era el puente de oro definitivo hacia la aristocracia, el billete para que su apellido, aún impregnado del humo de la industria, oliera a pergamino y a castillos.

Terry, el único heredero , un día aún lejano a su corta edad, debería desposar a alguien de su estatus.

Y para candidata estaba a su alcance : Candy White, la única heredera, era la candidata perfecta.

Así, el destino de dos niños quedó sellado, no con un anillo, sino con una visita de cortesía en el ocaso de un septiembre de 1904.

La tarde era de un dorado pálido, típico del otoño inglés, cuando el carruaje de los White ascendió por la interminable avenida de robles centenarios que conducía a una de las tantas villas inglesas. La mansión, una imponente estructura de piedra georgiana, observaba con sus ventanas como ojos severos el avance del moderno vehículo, un objeto que parecía chirriar de irreverencia contra el gravilla ancestral.

Dentro del estudio con olor a cuero y polvo de libros, Richard, Duque Graham Grandchester , recibió el anuncio de su mayordomo con un nudo de expectativa y resignación en el estómago.

—Han llegado la familia White,mi señor.

—Hágales pasar al salón amarillo—ordenó, ajustándose los puños de la camisa.

Al lado suyo, un niño de nueve años, vestido con un impecable traje de marinero blanco y azul, se mantenía rígido como un soldado en formación.

Terry tenía el cabello color marrón peinado suelto al costado y unos ojos azules que, en ese momento, reflejaban el pánico contenido de un animal acorralado.

—Recuerda, Terrence —dijo el duque, colocando una mano pesada sobre su delgado hombro—, la elegancia es una armadura. La educación, tu espada. Sonríe, saluda, y observa. Ella es… tu futuro, así que no me defraudes.

En el patio de gravilla, la portezuela del carruaje se abrió. Primero descendió, con ayuda de un lacayo, la tía abuela Elroy, una dama de porte inflexible ataviada , cuya mirada aguda ya tasaba el valor de cada piedra de la fachada.

Luego, casi saltando, apareció Candy.

A sus seis años, Candy White era un torbellino contenido por forceps de encaje y seda verde . Su vestido, probablemente el más caro de Londres, ya mostraba una leve mancha de tierra en el dobladillo, adquirida durante una parada impaciente en el camino.

Su cabello rubio claro , un amarillo salvaje que las doncellas habían luchado por domar en rizos, se rebelaba con mechones sueltos alrededor de un rostro pecoso y lleno de vida.

Sus ojos verdes, del color de un bosque en primavera, escudriñaron la mansión no con reverencia, sino con la curiosidad práctica de quien evalúa un nuevo terreno de juego.

El duque Richard los recibió en el umbral, su sonrisa de anfitrión perfectamente calibrada.

—Bienvenidos Lady Elroy, Miss Candy. Esperábamos su llegada con ansias —su voz era miel sobre acero.

—Lo mismo digo, Duque Richard —replicó la tía abuela con una inclinación de cabeza calculada—. Oh, pero ¿qué tenemos aquí? —su mirada se posó en Terry, que había logrado, con un esfuerzo heroico, no refugiarse completamente detrás de los pliegues del abrigo de su padre—. Un apuesto jovencito.

Del Odio al AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora