Capitulo 18

291 26 3
                                        

Del odio al amor.

Caminaban rápido, alejándose del muelle 14. Terry le explicaba a Albert y George, de manera resumida, la situación.

—Es por eso que debo regresar a mi colegio lo antes posible —explicaba Terry, sus palabras brotando apresuradas, como si el solo hecho de verbalizarlo pudiera hacer más real su urgencia—. Antes de que Anthony, al ver que su plan ha fallado, intente hacerle algo a mi padre, o a la propia Candy. Es capaz de cualquier cosa cuando se siente acorralado.

Albert escuchaba con atención, su expresión grave, la mandíbula apretada bajo la sombra de su sombrero. Había en su rostro la serenidad de quien ha visto demasiado en la vida como para sorprenderse por la maldad humana, pero también una chispa de indignación que delataba su sentido de justicia.

—Parece que has tenido problemas serios con ese chico, Anthony. Un odio profundo —observó, y su voz era un murmullo grave que pareció pesar más que las propias palabras.

Terry asintió, y por un instante, su mirada se perdió en las aguas oscuras del puerto, como si buscara allí las respuestas a preguntas que aún no sabía formular. Un rastro de amargura curvó sus labios hacia abajo.

—Sí —admitió, y la palabra salió más áspera de lo que hubiera querido—. Pero lo que más me preocupa ahora no es él. Es… ¿cómo estará Candy? Tengo un miedo terrible de que él y Susana… hayan planeado hacerle algo. Ella es quien más peligro corre por asuntos en los que nunca debió verse envuelta. Anthony sabe que con ella es donde más me dolerá.

Al decir su nombre, sintió un nudo en la garganta que no pudo tragar. La imagen de Candy, sonriendo como si el mundo no pudiera hacerle daño, se clavó en su pecho como una daga. Si algo le sucedía por su culpa, si su sombra alargada alcanzaba a manchar la luz que ella llevaba dentro, jamás podría perdonárselo.

Fue en ese momento, cuando la angustia amenazaba con desbordarse, que un sonido distinto perforó el silencio del puerto.

Un rumor sordo, primero apenas perceptible, que fue creciendo hasta convertirse en el rugido cercano de un motor.

Un viejo auto emergió de la bruma al final del callejón entre almacenes, sus faros rasgando la penumbra. Frenó bruscamente, con un chirrido de neumáticos sobre el adoquín mojado que hizo eco entre las paredes de los edificios. Antes de que el coche se detuviera por completo, una puerta trasera se abrió de golpe.

Stear asomó la cabeza por la ventanilla delantera, su rostro iluminado por la tenue luz del salpicadero, y por un instante sus ojos se abrieron con tal sorpresa que parecían querer saltar de sus órbitas.

—¡No puede ser! ¡Es Terry! —exclamó, y su voz era un estallido de incredulidad y júbilo.

Pero lo que sucedió después borró cualquier otra cosa de la mente de Terry. Porque entonces, como si el propio destino hubiera decidido que ya era suficiente esperar, Candy salió disparada del automóvil.

Terry sintió que el corazón se le paraba.

Ella estaba allí, a pocos metros de distancia, y sin embargo, en el tiempo que tardó su mente en procesar la imagen, le pareció que la separaba un abismo de días, de miedo, de noches en vela. Su vestido, aquel que recordaba limpio y cuidado, estaba ahora sucio y desgarrado en el dobladillo, como si hubiera forcejeado entre zarzas o contra manos que no merecían tocarla.

Su cabello rubio, siempre tan luminoso, caía en desorden alrededor de su rostro, y sus mejillas, que él recordaba sonrosadas por la vida, estaban completamente mojadas.

Pero sus ojos.

Cuando aquellos ojos encontraron los suyos, algo cambió. Como si una chispa hubiera prendido en su cuerpo se acerco.

Del Odio al AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora