Capitulo 3

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Del odio al amor

El tiempo, como un pintor indolente, había aplicado capas de verde tierno sobre los campos de Grandchester.

Los narcisos asomaban sus cabezas amarillas como astros diminutos entre la hierba, y un sol tímido pero persistente prometía ahuyentar los últimos restos del invierno.

Era el día de la Celebración Anual de la Cosecha Inicial del Reino, un evento tradicional en el que la familia Grandchester, en un gesto de paternalismo bien calculado, paseaba en carruaje abierto por los alrededores de la finca y el pueblo adyacente, saludando a los arrendatarios y granjeros.

Un ritual de conexión entre el señorío y la tierra que lo sustentaba. Este año, sin embargo, los planes habían sido meticulosamente alterados.

-Me encanta tu idea, Richard -dijo la tía abuela Elroy, sus dedos enguantados de negro acariciando la cabeza de plata de su bastón. Estaban en el estudio del duque, y por la ventana abierta llegaba el bullicio lejano de los preparativos-. Es de una elegancia sutil. Un toque magistral.

El Duque Richard contemplaba el carruaje que estaba siendo adornado en el patio principal.

No era el pesado berlina ceremonial, sino un phaeton descubierto, ligero, pintado de un color crema oscuro con ribetes dorados. Un vehículo para la juventud, para la promesa.

-Así el pueblo no solo verá al heredero-respondió, con la voz baja pero cargada de intención-. Verá a la pareja. A la futura pareja. La unión dejará de ser un rumor de salón para convertirse en un hecho visible, casi tangible. La agricultura es, ante todo, cuestión de semillas y de paciencia. Esto es plantar la semilla a la vista de todos.

-Podrán convivir más, en un escenario menos... vigilado que el salón de té -añadió Elroy, y en sus ojos, tan astutos como los de un cuervo, brilló una chispa-. Y no lo neguemos, querido Duque, es un escenario tan romántico. La campiña floreciendo, la brisa primaveral... hasta el más cínico de los aldeanos susurrará sobre el cuento de hadas.

Un lacayo se acercó al carruaje, intercambió unas palabras con el cochero, un hombre serio pero de rostro amable llamado Mr. Martín (primo de la cocinera Pony ), y luego se dirigió hacia el duque.

-Todo está listo,mi señor -anunció-. El phaeton está preparado.

-Excelente -asintió Richard-. Higgins, llevará a los jóvenes señores por el circuito habitual del pueblo, permitiendo que sean vistos. Luego, en lugar de regresar directamente, tomará el camino del lago. Un paseo más tranquilo, más... privado. Y después, de vuelta aquí. Nada de prolongaciones innecesarias.

-Entendido, Su Gracia -inclinó la cabeza el cochero, comprendiendo que aquellas instrucciones tenían el peso de un decreto real.

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Candy esperaba ya en el carruaje, sentada con rigidez en el asiento de cuero.

A sus doce años, había estirado como un junco, perdiendo parte de la redondez infantil pero no el fuego interior.

Un vestido nuevo, de muselina color lavanda con un pequeño ramo de violetas bordado en el corpiño, la hacía sentir extrañamente constreñida.

El sol de abril, aún sin fuerza, acariciaba sus trenzas, hoy especialmente elaboradas y sujetas con cintas a juego. Jugueteaba con los flecos de su chal, mirando la puerta principal con una mezcla de fastidio y expectación.

-No tardará, señorita White -dijo el señor Martín desde su asiento elevado, sin volverse-. El joven señor estará aquí en un momento.

-No entiendo por qué tarda tanto -murmuró Candy, más para sí misma-. Con lo sencillo que es bajar unas escaleras. Ya hubiera podido ver la mitad del pueblo si me hubieran dejado ir sola.

Del Odio al AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora