El ritmo de mi corazón (1/2)

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[Me basé en una de las pocas canciones en español que me gustan; referencias peruanas y chilenas]

Santiago de Chile, 11:30 AM

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El Sol se encontraba iluminando todo Santiago, era temprano y aún no estaba en su punto máximo, me pregunto que tanto bochorno habrá a las 12:00.

Le di un sorbo más a mi limonada de arándanos, el hielo que estaba en la bebida cumplía su misión de refrescarme. El lugar en el que me encontraba disfrutando de mi deliciosa bebida estaba lleno, no había fila de clientes pero las mesas estaban repletas, algunos compartían la mesa con otras personas y la gente de Chile se veía completamente amable al recibirlas en su mesa.

— Disculpe, señorita.

Giré mi cabeza para encontrarme con el mesero que me había atendido anteriormente, me sonrió, esperando que yo dijera algo—. ¿Si? ¿Pasa algo?

— Sí, pero no es nada malo, es solo que el lugar está lleno —el mesero volteó a ver a todos lados—, y me gustaría saber si usted acepta compartir su mesa con un cliente más, ya que aquí, en esta mesa, entran dos personas.

— Oh, claro, sí, no hay problema —le sonreí, él me agradeció y se retiró.

Compartir mesa no es tan malo como algunos creen, siempre te da la oportunidad de conocer personas nuevas que tal vez se vuelvan importantes en tu vida, nunca se sabe. Por ejemplo, conocí a mi cuñada en un restaurante, compartiendo mesa. Ella se volvió mi amiga y cuando mi hermana la vio por primera vez, quedó completamente enamorada. Estaban hechas la una para la otra y ya llevan más de cinco años juntas.

— ¿Disculpa? ¿Puedo sentarme?

Una voz masculina junto a una dulce risa me sacó de mis pensamientos. Levanté mi vista en dirección a la voz, encontrándome con uno de los hombres más hermosos que había visto en mi vida. Su cara era exótica, no tenía otra palabra para describirlo. Su piel era bronceada, casi de un color caramelo, sus ojos eran de un color café oscuro pero muy lindo, su nariz grande y curva, su cabello oscuro, igual que su barba y bigote. Tenía raíces de origen indígena, lo cual, creo yo, lo hacía más atractivo. Por alguna razón, su cara me hizo recordar a algunos héroes nativos de la historia de mi país.

— ¡Ah! Sí, claro que sí —le sonreí, dejando de lado el pequeño análisis de su rostro—. Está libre.

— Gracias, de verdad —él rio, moviendo la silla que estaba frente a mí y sentándose a mi lado.

Su olor varonil invadió por completo mis fosas nasales, el aroma era delicioso, ¿qué perfume usaba? ¿Sería algo extraño de mi parte preguntarle el nombre del perfume que llevaba puesto?

— No hay de qué, este lugar se llena a esta hora, según me dijeron.

— Sí, así es, temía no encontrar una mesa o encontrarla y que la persona que la estaba ocupando se niegue a compartirla —él volvió a reír.

Su risa era como una melodía dulce, uno no podría cansarse de oírla. Por la forma en la que me hablaba, me di cuenta que no era originario de este lugar o que al menos no había vivido aquí hace mucho. No tenía el acento chileno tan marcado como el resto de los originarios de este hermoso país, lo extraño era que él hablaba español con acento inglés, ¿había nacido allá o  tal vez se haya ido hace mucho?

Pedro Pascal | One shotsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora