Capítulo 7: Buen viaje.

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MÓNICA.

Los dos salen corriendo con todas sus fuerzas.

Por favor, contadora de días y noches te lo suplico... no dejes que les pase nada.


En cuanto dejo de verlos saco la pistola de la parte trasera de mi cinturón. Doy media vuelta y empiezo a disparar sin ver ni un milímetro de lo que hay detrás del contenedor. No soy tan buena con las armas como mi marido.

Luther consigue darle a uno de ellos, que se cae al suelo sin vida desde la escalera de incendios. Pero los disparos paran dos minutos después de que Beth y Mark se van... Mi corazón va a mil por hora y solo pienso en mis hijos. En donde estarán, en sí han llegado bien.

Garn Geha* ten piedad de los que llevan tu sangre. Por favor...

Esperamos cinco segundos más y me acerco corriendo a mi marido. Mis manos tiemblan y todo mi cuerpo se vuelve un flan antes de empezar a llorar.

Nunca me acostumbraré a esto.


–Beruhige dich, mir geht es gut– 'Tranquila, estoy bien'.

Me obliga a mirarle a la cara cuando me coge de las mejillas, hacía mucho tiempo que no le oía hablar en su lengua materna.

–Vámonos– contiene la voz intentando parecer fuerte.


Asiento y poniendo su brazo por encima de mis hombros le ayudo a ponerse en pie. Nos alejamos de allí todo lo rápido que podemos, no podemos perder un solo segundo más.

El tiempo es preciado y no perdona.

Apenas sonrió cuando veo a la gente mirarnos confundidos. Intento ser natural, pero nada en mi lenguaje corporal dice que es normal. Mi corazón se acelera y comprime en mi pecho cada vez que por mi mente se cruza una idea. Una mala idea.

Miro a Luther e intenta darme seguridad, pero soy madre, mi mayor pasatiempo y mejor trabajo es preocuparme.


–Van a estar bien– habla un poco cansado.

–Por favor– miro al cielo conteniendo las ganas de llorar –No dejes que les pase nada– miro la luna que se distingue aún cuando es de día.


Cierro los ojos con fuerza y me muerdo el labio. Basta. Necesito concentrarme. Veo la estación de lejos y por un momento mi corazón se llena de determinación y esperanza.

Falta poco, muy poco.

Empezamos a andar muy rápido. Directos al punto de encuentro. Vamos por el camino que hemos memorizado insaciablemente, nos colamos, dejo que él se apoye en el vagón más alejado de la vista posible y corro a por la llave que tenemos escondida en uno de los ladrillos del muro. La encuentro rápidamente y vuelvo, abro el candado del vagón de mercancías y le ayudo a entrar. Me hace una señal de que esta bien. Mientras le ayudo a quitarse la mochila y de paso me quito yo la mía.


–Véndate bien esa herida– le doy un corto beso en los labios –Voy a por los niños– asiente con una sonrisa y me voy corriendo a la estación.


Entro como una loca, estoy sudando y no paro de mirar a todas partes.

¿Dónde están? ¿Por qué no están aquí?

Mi respiración se entrecorta, el estómago se me revuelve y el corazón se me para por momentos. Empiezo a imaginarme cosas que no quiero.

¿Dónde están?

BienvenidoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora