MARK.
–Mark– sentí una presión en mi pecho mientras me despertaban. Murmure palabras que ni siquiera yo sabía lo que significaban.
–¿Qué pasa?– dejó de moverme.
–Despierta– volvió a insistir –Voy a recoger las cosas del baño– oí como se levantaba e iba.
Despierta. Lo oí tan claramente que abrí los ojos de golpe.
Los recuerdos de todo lo que había pasado volvieron como oleadas, me dieron ganas de llorar al saber que solo había sido un sueño.
–Un estúpido sueño– me puse las manos en la cara intentando contenerme.
Muévete. Suspiré tranquilizándome y me levanté, miré con lástima toda la habitación.
¿Cuándo se habían vuelto tan grises los colores?
–Buenos días– Elizabeth apareció saliendo del baño con un neceser en las manos –Te he dejado el cepillo de dientes y la pasta dental– sonrió antes de darse la vuelta.
–Gracias– me hizo sonreír como si siguiera medio dormido.
Arrastré nuestro cuerpo al baño. Entre sin mirarme al espejo, en los últimos meses no soportaba verme reflejado en ninguna superficie. Lo encontraba molesto, vergonzoso y... odiaba lo que veía.
Salí del baño y guardamos las cosas. Salimos del hostal un par de minutos después.
Todos los planes se han ido al carajo, uno detrás de otro...
El plan "A" había sido vivir cómodamente en casa hasta que Mónica y Adam encontrasen una forma de reunirnos, el plan "B" fue una huida frenética que había sido fusilada en un desesperado "sálvese quien pueda" y el C..., bueno.
En las películas se saltan la interminable e incómoda espera entre la huída y el "lugar seguro", para mi buena suerte la presión en mi pecho y esa voz destructora en mi mente, me distraían y me mantenían demasiado ocupado como para darme tiempo a ponerme nervioso.
Habíamos atravesado la N. Shore Pkwy al separarnos de Mónica y Adam, estuvimos en la capital e incluso habíamos llegado a la estación de autobuses. Me ayudó bastante contar cada minuto del viaje, estar pendiente de cada cosa que había a nuestro alrededor. En los diecisiete minutos del autobús, oía como el hombre de detrás pasaba las hojas de su periódico y contaba los segundos que tardaba en hacerlo; veía como las casas pasaban rápidamente, la fuerza con la que chocaba el viento contra el cristal y sentía el traqueteo del autobús en cada curva.
Elizabeth no se movió hasta que estuvimos apunto de parar. Cogí la mochila y salí detrás de ella. En la calle, después de esperar a que el autobús que habíamos cogido se fuera cogimos otro taxi.
–Aquí está bien, gracias– sonrió Elizabeth al conductor.
Pago lo que tenía que pagar y nos bajamos. Volvimos a correr, dos calles y media hasta que vimos cómo se acercaba el autobús número ocho, corrimos todo lo que pudimos hasta la parada, estuvimos cerca de perderlo. Al subirnos estábamos sudando y yo casi no tenía aliento.
–¿Por qué me haces esto?– la miré agotado y por poco no se echó a reír.
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Bienvenido
FantasyNo sé por qué lo hice. Tal vez solo lo hice porque estaba cansado, cansado de esforzarme tanto por encajar y sentir que al final eso es lo que me hacía más infeliz. Tal vez solo quise sentir algo... Real, aunque fuera peligroso y doliera por un solo...
