Capítulo 10: Va a matarla.

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MARK.

Durante dos días caminamos por la profundidad del bosque. En todo el camino solo tenía que seguirla, ayudar y escuchar, mi papel nunca fue muy importante...

Elizabeth no paraba de hablar. Su madre fue una medica americana y su padre un soldado alemán, se habían conocido en alguna de tantas guerras de oriente, hablaba de sus padres con tan felicidad, a pesar de que ya no estaban vivos... pero parecía no querer hablar de ello. 


Entre árboles y hierba llegamos a un claro donde había un grupo de casas en medio. Las casas eran altas, de dos y tres pisos, sencillas y bonitas, era como una revista de casas de la época. ¿Qué época? No sabría decirlo. Casi todas eran del mismo color, colores suaves, con los tejados puntiagudos y las fachadas eran algo que nunca había visto.

La plaza tenía un árbol enorme en todo el medio y alrededor de este unos bancos de piedra para sentarse a la sombra. Con la mirada seguí el camino hasta las afueras del pueblo donde se veía una casa más alejada que cualquier otra y detrás de ella una pequeña colina.


–¿Por qué esa casa está tan lejos de las demás?– me giré hacía Elizabeth quién miraba a todas partes embobada.

–¿Qué?– se giró en mi dirección.


Entonces vi su cara iluminarse como un árbol de navidad, empezó a correr hacía ella pero de repente se paró en seco.


–Esta es– no me miró, su mirada estaba perdida en la casa que para ser sinceros dejaba mucho que desear.

–¿Esta?– ahí estaba yo, enfrente de una valla que en algún momento debió ser de un color... diferente.


En ese momento se veía más como una madera vieja algo verdosa y marrón, evite tocarla por si me pegaba algo raro.


–Si– la miré de nuevo, su mirada de ilusión y felicidad se contrastaba con mi pregunta mental de... ¿Es que se había vuelto loca? Ahí no podría vivir nadie.

–Vamos– me cogió del brazo y con la otra mano abrió la roñosa puerta del jardín delantero y me arrastró hacía ella.


La verdad no me hacía mucha ilusión entrar en aquella casa; había perdido su color original, estaba llena de enredaderas, sucia, con varías ventanas rotas, había tejas del techo por todo el suelo y parte del mismo tejado se había derrumbado, la entrada estaba destartalada, en el jardín delantero el césped parecía matorrales, a saber si no había ratas o peor serpientes.

Por exagerado que pudiese sonar así era como mis ojos la veían, en definitiva era una casa vieja, abandonada y destartalada.

¿Y Elizabeth había vivido alguna vez allí?


–¿Elizabeth?– la llamé preocupado.

Antes parecía tan segura de querer entrar y de repente no, como no me hizo caso le toqué el hombro.

–¿Eh?– me miró como si hubiese olvidado que yo también estaba allí.

–¿Qué pasa?– sacudió la cabeza y me sonrió.

–No es nada, entremos– cogió el pomo y abrió la vieja puerta de madera, que chirrió al abrirse y desperdigó polvo por todas partes.


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