CAPÍTULO 4

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Entraron unos tipos, ocuparon una de las mesas. Elena me pidió que los atendiera mientras se dirigía al servicio. Tomé la libreta y me dirigi hacia ellos. Sus risas eran estruendosas y, cuando estuve lo suficientemente cerca,  pude comprobar que en efecto estaban ebrios.

—¡Hola! ¡Buenas noches! ¿Qué van a pedir, chicos? —pregunté amablemente.


El tipo que se encontraba a mi lado llevaba una sudadera negra con gorro; era corpulento. Relataba algo a sus acompañantes. Dirigió su mirada hacia a mí; sus ojos estaban irritados. Parecía estar tranquilo y, de repente, se mostró enérgico y ansioso. El chico que se sentaba junto a él reía como si acabaran de decir algo gracioso y, frente a ellos, se encontraba otro hombre. Él solo los miraba, parecía sobrio, así que me dirigí a él, preguntándole qué iban a tomar, el tipo de negro dijo...


—Queremos tres hamburguesas y tres cervezas.

—En seguida, chicos —dije, dando media vuelta para encaminarme a la cocina. Pero alguien tomó muy fuerte mi brazo e hizo que me girara bruscamente, casi perdiendo el equilibrio. Entonces vi que el chico de la chaqueta negra me sujetaba.

Con mirada turbia, me observaba. Esa mirada me hizo sentir como si me oprimieran el estómago, e instintivamente retrocedí un paso. Traté de mantener la calma.

—¡Espera! ¡Todavía no me decido si quiero algo más! ¿Por qué no nos haces compañía mientras pienso qué otra cosa pedir? —dijo con una sonrisa maliciosa.

Traté de librarme de su agarre, pero me fue    imposible; me sostenía tan fuerte que me lastimaba. Intenté mantenerme firme, pero el temor por la manera en que me sujetaba y me miraba hizo que mi voz sonara temblorosa.

—Les daré un minuto para que puedan decidir —dije, tratando de soltarme y retrocediendo.

Me jaló con fuerza, haciendo que cayera sobre sus piernas. El temor y la desesperación me invadieron; fue como si una cubeta de agua helada se vertiera sobre mí.

—¡Suéltame! ¿Qué te pasa? ¡Me lastimas! —le decía mientras forcejeaba para poder escapar. Finalmente, me soltó, aventándome al piso.


Todo ocurrió en cuestión de segundos y Diego ya estaba sobre aquel tipo; de inmediato aparecieron Joe, Samuel y otro hombre, del cual apenas había notado su presencia, cubierto con una gorra negra que ocultaba su rostro, y los separaron.

Elena me ayudó a levantarme mientras me preguntaba si me encontraba bien. Yo solo asentí, alejándome, y solo miré cómo Joe, Samuel y el chico sobrio sacaban al hombre que me había atacado.

Con semblante preocupado, Diego se acercó a nosotras.

—¿Estás bien? ¿No te lastimó ese idiota?

—Sí, estoy bien, no te preocupes. Solo fue un tipo ebrio —dije, tratando de calmar la situación.

—¿Qué?... ¡Ese tipo no solo estaba ebrio, estaba drogado! ¿Segura que no te lastimó?

—Sí, te lo juro. Estoy bien… y gracias por defenderme —lo dije sinceramente agradecida.

—Por nada, nena. Lo que necesites. —Asentí, con una sonrisa que apenas alcanzó mis ojos.

Me sentía abrumada, así que recorrí el pasillo hacia los servicios. Me refresqué la cara y me miré al espejo. Mi rostro estaba más pálido de lo normal; bajé la vista hasta mi brazo y pude ver las marcas de los dedos de aquel tipo. Pasé la mano por encima de ellas mientras me recriminaba no haber notado que estaba drogado. Claro, no podía saber que reaccionaría así… pero la próxima vez mantendría suficiente distancia.

La puerta se abrió violentamente y casi me infarto. Era Elena. Su vista bajó hasta mi brazo, donde aún se notaban las marcas rojas.

—¡Emma, mira cómo te dejó ese imbécil! —me dijo, tomándome del brazo con delicadeza.

—¡Oye! Se cancelaron los planes, ¡me voy a casa contigo! —su voz era autoritaria.

—¡No!, no inventes. Ve con Bill, me voy directo a casa y voy a estar bien —le afirmé sin titubear.

—¿Segura que no quieres ir con nosotros? Nos vamos a divertir.

—Amiga, estoy cansada. Creo que podría dormir un día entero. No te preocupes, llego directo a la cama.

—Está bien, pero te llevamos a casa en cuanto pase Bill —su tono fue decidido.

—Está bien, si así no le cancelas.

Cuando salimos del servicio, Joe se acercó examinándome.

—¿Te hizo daño, Emma?

—No, Joe, todo bien —le sonreí, tratando de tranquilizarlo.

—¿Sabes? Creo que sería mejor que te fueras temprano a casa. Te ves exhausta.

—Joe, estoy bien, no te preocupes. Preferiría quedarme hasta cerrar… si está bien, claro.

Joe parecía algo dudoso, pero enseguida su rostro se suavizó.

—¡Cómo decirte que no! Pero en lo que resta de la noche, te quedas en la barra —dispuso y, finalmente, me dio un gran abrazo.

Joe era muy paternal con todos los que trabajábamos para él. Su abrazo me hizo pensar en mi padre… aunque nunca lo conocí. Mi madre no hablaba de él; lo único que sabía era que un día se fue y no volvió.

Secaba algunos vasos mientras Diego me observaba y empezó a explicarme algunas técnicas de defensa personal. Me interesaba mucho lo que decía. En ese momento se acercó Jenny, una de las camareras. Lucía muy interesada en lo que Diego explicaba. Nos enseñaba cómo nos podíamos defender si teníamos a un sujeto encima. Terminó su demostración y, al ver que estábamos muy atentas, solo hizo una reverencia, agradeciendo la atención. Me volví a Jenny sonriendo; al verla, recordé que su departamento quedaba rumbo a casa.

Le pregunté si podía llevarme; ella accedió, así que corrí a decirle a Elena que Jenny me llevaría a casa. Aceptó refunfuñando; solo me pidió que, en cuanto llegara al departamento, le llamara.


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