ARYA
Leer la pequeña carta que me había entregado me sacaría más de una lágrima , de eso estaba segura. Aleksander había estado dentro del auto casi toda la noche, no podía ser tan cruel y no invitarlo al menos a beber algo, estábamos a dieciséis grados bajo cero, un clima totalmente diferente al de San Francisco y no me acostumbraba aún al tipo de ropa que debía usar.
—¿Cómo te iba en California?— Aleksander rompió el hielo mientras preparaba el té.
Ser completamente honesta era una opción, tenía un reducido grupo de amigos con el que siempre la pasaba bien. Desde que mamá se fue a Madrid me hacían burlas por siempre estar con papá, me acompañaba a todas las presentaciones que podrían haber, incluyendo el día de la madre. No me quejaba, mucho menos me avergonzaba. Ver como elegían al resto de chicas y pasaban de mi me hizo creer que algo estaba mal conmigo, con mi apariencia. Patricio fue el único chico que no se fijo en lo que decían los demás y se podría decir que tuvimos historia pero todo acabo cuando conoció a alguien más y él eligió quedarse con ella, en situaciones como esas es mejor dar un paso al costado, estar donde no te quieren lo suficiente y mendigar de cariño no es bueno para uno mismo. El tiempo ayuda a superar cada herida y a seguir adelante, de eso no tenía dudas.
—Bien...muy bien—dije evitando mirarle a los ojos.
—¿Por qué pasas de mi?—espetó el
—Estás dentro de mi casa, no lo hago— di una sonrisa burlona, claro que entendía a lo que se refería.
—Te pedí disculpas por lo de mi padre—estiró la mano y tiró de mi cabello suavemente—se que solo la he liado contigo pero ¿qué debo hacer para que volvamos a ser amigos?— cogió mi rostro entre sus manos, estaba a menos de cinco centímetros de él y su nivel de esplendor me dejaba sin palabras.
Por otro lado,a él no le debía disculpar por las acciones de su padre pero tenía un ligero presentimiento de que si le permitía a entrar nuevamente a mi vida sería para generar un fuego de emociones, no me sentía lista para vivirlo.
Nos mirábamos fijamente sin pronunciar alguna palabra. Sus ojos dorados expresaban más de lo que el podría pedir, siempre había sido tan directo y no le daba vueltas al asunto, desde pequeño tenía esa gran virtud de no quedarse callado. Cerré los ojos con ganas de salir corriendo.
—He cambiado mucho—murmuré—mi versión que conociste hace ocho años quedó muy herida por todo lo que pasó— suspiré y seguí hablando—éramos muy niños cuando nos...
—No me importa lo que tenga que hacer— abrió los ojos observándome detalladamente cada parte del rostro—se que eres tu, Arya. Te quiero cuidar—murmuró. Me estremecí al sentirlo así de cerca, tenía el corazón a mil por hora. Le estaba dando la espalda a la barra auxiliar de la cocina.
—No necesito que nadie me cuide.
—Te quiero demostrar que mereces ser amada como nadie más te lo podrá demostrar.
Me dio un dócil beso en la frente al que no resistí y fui en busca de sus labios. Nos besamos con desesperación, como si nuestra respiración dependiera de ello. Se fue convirtiendo en lujuria con el paso de los segundos, presionando mi cuerpo con el suyo se fue robando gemidos que quedaban aprisionados en su boca. Aleksander hace un movimiento para levantarme y arrollarme entre sus piernas al cual soy un poco inútil y gimo de dolor por el roce de su hombro con la venda que protegía el corte. Se separa dos centímetros al instante para observar si estaba bien. No era profundo pero el dolor permanecía desde el primer momento.
Asiento brevemente permitiéndome ver sus ojos dorados resplandeciendo de deseo, él se encarga de quitarme el pantalón de pijama mientras regreso a sus labios para tenerlo junto a mi. Se quita los vaqueros encargándose de besar mis pechos, liberándose de mi camiseta. Estábamos desnudos y lo menos que sentía en estos momentos era vergüenza de estar con él, estaba tan excitada que deseaba estar dentro de él en este momento.
ESTÁS LEYENDO
Cartas para Arya
Teen FictionEl regreso inesperado de Arya a New York, no procuraba poner de cabeza la vida de Aleksander. Si no lograste desprenderte del todo de alguien, desprenderte de su presencia. Quizás no deberías haberte ido nunca. Aunque un secreto familiar se oponga...
