—Creo que me tienen en la mira.
Una mujer con el cabello rapado volteó la cabeza dirigiendo su mirada a la voz suave atrás de ella, dejando su taza de plástico en el lavadero miró atentamente a Amelia, que sostenía la única taza de cerámica en la casa con sus dedos delgados y temblorosos.
—¿Quién?
—No sé. —Su voz como una vetusta radio apenas podía sostener un tono audible, cortándose por la contracción de su tristeza. —Desde que se fue Samuel siento que alguien quiere algo más. Malaya, no creo que me dejen vivir por mucho. Aprecio demasiado lo que has hecho por mí, podría morir por ti y eso no saldaría la deuda que tengo contigo, pero creo que todo será en vano. Te dije que tener misericordia por un alma vieja como yo no valdría la pena—Con una suave risa terminada por un sorbido nasal dijo.
—Odio esto de ti.
—No seas cruel, ¿no tienes tacto por una pobre mujer despechada?
—No vas a morir así.
Amelia miraba firmemente su taza de café, algo amargo y caliente, lo dejaba en la mesa para al final tomárselo siempre frío.
—Hemos sido amigas por tanto tiempo y después de separarnos por unos años sigues insistiendo en dejarme vivir. ¿Por qué me amas tanto, Malaya?
En silencio Malaya se acercó más a la mujer de ojos cerúleos, se agachó y tomó la mano ajena posándola en su cara marmoleada de tono oscuro con salpicaduras blancas, cual ágata. —No te amo, Amelia.
La sonrisa vacía que se reflejaba en los ojos oscuros de Malaya eran un recordatorio vivo de la ingenuidad. Su ingenuidad.
—Perdóname.
El tacto se cortó pues Malaya se levantó y volvió a la cocina. —No vas a morir. Ellos no van a matarte, si te mantienes al margen y no haces nada raro no vendrán por ti. Solo aguanta hasta que Samuel vuelva.
—¿De verdad crees que Samuel volverá?
Pensante se mantuvo aquella mujer que tenía el mismo uniforme que la poseedora de tanta melancolía, callada por un tiempo sin saber cómo decirlo, finalmente abrió su boca: —Ese niño es un cobarde, pero por el amor que te tiene sería capaz de ir voluntariamente al paredón y recibir de frente el revólver. Cometiste errores Amelia, como humano que eres, pero Samuel no es uno de ellos, criaste un hijo sin igual.
Finalmente, el llanto ahogado salió de su garganta, simplemente derrumbándose entre sus manos, manos que se humedecían por las lágrimas saladas. —Lo extraño demasiado Malaya, dios lo quiero de vuelta. —Sin nada más que hacer Malaya abrazó a la mujer de pelo corto castaño. —Yo sé, yo sé. —Decía mientras la cabeza ajena reposaba en su pecho.
Amelia nunca podrá acostumbrarse, no importa que tan familiar es el sentimiento, jamás podría sentarse a la mesa circular fingiendo que no pasó nada. Y Malaya lo sabía, porque ella estuvo junto a Amelia en esa mesa, viendo como sus ojos perdían brillo cada vez más y como su vida se caía en pedazo sin poder hacer nada al respecto.
—Ya no quiero, Malaya. Ya no quiero seguir.
El agarre se intensificó en el abrazo cuando esas palabras agrietadas salieron de la boca pálida de la mujer castaña.
—Amelia.
—Perdón.
—No te disculpes, no hiciste nada malo. Nada de esto fue tu culpa.
Hubo un silencio casi interminable después de que Malaya habló, solamente el viejo grifo que dejaba caer su agua gota a gota era escuchado. —Yo también quiero hacerte feliz, Malaya. Pero no puedo.
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El Omega
Ficțiune științifico-fantasticăSamuel por razones que desconoce es buscado por el gobierno de La Base para su ejecución; por eso con ayuda de su madre decide escapar e ir a la Metrópolis, una inmensa ciudad amurallada autoproclamada país en donde solo habitan híbridos. Mala suer...
