°•11•°

3.9K 615 34
                                        

Los demonios…

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


Los demonios…

Todos les temen.

Es lógico.

Desde la religión hasta el ocultismo y las leyendas más antiguas, los demonios son descritos como seres sobrenaturales, no humanos, esencialmente malévolos.

El concepto más extendido proviene de la tradición judeocristiana: seres del mal, espíritus oscuros con la potestad de poseer a los humanos.

Pero ¿para qué poseer un cuerpo humano cuando ya tienen el suyo propio Algunos lo hacen por necesidad, otros por placer.

Manjiro, en cambio, siempre prefirió jugar con su propio rostro. Él no necesitaba el cuerpo de otro para sembrar terror. Siempre fue así…

Matar, matar, matar.

Nada más.

Esa era su función. Su razón de existir.

Y, sin embargo…

Tuvo que enamorarse.

¿Un demonio puede sentir tristeza por amor? Jamás había sentido pena por nadie. Ni remordimientos.
Ni siquiera cuando mataba niños. Para él, eran solo carne. Sangre caliente que se esparcía entre sus dedos con la más dulce de las melodías.
Se entregaba a la oscuridad sin dudarlo.

Era lo que era.

Pero entonces…

Esos ojos azules.

Esos malditos ojos azules que lo miraban con ternura.
Que lo observaban como si fuera humano. Que lo envolvían con una calidez desconocida, como si él no fuera un monstruo. Takemichi. Cada vez que lo miraba, Manjiro olvidaba lo que era. Olvidaba cuántas vidas había arrebatado.
Olvidaba el hedor de la muerte que lo rodeaba.

Porque él sonreía.

¿Por qué tenía que sonreírle?

¿Por qué lo amaba?

Takemichi no sabía lo que él era. No sabía lo que había hecho. Y Manjiro se preguntaba, una y otra vez, si se lo dijera…

¿Se quedaría?

Si supiera la verdad, si viera su verdadero rostro…

¿Seguiría mirándolo con esos ojos?

Una parte de él sabía que debía alejarse. Que aquel chico de alma pura no debía estar cerca de un ser como él. Takemichi parecía haber sido enviado por Dios mismo para atormentarlo con una luz que no podía tocar.
Pero la realidad era más cruel.

Takemichi no era ningún ángel.

Era solo un simple mortal.

Un niño con un alma noble y un corazón bueno.

Y Manjiro lo quería más de lo que jamás había querido algo en su existencia. Había pensado muchas veces en matar a los padres de Takemichi. En hacerlos desaparecer. Eran un estorbo. Siempre interponiéndose en su relación, siempre buscando separarlos. Manjiro había sentido rabia muchas veces en su vida.

Pero nunca como aquella vez.

Unos cristianos fanáticos, aferrados a su fe como si eso les diera derecho a decidir por su hijo. Para ellos, la homosexualidad de Takemichi era un pecado.
Un error. Un motivo para desterrarlo de su propia familia si era necesario.
Manjiro había pensado en asesinarlos tantas veces…

Pero no lo hizo.

No porque no pudiera.

Sino porque sabía que, incluso con lo crueles que eran, Takemichi los amaba.
Perderlos le rompería. Y él no quería verlo roto. Así que mantuvieron su relación en secreto. Se vio obligado a tragarse su instinto, a contenerse. Se contuvo tantas veces. Se contuvo cuando quiso hacerlo suyo.
Cuando sus manos ansiaban más de lo que Takemichi estaba dispuesto a dar.
Cuando sus labios buscaban desesperadamente cruzar los límites que él aún temía.
Takemichi podía parecer decidido, pero Manjiro sentía sus nervios. Podía percibir su miedo.

Y, aunque era un demonio, aunque su naturaleza lo empujaba a reclamar lo que quería, nunca cruzó esa línea. Siempre se detuvo.
Se conformó con lo que Takemichi le daba. Porque era suyo. Porque, de alguna manera, lo necesitaba más que a nada. Pero luego…
Luego Takemichi se fue.
Diciendo que lo había engañado.

Y todo se rompio.

El pueblo entero estuvo a punto de ser arrasado por su ira. Esperó una carta. Un mensaje. Esperó algo. Pero no llegó nada.

Solo quedó el rencor.

La ira.

La tristeza.

Las ganas de matar.

La soledad.

La sangre en sus manos.

Se hundió en su naturaleza, más profundo que nunca.
Quizás pocos pueden contener tal oscuridad.
Él no lo hizo. Matar a sus amigos fue solo un reflejo de lo que sentía. Si él sufría, Takemichi también debía sufrir. Debía sentir lo mismo. Debía ahogarse en su propia desesperación.
Pero ni siquiera lo recordaba. Ni siquiera sabía que él existía.

Cuando Chifuyu confesó la verdad, cuando finalmente admitió lo que había hecho, algo dentro de Manjiro se rompió. Él lo había engañado. Junto con sus padres. Toda su relación, todo su amor, destruido por una mentira. En ese momento, deseó con todo su ser volver al pasado. No para recuperar a Takemichi. No para arreglar nada. Sino para matar a sus padres.
Para arrancarles la vida con sus propias manos. Para hacerlos pagar. Para acabar con Chifuyu también. Para destruir todo lo que les impidió estar juntos.
Sintió su pecho apretarse.
Como si alguien estuviera exprimiéndolo hasta no dejar nada. Como si, en vez de sangre, su corazón destilara odio.

Un odio tan denso y oscuro que consumía todo a su paso.

Takemichi…

Su Takemichi.

El único que alguna vez le hizo sentir algo más que muerte.

Le fue arrebatado.

Y ahora…

Ahora él no recordaba nada.

No recordaba su amor.

No recordaba su promesa.

Y Manjiro, un demonio sin alma, sintió algo por primera vez en su existencia.
Algo más fuerte que la rabia.
Más fuerte que el odio.
Desesperación.
Porque, por primera vez…

Quería volver a ser amado.

Evil  [MikeTake]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora