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Me sentí bastante orgullosa cuando pude contener el grito que se arremolinó en mi garganta al ver lo que se suponía era mi reflejo. Moví mis brazos como para comprobar que el espejo me devolvería el mismo movimiento y lo único que fui capaz de hacer al ver que así era, fue echar un sonoro suspiro tembloroso lleno de incredulidad, escéptica.

No era capaz de asimilar lo que estaba ocurriendo.

¿Quién era esta persona?
¿Realmente era un chico?

Tomé aire y bajé la mirada, dirigiéndola a mi entrepierna. Si bien el ligero bulto de algo ahí abajo advertía el sexo de este cuerpo, la desconfianza me hizo llegar más allá de solo mirar por encima. No dudé antes de mirar debajo del pijama y ver con claridad el pálido miembro, la innegable evidencia.
No era la primera vez que veía un jodido pene, pero la vergüenza y la frustración se juntaron en mi cara y sentí un profundo deseo de llorar, gritar y tirarme del cabello.

Incluso pensé que quizás estaba teniendo un sueño mientras me encontraba al borde de la muerte, pero el pellizco en mi muslo dolió como el demonio e incluso fácilmente se me hizo un moretón.

—Joder, qué sensible —susurré para mí misma y despectiva, con una voz ajena, desconocida.

Y me sentí mareada, confundida. No era capaz de entender nada y cada segundo que pasaba me sentía peor, como si estuviese experimentando algún tipo de parálisis mental o qué se yo.

Así que grité.

Joder, grité, y lo hice tan fuerte como los pulmones de este chico me lo permitieron. Un grito que salió limpio, claro y más fuerte de lo que pretendía.
Solo entonces, cuando vacié todo el aire de mis pulmones, pude encontrar un poco de calma. Seguía sin entender tres mierdas, pero al menos mi corazón ya empezaba a aligerar la velocidad de sus latidos.

De pronto, alguien abrió la puerta de la habitación y yo di un brinco en mi lugar, asustada, más de lo que ya estaba. Mi corazón volviendo a acelerarse como si me encontrase en el gimnasio haciendo una rutina infernal de cardio.
Una mujer con el mismo color platino de cabellcardiograma entonces, con cara de pánico, y rápidamente avanzó hasta la cama.

—Selín, cariño, ¿Qué ha sido ese grito? ¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo? —preguntó nerviosa, agarrando mi rostro entre sus manos, rostro que había perdido toda expresión y color.

¿Qué clase de hombre se llamaba Selín? Parecía el nombre de una chica. Pero obviando ese tema, ¿cómo se supone que debía actuar frente a una persona que veía por primera vez en toda mi existencia y que, si no lo intuía de manera incorrecta, era la madre de este masculino cuerpo llamado Selín?

Un repentino dolor de cabeza me sacudió como respuesta a mi agitado dilema interno, y la mujer frente a mí se preocupó aún más verme retorciéndome de improvisto, pero más que molestarme por esos detalles, solo supe centrarme en la sucesión de información que aquel dolor hizo desfilar por toda mi mente, información que era toda sobre ese niño llamado Selín, el cuarto hijo del famoso conglomerado Blake, el precioso beta de 17 años despreciado por su familia en privado y que fingía perfección en público.
Un chico envidiado por todos por su riqueza y con una arrogancia por los cielos que usaba como escudo frente a cualquiera, cualquiera menos su único amigo y su persona amada, un alfa dominante técnicamente perfecto llamado Ian, pero que era incapaz de sentir las feromonas...

Unos segundos pasaron antes de que el dolor se desvaneciera dejando atrás todo aquel cúmulo de memorias.

No podía creerlo.

No quería creerlo.

La sensación de familiaridad fue devastadora y es que... aquello era imposible. Mirase por donde lo mirase no había manera de que aquello estuviese pasando realmente.
No era el personaje principal de un libro. No era posible que aquel fuese otro mundo. Me era extremadamente difícil creer que había poseído a un personaje de mi novela web omegaverse favorita. Era como pasar un erizo a través de mi garganta.

Imposible.

Aunque estaba obligada a aceptar con amarga plenitud que en realidad era posible. Mordí mi labio inferior. No me quedaba de otra más que masticar y tragar aquel erizo, aunque fuese difícil.
Levanté la cabeza que en algún momento había agachado y redirigí mi mirada desde el suelo hasta la mujer a mi lado que exclama cosas que ni entendía mientras lucía asustada en extremo. Necesitaba calmarla a ella antes de intentar calmarme a mí misma.

—M-Mamá, tranquila —dije con un leve tartamudeo mientras ponía una de mis manos sobre su agitado hombro.

Fue incómodo llamarla así, me hacía sentir culpable por hacerme pasar por su hijo, no fue algo que pudiese controlar, pero el sabor amargo en mi boca no desapreció a pesar de las excusas.

—Solo tuve un mal sueño... uno realmente aterrador —dije en voz más baja—. Parece que me afectó bastante, pero no tienes que preocuparte, ya estoy más calmado —y fingí una sonrisa.

La mujer no pareció aceptar del todo mis palabras. Después de verme actuar así de raro obvio no lo haría, pero igual se relajó un poco al verme recuperar la compostura.

—Venía a despertarte cuando escuché tu grito —explicó—. Realmente me asusté, Selín, pensé que habían vuelto tus ataques de pánico —dijo agarrando su pecho, con la voz medio rota.

Selín era solo un personaje secundario con un insufrible rol de villano en la novela, por lo que jamás describieron con exactitud las razones tras esos ataques de pánico que sufría de vez en cuando y que incluso fingía con la intención de acaparar la atencion del protagonista, su mejor amigo Ian, y siendo sincera tampoco me interesaron jamás dichas razones.

A la gente no suelen importarle mucho las situaciones detrás de las personalidades de los villanos.

Los recuerdos que recién había adquirido me habían mostrado, sin embargo, toda la vida de este chico... y resultaba descorazonadora, haciéndome sentir mal por pensar en él sólo como un idiota sin más en su cabeza que joder la relación de su amigo y su destinado.

Resultaba que, de pequeño, Selín había experimentando un secuestro y una caótica amenaza de muerte. Había logrado ser rescatado por uno de los empleados de la casa Blake, pero había sido testigo de cómo este sacrificaba su vida en el proceso, y aquel suceso, a una edad tan corta, le había dejado serias secuelas.
La indiferencia y el desprecio que recibía de su familia tampoco la había ayudado a sobrellevar la situación, por lo que su trauma se acentuó con el paso del tiempo. El punto final fue cuando no tuvo un desarrollo de ningún segundo género. En una familia donde predominaba el gen dominante, un beta era una desgracia, y se lo hicieron saber a través de años de maltratos.

En aquella inmensa casa, su único aliado era su madre, pero ella no poseía poder alguno para defenderlo de los horrores de vivir bajo aquel techo.

Teniendo en cuenta aquello, era un verdadero lío ser Selín, pero si hubiese podido decidir sobre ello, hubiese decidido no ir a parar a aquel mundo en primer lugar.

—No tienes que preocuparte, mamá, no fue nada de eso. Ya estoy mejor —reiteré.

—Bueno. Si tú lo dices —suspiró, levantándose de la cama—. De todos modos, si no te apresuras, llegarás tarde a la escuela —advirtió de la nada—. Ya es bastante tarde.

—Oh —dije únicamente.

Y entonces se marchó, dejándome al fin solo en aquel enorme cuarto.

No podía creer que tuviera que ir a la escuela aun cuando ni siquiera había acabado de asimilar que había poseído el cuerpo del villano de mi novela favorita, pero si de cualquier manera iba a tener que terminar aceptando aquella precaria situación, bien podría centrarme en el lado bueno de todo aquello.

Conocería a ese par de protagonistas que tanto me había hecho sufrir.

¡En carne y hueso!

Pero sobre todo, podría evitar aquel trágico final al que habían tenido que rendirse.

Lo curioso era... que realmente no tenía idea de cuán trágico había sido en realidad.

Parejas DestinadasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora