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Solía tener un pequeño hobbie para cuando me aburría: leer novelas web. Desde que no solía tener demasiados amigos y prefería pasar mi tiempo a solas, la compañía de aquellas líneas de texto eran suficiente para mi. Aquella fue una afición que me acompañó desde mi temprana adolescencia hasta la actual adultez, con la pequeña diferencia de que, de joven, me inclinaba más hacia los romances empalagosos y clichés, mientras que de adulta, le había cogido el gusto a un género en específico que brillaba por ser explícito en sus descripciones.

Boys Love.

Las historias de amor entre chicos se habían convertido en mi obsesión, y aunque muchos a mi alrededor solían decirme que no sabían como podía gustarme ver a dos tipos cogiendo como animales en celo, consideraba que no tenía nada de malo que me gustara y pues así viví, amando el género hasta morir.

Quien iba a pensar que realmente moriría.

Aquel maldito día había llovido en la mañana. El contraste fue espantoso, en todo caso, cuando al llegar la tarde el cielo se había despejado y había convertido aquel viernes en uno de un calor infernal.
Lo único bueno: que era el día que se publicaba el último capítulo de cierta novela omegaverse que por alguna razón se había convertido en mi favorita.

Una historia entre un omega recesivo y un alfa incapaz de sentir las feromonas que, aún después de haber pasado por tantas dificultades e intentado permanecer juntos superando cada obstáculo, no habían logrado superar sus propios demonios y a lo que parecía dirigirse la historia era a la separación definitiva. Una verdadera tragedia teniendo en cuenta que tales personajes eran destinados, que tenían ese lazo especial que pocos poseían, un lazo que trascendía a la vida y la muerte. Pero era quizás ese sentido realista de que todo no va siempre como deseamos y a veces no somos capaces de olvidar todo el daño acumulado en nosotros como para estar dispuestos a amar sin mirar atrás lo que hizo que aquella novela me conmoviera tanto.
Decir que la manera en que los personajes eran representados como algo más que un par de líneas en una página de Internet, tan sencillo pero profundo, era otro motivo por el cual me encantaba.

En definitiva, no podía tener otra cosa más que geniales expectativas para aquel capítulo final.

Para mi encantadora fortuna, aquel viernes logré salir algo más temprano del trabajo, llegando pronto a casa y, sin siquiera comer algo, solo me dispuse a abrir mi laptop en la página donde se publicaba la novela y hacer clic en el episodio deseado.

La conclusión fue la esperada, aunque no por eso menos interesante.

La pareja terminó con una regia separación que no dejaba cabos sueltos ni posibilidades de reconciliación, aun cuando con cada línea podías darte cuenta del dolor que ambos, alfa y omega, sentían al darse cuenta con cada segundo que más nunca tendrían a su lado a su destinado, y lo peor, que ambos se culpaban a sí mismos por ello.

Suspiré, algo melancólica.

Me tomó cerca de 13 minutos superar el capítulo y cerca de cinco más al darme cuenta de que, más abajo, la autora decía que la historia no tendría extras ni tampoco algún tipo de epílogo. Eso si que fue devastador, tener que despedirme de aquella novela que me había acompañado por más de un año. Volví a suspirar, enfocándome ahora en la creciente hambre que empezaba a llenar mi sistema y el sonido demandante de mis tripas. Necesitaba cocinar.

Me levanté del asiento en el que estaba y me dispuse a ir a la cocina, grata fue mi sorpresa, y nótese el sarcasmo, al ver que mi nevera estaba más vacía que mi estómago. Me había olvidado de hacer la compra y ahora me estaba muriendo de inanición.

Maldición.

Pensé en qué hacer por lo que fueron unos amplios 10 minutos hasta que recordé que justo cerca de mi residencia había una tienda de 24 horas donde era posible encontrar algo simple y rápido para saciarme, como ramen o cualquier otro tipo de porquería poco saludable pero deliciosa y, con eso en mente, me acomodé los zapatos y emprendí mi caminata hasta allí.

Quizás no debí haberlo hecho.
Quizás hubiese sido mejor que me quedase en casa y practicase un día de ayuno por, no sé, el bien mundial y el ahorro de provisiones alimenticias por si un día comenzara un apocalipsis.

Pero no lo hice.

Llegué a la discreta tienda siete veces más hambrienta de lo que estaba al salir del apartamento y entré, pero justo cuando estaba a punto de dirigirme a la sección de comestibles, el seco estruendo de la puerta del local siendo abierta justo detrás de mi, de manera caótica, y el consiguiente grito de pánico del vendedor en la caja, me hicieron detenerme y voltearme asustada.

La típica frase cuando ocurren este tipo de cosas suele ser: todo sucedió muy rápido. Y así había sido.

Todo sucedió demasiado rápido. El par de pistolas apuntando las cabezas de los desafortunados inocentes dentro del lugar, el trabajador sacando el dinero de la caja con el semblante pálido y las manos temblorosas y la exclamaciones violentas de los asaltantes.

Mi error fue creer que nadie notaría como mi mano se deslizaba hacia el bolsillo trasero de mi short, donde guardaba mi teléfono, con la intención de llamar a la policía. No sé si quise creerme algún tipo de heroína o si estaba cegada por la ingenuidad y optimismo de una persona que jamás había pasado por una crisis de aquella magnitud, solo sé que el disparo sin vacilación que se clavó en mi abdomen de improvisto detuvo mi torpe movimiento y cualquier intención de hacerme la mujer maravilla.

Con la mente nublada y ahogada en el dolor, caí de inmediato al suelo.

—¡Te dije que vigilaras bien, estúpido! —gritó el hombre que me había disparado a su compañero—. ¡Si esa perra hubiese llamado a la policía hubiese sido nuestro fin!

Los gritos eran contundentes, pero a pesar de todo, apenas y podía oírlos. Mis oídos se habían entumecido y la sangre empezaba a formar un dramático charco alrededor de mi cuerpo crispado por el doloroso balazo.

No se si es que ellos creían que jamás serían atrapados solo por llevar un par de máscaras cubriendo sus rostros o si no sabían que los cargos por asesinato eran mayores que los de asalto, pero ignorando cualquier pensamiento racional, aquellos dos hombres solo continuaron con su robo que duró poco más de unos míseros diez minutos y justo después desaparecieron como el humo.
Si hubo algo que sí demoró, fue la ambulancia. La bala se había quedado estancada en mi cuerpo y ni siquiera sabía qué partes dentro de mí había dañado, solo sabía que, para cuando me encontraba en la camilla y empezaba a ser transportada al hospital, ya había perdido la consciencia.

El resto fue simple.
Maldije con todas mis fuerzas al par de hombres que habían ido a robar justo al lugar en el que yo había querido saciar mi hambre, el mercado más jodidamente pequeño de la ciudad, y le pedí a la entidad divina que estuviese dispuesta a escucharme que ambos terminaran pudriéndose en el infierno, en la cárcel o en el lugar más recóndito de la existencia, y solo así, por sobre mi ira, fui sintiendo como mi cuerpo se ralentizaba y se detenía tal cual un viejo reloj que ya no es capaz de seguir funcionando.

De esa ridícula manera fue como morí.
Frustrante.

Pero luego desperté. Joder, maldita sea, ¡me desperté!

¿Qué rayos estaba pasando?

La posibilidad de haber caído en coma en lugar de haber muerto cruzó de inmediato mi cabeza como la razón más plausible para estar despierta aun después de haber creído que aquel sería mi final, pero ese fugaz pensamiento pronto desapareció de mi cabeza.

El espejo que se entendía enorme frente a la majestuosa cama sobre la que me encontraba sentada me lanzó, como si fuese un puñetazo, la imagen de alguien que definitivamente no era yo.

Ojos grandes y dorados, cabello rubio platinado y un cuerpo pálido y delgado.

No, aquella persona no era yo, en lo absoluto. Y era absurdo, porque ni en mis más locos sueños me imaginé a mi misma con aquella apariencia. La persona reflejada era hermosa, de eso no cabía duda ni existía molestia, no... pero...

¿¡Por qué era un chico!?

Parejas DestinadasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora