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Él estaba sentado en la silla de pacientes frente al doctor que supuestamente me atendería, con una camisa y pantalón negros, luciendo una condenada sensualidad que hacía que quisiera colgarlo de las orejas... o a mí mismo por sentir que mis ojos no se despegaban de esa maldita clavícula que sería fantástico mordisquear.

Carraspeé.
¿En qué demonios andaba pensando? Y sobre todo, ¿por qué él estaba aquí? Si sabían que estaba ahí dentro no debían haberme hecho pasar.

—Sabía que sentía un aroma conocido —dijo él de pronto, cortando mis irascibles pensamientos —. ¿Cómo se encuentran tus heridas, supuesto beta?

Esa última frase me irritó. Debo decir que se me cruzaron los cables al momento de verlo, y ahora, los mismos cables empezaban a torcerse violentos al escuchar su voz.
Era una sensación mezclada que no sabía si era por los deseos de matarlo o por los deseos de reducir la distancia y continuar en donde nos habíamos quedado ayer. Y en mi muy fuerte defensa, alegaba por lo primero.

—¡Era beta hasta ayer! —exclamé con irritación—. ¡Es tu maldita culpa que me esté manifestando como omega! ¿¡Quién rayos eres!? —gruñí.

Él me miró con una expresión relajada, como si estuviese hablando con un amigo de toda la vida. Como si nada de lo que dijese fuese relevante, como si fuese una historia que él conocía de memoria.

—¿Yo? Soy Aran —se presentó y una espléndida sonrisa se dibujó en su perfecto rostro bronceado, con dos traviesos hoyuelos marcándose en sus mejillas.

Sentí mi cara arder. Y eso no era precisamente normal. Por muy guapa que fuese la gente, no era típico de mi permitir que se metieran bajo mi piel, y eso era con exactitud lo que me estaba ocurriendo con este hombre. Hasta que encontré la razón por la cual me estaba comportando así.

Este bastardo estaba emitiendo feromonas.

—Bastardo, ¡guárdate tus feromonas! ¡Apestan! —le grité, una vez más.

Él me sacaba de quicio, y no es como que hiciera mucho por ello, y es que el solo saber que mi vida como Selín se había complicado infinitamente más por culpa de él hacía que no supiera cómo lidiar con el estrés que aquello me causaba.
Era culpa suya que ahora me encontrara en medio de una situación demasiado inconveniente. Temiendo filtrar un mínimo resquicio de fermonas por si era descubierto en casa y caído en las garras de una familia de psicópatas.

De no ser por él, mi única preocupación serían Ian y Noah ¡No también mi propia seguridad!

Pero bueno, sentía además que él estaba jugando conmigo. Esa sonrisita en sus labios era de lo más irritante, cabía destacar.
Si bien mi primera impresión de él había sido grandiosa viendo cómo me salvó del violento padre de Noah, esa impresión ahora se empezaba a desvanecer mientras se corroía, estropeándose.

—Aran, deja tus juegos. —lo regañó el doctor.

Mirando de cerca, ambos tenían un ligero parecido.
Me pregunté si serían familiares.
El doctor lucía algo más pálido que Aran, su piel era más blanquecina, pero su cabello y ojos eran similares. Incluso la complexión de sus cuerpos y la forma en que sus clavículas llamaban la atención más allá del cuello abierto de sus camisas era igual de sensual.
Más sin embargo, el doctor no poseía el aire de juventud de Aran, en cambio, lucía más maduro y serio. Sobrio.

—¿Qué clase de funcionario público es tan grosero? —dijo—. Ya terminaste lo que viniste a hacer, deberías marcharte.

No pude estar más de acuerdo con aquella sugerencia.

—No eres divertido —Aran echó un suspiro y se levantó de la silla.

Al pasar por mi lado, se despidió con una sonrisa y un gesto de mano, gesticulando con sus labios la frase «nos vemos» para luego seguir de largo.
Por suerte evitó tocarme.

Parejas DestinadasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora