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Una de las cosas que siempre me ha costado es mantener la cabeza fría cuando algo me enoja. Tiro por la borda toda pretención de modales y mi mente se centra solo en el claro objetivo de liberar la fustración. Sea como sea, sin esperar demasiado.
Odio cuando no puedo liberar la tensión de mi cuerpo y esta se acumula dentro de mi pecho.

Termino explotando en momentos inadecuados.

Y no sabría decir si esa era la situación en este instante, lo único que sabía era que me sentía como un caballo desbocado.

Descontrolado.

Muy enojado y muy descontrolado. Con unos satíricos deseos de quebrar en pedazos el maldito ego de ese alfa, ese ego que galardonaba como algún tipo de trofeo y que a mis ojos solo lo hacia lucir como un patético ser humano sin nada más que mostrar. Pero sobre todo, tenía estas mortales ansias de arrancarle cierto pedazo del cuerpo utilizado por los seres vivos para procrear y que desde luego era demasiado lujo para que un desperdicio como Sein lo poseyera.

—¡Bastardo asqueroso! ¿¡Cómo te atreves a intentar abusar de tu madre!? ¡Psicópata hijo de puta! —fueron mis primeras palabras.

La primera prueba de que había perdido el estoicismo. Cosa de la que me quedaba poca o ninguna desde que me había convertido en Selín.

Vivir como este chico no era tan simple como cualquiera pensaría.

Sein me miró frunciendo el ceño, sorprendido ante mi repentina intrusión y sucesivo grito.
Se levantó del asiento en el que alegremente estaba recostado hablando con alguien por teléfono y caminó hasta mí, a paso lento y con un marcado carácter dominante.

—Niñato, ¿perdiste la cabeza? —respondió con una voz amenazante.

El tipo era alto y fornido, y me miraba con unos ojos llenos de superioridad y disgusto. Casi parecía querer infundirme algún tipo de temor, pero para alguien a quien le habían metido un balazo por no temer en un robo, una mirada tan poco original no iba a darme ni risa.
El Selín original podría haber sido un cobarde sin personalidad frente a tal expresión, pero vaya, ahora mismo de Selín, yo solo poseía su frágil apariencia, y que me llevara el diablo si permitía que tal fragilidad se me contagiara en el carácter.

—¿La perdiste tú? ¿O es que tanto drogarte ha terminado por dejarte estúpido? —pregunté, con claro tono desafiante—. Ah, cierto, perdón, acabo de recordar que siempre has sido el más idiota de tus hermanos —sonreí con burla.

Y aquello era cierto, Sein no era la herramienta más afilada del cobertizo, pero tenía su estatus de alfa para disimular su estupidez y a su padre para cuidar las apariencias. Qué preciosidad de familia, vomitaría si no fuera porque no creía poder llegar a alcanzar a hacerlo sobre su cabeza.

La expresión del rubio frente a mi se distorsionó por el enfado en cuestión de un instante, y antes de poder dejarme reaccionar tan siquiera, ya se hallaba agarrando con agresividad mi mandíbula, como si quisiera desgarrarla con sus dedos, mientras me alzaba ligeramente el rostro.

Un poco más de fuerza y me levantaría en peso.

—Vaya, parece que el pequeño de la familia ha perdido el miedo desde que no he tenido tiempo para prestarle atención —dijo entonces—. ¿Será que debo refrescar un poco esa mala memoria?

Parejas DestinadasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora