6. Sueños

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Los latidos de su corazón hacían eco en las paredes de su cráneo, mareándola. No confiaba en la fuerza de sus piernas, caería rendida en cualquier momento. Las ramas y las raíces se interponían en su camino, abriendo heridas en su piel canela. Sus pulmones ardían, y su agitada respiración sonaba estridente en la calma noche. Empezaba a pensar que no merecía la pena aquella fatiga, aquel ser le atraparía de manera inevitable, pero su cuerpo se negaba a detenerse. Jamás había corrido tan rápido. Podía notar el húmedo aliento del animal sobre su nuca, erizando cada vello de su espalda. Las afiladas garras abrían surcos en la tierra cada vez más cerca de sus propios pies. Juliana lo sabía, aquel sería su final.

De repente, el plano cambió.

Su cuerpo se volvió ágil y robusto, sus pisadas firmes. Ahora era ella la que abría surcos en la tierra con sus zarpas, la que respiraba pesadamente, la que perseguía a su presa. Su cuerpo animal se movía con facilidad entre los árboles, como si se tratase de terreno llano.

La noche era clara, la luna llena brillaba con intensidad, arrancando destellos entre los mechones plateados de su víctima. La carrera no suponía ningún esfuerzo para ella, su nueva naturaleza podía soportar cualquier dificultad física. Aquello era liberador, el instinto de depredador latente en su organismo, las ansias de atrapar a su presa corriendo por sus venas, acelerándola.

El bosque comenzó a despejarse, la flora se abrió dejando ver una carretera solitaria. La humana era rápida, pero no era rival para la entrenada constitución del animal. Dándose impulso, saltó sobre su presa atrapándola bajo el peso de su cuerpo. Su presa giró el rostro, y Juliana pudo contemplar las perfectas y tranquilas facciones de Valentina, mirándole desde abajo con sumisión e impasividad. Un irrefrenable impulso de hundir sus caninos en la morena carne se apoderó de su nuevo cuerpo. La sangre manchó sus fauces cuando, finalmente, clavó los dientes en el cuello de Valentina.

La imagen cambió de nuevo.

Su cuerpo volvía a ser la de una joven humana, y el duro asfalto había sido sustituido por un cómodo colchón y un juego de sábanas de seda blanca. Seguía desnuda, como en su forma animal, pero ahora, era Valentina la que se cernía sobre ella, la que mordía con fuerza el hueco entre su hombro y su cuello. Sus respiraciones eran erráticas y desacompasadas, sus pulsos acelerados. La piel de Valentina era caliente y suave, y sus fuertes brazos la envolvían como si nunca quisiera soltarla. Estaba en éxtasis, el fuerte dolor de la mordedura comenzada a ser sustituido por un placer inimaginable. Sus uñas romas se hundían en la piel de la blanquecina espalda de Valentina, como garras en la tierra. La chica apretó el abrazo alrededor de su sobre estimulado y gimió gravemente aún con su carne entre los dientes. Entonces, se despertó.

Cuando abrió los ojos, volvía a estar en su desordenada habitación y, por un momento, no estuvo segura de sí aquel fuera el último escenario. Su ruidosa respiración y la agitación de su pecho eran demasiado reales aquella vez como para ser un sueño.

¿Qué se suponía que fue aquello? ¿Alguna especie de pesadilla infantil? Aunque las últimas escenas hacían inviable la teoría del mal sueño. El cuerpo de Juliana aún se encontraba caliente, y podía jurar que sus mejillas estaban encendidas. Quizá los absurdos cuentos infantiles que le contaba su abuela cuando era pequeña hicieron mella en algún punto de su subconsciente que había decidido salir a la luz doce años después. Ya era un poco mayor como para ponerse a soñar con lobos gigantes, aunque esa no era la parte del sueño que más le inquietaba. Valentina, había soñado con Valentina. Era cierto que la mujer era indudablemente atractiva, con su mirada profunda y su piel perfecta, pero de ahí a soñar con que le hacía un chupetón en el cuello, iban un par de escalones en la escala de las fantasías sexuales. Aunque, a decir verdad, aquello no se sintió como un chupetón. Era algo más profundo, algo más íntimo, algo único.

Juliana suspiró, y apartó las hebras de ébano de su frente. Aquello no había sido más que un sueño, una broma de su subconsciente que solo quería alterarla. Se rio de sí misma, ¿por qué debería darle importancia? Pero, aun así, su mano se deslizó hasta su cuello, al lugar en el que Valentina había hundido sus dientes en el sueño. La zona estaba caliente, y unos extraños surcos trazaban un arco en su piel. Juliana se levantó alarmada de la cama, ¿aún estaba sumergido en sus fantasías nocturnas?

Asustada, corrió hacia el pasillo y entró en el baño. La blanca luz le cegó por un momento, pero aun así se abalanzó sobre el espejo y observó con los ojos muy abiertos como una marca roja decoraba el lugar entre su hombro y su cuello. Estuvo a punto de gritar, aquello no podía ser real.

Mientras, unos kilómetros al sur, adentrándose en el bosque, en una de las cabañas de madera de una pequeña población de licántropos; el quinto alfa de la familia Carvajal miraba al techo de su habitación sonriente. Aquella noche había soñado con su mayor anhelo, marcar a la joven Juliana Valdés de por vida.

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