Capítulo V

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Barcelona

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Barcelona. Hoy.

Carla entró al edificio agotada, ni fuerza de llamar al ascensor. El trabajo en el museo había sido bastante duro, ayudando a los restauradores a bajar algunas obras, más los grupos de estudiantes que fueron por una visita guiada. Solo quería llegar a su casa y abandonarse en su cama. Sabía que mañana le esperaba un día tan pesado como el de hoy, o peor.

Al llegar a su piso escuchó música y risas en el apartamento de enfrente. «Se ve que el engreído tiene fiesta, debe ser un atorrante este», pensó al abrir su puerta. Al entrar, Mishuri ya la estaba esperando paradito maullando. Lo saludó con una caricia en la cabeza.

—Hola bebé hermoso, mi mishuri, ¿me extrañaste? —le habló cambiando la voz a una más aguda, el gato maulló a modo de respuesta—. ¿Tenés hambre? Ya mamá te pone tu alimento.

Carla tiró la llave en la barra junto con el bolso que llevaba y le sirvió alimento al gatito. Luego sacó dos porciones frías de pizza de la heladera y las puso al microondas. Su alimentación no era la mejor estos días.

Le dieron ganas de tomar mate, en todo el día no había podido tomar ni uno. No le gustaba mucho tomar sola, el mate era algo que se compartía. Era casi como un ritual del compartir. Pero ya se había acostumbrado. Solo lo podía tomar con Laura y ella no era muy amante del mate, salvo que fuera frío y lleno de azúcar. Buscó el mate por toda la cocina mientras calentaba agua en una pava. No estaba. Recordó que lo tenía a la mañana cuando cruzó a lo del vecino. Al llevar su atención a la casa de enfrente volvió a escuchar la música a un volumen no muy aceptable. No iba a interrumpir la fiesta por el mate, iría a la mañana siguiente. Se quedaría con las ganas y esperando que terminaran pronto con el ruido y la dejaran dormir. Ya de por sí era algo que le costaba.

No estaba muy acostumbrada a vivir sola. Si bien hacía dos años que estaba en España, solo hacía seis meses que vivía sola, gracias a que el trabajo en el museo le permitió costear el apartamento. Los primeros meses vivió en una pieza en casa de familia, pero no se sentía cómoda sin su privacidad. Luego, cuando comenzó a cursar la beca, se mudó con Laura y su compañero venezolano. Pero fue una convivencia caótica y por bien de su amistad salió de ella. Ahora estaba cómoda, tranquila y feliz en este nuevo lugar. Y si bien Barcelona era una ciudad mucho más segura que Buenos Aires, todavía no se acostumbraba a estar sola.

La música en el apartamento de enfrente no cesaba y ahora encima de ella se escuchaban risas y ruidos de botellas. «Esto va para largo», pensó, mientras daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Los balcones de los apartamentos estaban pegados por lo que sentía que estaba dentro de la fiesta. Recordó que tenía el número del vecino de cuando hablaron por el gato. Dudó unos segundos, en realidad no se habían pasado los teléfonos, pero el contacto estaba ahí. Y no iba a soportar mucho más sin dormir después del día que tuvo y pensando en el que le esperaba mañana. Decidió mandarle un mensaje.

 Decidió mandarle un mensaje

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«Quizá fue un poco fuerte... Va a pensar que soy una amargada», pensó Carla al enviarlo, pero ya no le importaba. Lo único que quería era dormir. Lo necesitaba con todo su cuerpo y su mente.

Media hora después, Carla no dejaba de dar vueltas en la cama y no había respuesta del molesto vecino. Y tampoco iba a haberla. Marcos estaba muy entretenido con una de las amigas de Alejandro como para mirar el celular. La música a todo volumen tampoco ayudó a que escuchara.

Carla tapó su cara con una almohada ahogando un grito de frustración. Hasta Mishuri estaba molesto caminando de un lado al otro de la habitación.

—¡No aguanto más! —vociferó mientras se levantaba decidida hasta su vecino, ya no podía pensar ni preocuparse por estar en piyama y con los pelos revueltos como un mono capuchino.

Golpeó la puerta con fuerza. Marcos abrió, otra vez no tenía camiseta, solo unos vaqueros negros y estaba descalzo. Una rubia lo tomaba del pantalón desde atrás jalándolo hacia dentro.

—Tenemos una fanática de los gatos —dijo Marcos al ver el piyama con motivos gatunos que llevaba Carla. Esta se cruzó de brazos antes de exhalar odio.

—Y un fanático del exhibicionismo —contestó, al fin, mientras Mishuri salía disparado de su apartamento y saltaba a los brazos de Marcos lamiéndole el rostro—. Gato traidor.

—¿A qué se debe el gusto? —preguntó Marcos sonriendo irónicamente mientras acariciaba al animalito. Le divertía mucho poner nerviosa a su vecina, ver el fuego que crecía en sus ojos—. Parece que le agrado a bola de pelos.

—Yo no sé a qué hora te levantas vos, pero son las dos de la mañana y nuestros balcones están pegados, por si no te diste cuenta.

—Que petarda —contestó con desdén la rubia que seguía jalando a Marcos para llevarlo adentro, aunque este no solo no le hacía caso, sino que no sacaba los ojos de Carla, que también lo miraba fijo, hasta que la escuchó y la fulminó con cara de pocos amigos.

—Creo que mi vecina tiene razón, es hora de ir a la cama, chicas —se burló Marcos entregándole el gato a Carla, dándole una mirada provocadora. La rubia lo rodeó con los brazos plantándole un beso.

Carla sintió una punzada en el estómago viendo la lengua de Marcos entrar en la boca de la chica. Se dio vuelta con tanto ímpetu que casi el cuello se le despega del resto del cuello y caminó refunfuñando hacia su apartamento, cerrando su puerta tan fuerte que vibró todo el piso.


*Pava

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*Pava. Hervidor de agua, parecido a una tetera metálica.

*El mate es, en realidad, una parte de la cultura, de los hábitos cotidianos, del modo de vida de la gente. A menudo, es un pretexto para el encuentro, la charla, la confidencia. "El mate no es una bebida", dijo el escritor Hernán Casciari. "En Argentina nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate es exactamente lo contrario que la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo".

* Atorrante: en Argentinay Uruguay, tiene una carga despectiva; se emplea como equivalente deholgazán, vagabundo o haragán, alguien que no se preocupa por nada. Del mismomodo, puede referirse a aquel que es desvergonzado o desfachatado en su formade ser. 

El gato de mi vecinaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora