Capitulo XI

158 36 44
                                        


Barcelona

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Barcelona. Hoy.

Carla y Marcos seguían parados en la puerta, uno frente a otro. Solo se escuchaba el sonido de sus respiraciones un poco agitadas, el ruido del ascensor bajando, algunas puertas cerrándose y abriendo a lo lejos.

—Gracias —murmuró Carla en un hilo de voz, cortando el silencio.

—¿Realmente ese hombre es tu novio? Quizá es un atrevimiento... no nos conocemos mucho como para preguntar. Pero no está bueno lo que escuché.

—Es una historia larga.

—Tomemos un mate, tengo tiempo —contestó Marcos y Carla se desarmó en un sollozo fuerte. Que Marcos quisiera escucharla y no la juzgase de antemano, que quisiera tomar un mate sabiendo lo que significaba para ella, que la hubiera protegido de Hugo, era muy importante para ella. Marcos se estaba convirtiendo en algo más que un simple vecino, alguien con quien contar—. Tranquila —La rodeó con un fuerte abrazo. Carla lloró con más fuerza, su cuerpo sacudiéndose en ese abrazo—. Todo está bien —siguió Marcos mientras apoyó el mentón en su cabeza. No pudo evitar respirar su aroma, afrutado, tan dulce y fresco como ella.

—Gracias, gracias por ayudarme —contestó Carla mojando la camiseta de Marcos con sus lágrimas.

—Estoy en frente para lo que necesites, somos vecinos, —dijo mirándola—. ¿Vamos a preparar el mate? —Carla asintió con la cabeza y desarmó el abrazo.

Mientras preparaban el mate, Carla le contó a Marcos algo de su historia y el arreglo con Hugo. Después de lo que había pasado, no sintió miedo ni vergüenza en contarlo. A la vez que le pareció mal seguir ocultándoselo. De alguna manera confiaba en su vecino, sin saber bien por qué, tenía la certeza de que no iría a denunciarla. Además, hablar con él le hacía bien, la ayudaba a desahogarse. Marcos la escuchó atentamente sin emitir sonido, el ambiente era cálido y sereno entre ellos.

—No es que yo sea partidaria de la emigración —siguió Carla poniendo la yerba—. Es muy difícil dejar tu tierra, el desarraigo. Amo mi país, pero en el último tiempo mi vida era un desastre. Había salido de una relación muy violenta, tenía un trabajo, pero no estaba relacionado con mi profesión... Cuando llegó la beca sentí que era la oportunidad de empezar de nuevo. Y me enamoré de Gracia, de sus calles, sus fiestas, su gente. Conseguí el trabajo de mis sueños. No quería perder todo esto... no quiero perderlo.

—Parece que somos varios buscando empezar de nuevo en otro lugar —reflexionó Marcos y Carla sonrió entregándole un mate—. Entiendo todo, pero tiene que haber otra manera, Carla. Por lo que escuché y lo que vi el precio a pagar es muy alto ¿Estás dispuesta a pagarlo? —Carla lo miró y bajó los ojos tomando el mate que le entregaba Marcos. Sus manos todavía temblaban—. Porque se nota que ese hombre no se va a conformar ¿Sientes algo por él?

—¡No! —gruñó Carla cebando el mate, casi quemándose con el agua caliente—. Sentía algo de admiración por él como profesor, por la forma de dar sus clases, de ocuparse de sus alumnos, pero hace rato que eso ya no existe. Empezó poco a poco tomándose atribuciones, acercándose más de lo debido y, en consecuencia, alejándome más de él. Creo que por eso actuó así hoy.

El gato de mi vecinaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora