Orquídea

274 35 5
                                        


—Prometo que los sacaré de aquí —murmuró la niña, mirando a sus hermanos dormidos a su lado—.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Esas fueron las dulces palabras que un pequeño Ran escuchó de su hermana, quien en silencio lloraba con la esperanza de que un nuevo amanecer llegara para ellos. Al fin, solo eran ellos tres contra el cruel mundo. Ume, como siempre, recibía los maltratos y golpes de su madre, quien cada vez encontraba nuevas formas de herirla.

Ran, con siete años, y Ume, con nueve, veían cómo el tiempo pasaba rápido, pero la situación no parecía mejorar. Sin embargo, ese día algo cambió en Ran. Cansado del maltrato, levantó su mano contra su madre... pero Ume reaccionó al instante, deteniéndolo.

—¿¡Te atreviste a levantarme la mano, pequeño idiota!? —gruñó la mujer, con más ira que nunca—.

—¡No! ¡Déjalo! Puedes golpearme a mí, pero no los toques —dijo Ume, protegiendo a su hermano—.

—No, no pienso dejar que esa perra te siga golpeando —dijo el pequeño rubio con determinación.

—Ahora verán los dos —dijo la mujer, tomando un cinturón con gesto amenazante—.

—¡Ran, llévate a Rindou de aquí, rápido!

—Pero... hermana...

—¡Llévatelo, por favor, Ran! —gritó Ume entre lágrimas.

Ran tomó de la mano a su hermano y salieron del apartamento, escondiéndose tras las escaleras de la planta baja. Ran cubría los oídos de Rindou para evitar que escuchara los gritos de su hermana mientras recibía los golpes de su madre. Desde su escondite, Ran solo podía observar a algunas mujeres del complejo de apartamentos pasar cerca, escuchando lo que decían.

—Seguro la debe estar "disciplinando" —comentó una de ellas—.

—Sí, parece muy responsable y estricta con sus hijos... qué bendición que tengan a su madre —respondió otra, sin saber la cruel realidad que se vivía dentro de ese hogar.

Aquellas palabras, "bendecidos de tener una madre", hicieron que Ran pensara para sus adentros que era una maldita estupidez. La gente solo veía lo superficial y nunca entendía el trasfondo, pero, ¿quién iba a creerles a unos simples niños?

Casi una hora había pasado desde que ambos pequeños salieron de su escondite. Ran vio a su hermana bajar, con los ojos todavía húmedos y el rostro golpeado. Corrió hacia ella rápidamente. Al ver a sus hermanos ilesos, Ume los abrazó con fuerza, sintiendo un alivio profundo: toda la ira de su madre se había descargado sobre ella y no sobre sus pequeños hermanos.

Ran trató de corresponder aquel abrazo, pero al colocar sus manos sobre la espalda de Ume, esta gimió de dolor.

—Ume, ¿qué fue lo que te hizo... ella? —dijo Ran, preocupado.

—No te preocupes, Ran... estoy bien —respondió la chica, mostrando una sonrisa mientras las lágrimas seguían cayendo—.

—¡No! —dijo él con seriedad—. ¡Qué te hizo!

Ume se volteó, levantando un poco la camisa para mostrar su espalda llena de golpes de cinturón. Al ver aquello, Ran rompió su propia camisa, corrió hacia un chorro de agua cercano y comenzó a mojarla para limpiar cuidadosamente las heridas de su hermana, algunas de las cuales sangraban. Lo hizo con extremo cuidado, tratando de no causarle más dolor.

Rindou observaba el rostro de su hermana, conteniéndose para no llorar ante aquel tacto doloroso. Al ver las lágrimas caer, las limpiaba con delicadeza, asegurándose de no lastimarla aún más.

 Al ver las lágrimas caer, las limpiaba con delicadeza, asegurándose de no lastimarla aún más

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
ℬ𝑜𝓇𝓃 𝒾𝓃 𝓉𝒽𝑒 𝒸𝑜𝓁𝒹 𝑜𝒻 𝓌𝒾𝓃𝓉𝑒𝓇Donde viven las historias. Descúbrelo ahora