Reyes Celestiales

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Un alma fuerte no nace de un paraíso; nace de un infierno. Y eso era precisamente lo que los tres hermanos habían vivido: rodeados de botellas de sake cuando ganaban alguna apuesta, y de alcohol barato cuando perdían. Ran todavía recordaba aquel día en que su madre, con indiferencia, entregó a su hija a los brazos de un enfermo. Apenas era una niña y tuvo que enfrentarse a aquel dolor, a la soledad de sentirse incapaz de defenderse, sin nadie que acudiera en su auxilio.

Y ahora... una maldita enfermedad que solo haría sufrir a su hermana. Que la desgastaría poco a poco. Según Ran, ella perdería aquella brillante sonrisa que siempre les iluminaba. Pero, aun después de conocer toda la verdad, Ume no perdía el ánimo. ¿Por qué no lo hacía? ¿Acaso Ran y Rindou eran lo más importante para ella, y no podía mostrarse débil frente a ellos? Si esa era la respuesta, Ume pondría su felicidad en un segundo plano con tal de ver a sus hermanos bien.

Rindou y Ran solo podían preocuparse por Ume, queriendo mantener a su único sol brillante aún a su lado. Se negaban a aceptar aquella noticia, buscando de alguna forma una cura. Pero... ¿quién tiene una cura para la leucemia? Era evidente que poco a poco la enfermedad acabaría con ella. Ambos hermanos empezaron a reunir dinero para asegurarse de que Ume tuviera el mejor tratamiento posible, pero incluso todo el dinero de Japón podría no ser suficiente para salvarla.

Al confirmar aquel diagnóstico, la chica tenía la cita para empezar su tratamiento. Sin embargo, sus hermanos no esperaban encontrarse con cierto peliblanco en el hospital. A ambos no les sorprendió verlo acompañado de su "sirviente", aunque para ellos era alguien importante. Ume reconoció al dúo de inmediato.

—Izana, Kakucho, tiempo sin verles —dijo la rubia con una sonrisa.

—Eres la hermana de los Haitani —respondió con tono apagado el de ojos violetas.

—Discúlpenlo, no han sido los mejores días —dijo el de la cicatriz.

—Tampoco para nosotros —añadió Rindou con seriedad.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —cuestionó Ran, desconfiado.

—Izana se enteró de Shinichiro, él, bueno... —comenzó a explicar el de cicatriz.

Antes de que terminara, Ran le interrumpió; si era lo que creía, tanto Izana como Ume se verían afectados. El de ojos violetas observaba a la chica, cuya apariencia seguía siendo brillante: su cabello rubio y sus intensos ojos morados eran característicos de los Haitani.

—Has cambiado mucho —dijo el moreno.

Era normal que, al dejar de ver a alguien, se notara el cambio. Ambos se asombraron. Sin embargo, al escuchar que los hermanos eran llamados a otra área, el moreno y el de cicatriz se quedaron sorprendidos. Izana dedujo quién de los tres iba a las sesiones de quimioterapia.

—Bueno, fue un gusto verles de nuevo, chicos, aunque no bajo las mejores circunstancias —expresó la rubia con calma.

Ran y Rindou siguieron a su hermana después de despedirse del dúo, quienes aún trataban de procesar la noticia. Al entrar en el consultorio, el doctor les explicó que sería un proceso largo y difícil. Había momentos en los que la paciente experimentaría desesperación, y como hermanos debían estar unidos para enfrentar y superar cada obstáculo.

Ran comprendió que esa era la forma del doctor de decirles que, si no se mantenían firmes, la situación sería fatal. Por su parte, Rindou se mantenía firme en su autoengaño, intentando negar lo inevitable. Lo que Ran no sabía era que la propagación de células cancerosas en la sangre no había sido detectada a tiempo. Cuando había ido a hablar solo con el doctor para obtener la verdad absoluta, ahora se arrepentía de haberlo hecho.

ℬ𝑜𝓇𝓃 𝒾𝓃 𝓉𝒽𝑒 𝒸𝑜𝓁𝒹 𝑜𝒻 𝓌𝒾𝓃𝓉𝑒𝓇Donde viven las historias. Descúbrelo ahora