Paraíso perdido

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Una mujer mayor lloraba desconsoladamente frente a dos tumbas: las de sus hijos, quienes lamentablemente habían dejado este mundo.
La policía lo clasificó como dos robos fallidos, pero para otros había algo más detrás de aquellas muertes. Sin embargo, las autoridades preferían hacer la vista gorda para evitar conflictos.

Mientras aquella madre lloraba amargamente la pérdida de sus dos hijos, los amigos cercanos de estos no entendían cómo había podido sucederles algo así. Ambos llevaban una vida honesta, trabajando hasta tarde, sin deudas ni vínculos con personas peligrosas. Incluso el mayor de los Kawata, pese a ser más impulsivo, nunca había tenido problemas con nadie. Simplemente, no lo entendían.

—¿Creen que Mikey tuvo algo que ver con esto? —preguntó el pelinegro de ojos azules.

—Si es así, es imperdonable —golpeó con fuerza la mesa el del tatuaje de dragón—. Porque... porque los Kawata tenían su propio restaurante, lo que más soñaron desde jóvenes. ¡Ellos no tenían ningún problema con nadie!

—Todavía no sabemos si fue él o si se trató de otra cosa —intervino el del tatuaje de tigre, intentando calmar la tensión—. Pero si Mikey fue responsable, sin duda perdió la cabeza al asesinar a los hermanos.

—Sea como sea, los demás deben tener cuidado. No queremos que alguien más salga dañado —añadió el de cabello morado—. Ya hay suficiente sufrimiento con la madre de esos dos, que ahora mismo llora desconsolada entre los brazos de sus familiares.

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Sanzu y Kokonoi estaban preocupados por el estado emocional de los hermanos Haitani. Ninguno de los dos había tenido el valor suficiente para encarar a Mikey tras aquella noche. Desde entonces, Sanzu notó un cambio en ellos: era como si sus almas hubieran abandonado sus cuerpos.

Ran, que solía cumplir siempre con sus trabajos, ahora era distinto. Su característica sonrisa burlona había desaparecido, y se había vuelto impaciente y violento, llegando a atacar a otros por casi nada. Rindou, por su parte, se refugiaba en las drogas, ahogándose en ellas como si quisiera borrar algo de su mente. Le funcionaba solo por un instante, hasta que recaía entre alucinaciones en su habitación, llegando incluso al punto de autolesionarse. Fue Kakucho, por orden de Mikey, quien tuvo que vigilar al menor de los Haitani, mientras Sanzu se encargaba de controlar a Ran.

—Vaya... esos dos ahora sabrán por qué no es bueno involucrarse con los de afuera —comentó el hombre de la cicatriz, expulsando el humo de sus labios.

—Eso fue demasiado cruel de tu parte, ¿sabes? —respondió su compañero, también fumando.

—Tenían que aprender de una u otra forma que Bonten no es un amigo, sino una organización criminal buscada y temida —replicó con frialdad, clavando la mirada en él—. Ni se te ocurra abrir la boca, Mochi.

ℬ𝑜𝓇𝓃 𝒾𝓃 𝓉𝒽𝑒 𝒸𝑜𝓁𝒹 𝑜𝒻 𝓌𝒾𝓃𝓉𝑒𝓇Donde viven las historias. Descúbrelo ahora