¿Cuál fue el delito de los haitani?, conocías este pasado de ellos
Una venganza que fue castigada injustamente
La autoridad solo aparece cuando le conviene y culpa a quien solo se defiende
La historia de los haitani está marcada por una serie de eve...
En un barrio bajo de Japón vivía una pareja que se unió por sus propios vicios. De esa unión nació su primera hija, a quien llamaron Ume. La mujer había sido florista antes de caer en sus malos hábitos, entre ellos las apuestas y otros vicios. Ser padres terribles no parecía bastarles, pues unos dos años después nació un niño al que llamaron Ran.
Aunque la madre aparentara frente a los demás ser una buena mujer, la realidad para Ume era muy distinta: ella debía soportar las dos caras de su madre. Su padre, por otro lado, no parecía importarle mucho sus hijos; era feliz cuando ganaba en las apuestas y, en sus malas rachas, descargaba su frustración sobre la familia. Así lo percibía la pequeña Ume.
Ume se escondía junto a Ran para protegerse de los arrebatos de su padre. Tras perder apuestas, él se emborrachaba y comenzaba a golpear a la madre, quien tampoco se quedaba atrás y respondía con golpes. En medio de esas peleas, Ume tomaba a su hermano en brazos y salía del apartamento, que siempre estaba lleno de basura, latas de cerveza, botellas de sake y colillas de cigarro.
La pequeña rubia hacía todo lo posible por mantener limpia la habitación que compartía con Ran, intentando que su hermano no se enfermara. En medio del caos, aquella habitación era el único lugar donde ambos podían sentirse seguros... bueno, a veces.
Años después llegó su último hermano, Rindou, a quien la madre parecía odiar, aunque Ume nunca entendió la razón. La pequeña se encargó de darle un nombre y de cuidarlo como pudo. Entre libros de flores que su madre conservaba, Ume aprendió poco a poco a leer y a cultivar su propio interés por ese mundo delicado, un contraste con la violencia y el desorden que la rodeaba.
Ran y Rindou eran la adoración de Ume. Al principio, su madre se hacía cargo de ellos, aunque fuera solo de un niño, pero con el tiempo dejó toda esa responsabilidad sobre los hombros de su hija, cargando a una niña pequeña con un peso demasiado grande. Ume tenía apenas seis años cuando tuvo que aprender a criar y cuidar de sus hermanos.
Ran, que apenas le llevaba un año, trataba de ayudar, cuidando de Rindou, quien aún era un niño pequeño de cuatro años. A pesar de su corta edad, Ume siempre velaba por el bienestar de sus hermanos menores. Una niña de seis cuidando a un niño de cinco y a otro de cuatro; algo que muchos vecinos jamás notaron. La pequeña más de una vez terminó con moretones en brazos y piernas, producto de los arranques de ira de su madre, ya fuera por no cumplir alguna orden o por un simple error que siempre terminaba en violencia.
Ran tenía cinco años, pero ya percibía la situación que les tocó vivir. Cada vez que su madre golpeaba a Ume, él trataba de consolarla junto a Rindou, mientras su hermana los abrazaba a ambos, haciéndoles saber que ella no permitiría que la madre los lastimara. Así era Ume: recibía los golpes, pero protegía a los menores.
En ciertas noches, la niña se preguntaba por qué habían nacido en ese lugar, por qué les había tocado tener padres así. Su mayor deseo era darles a sus hermanos un hogar donde no sintieran miedo, sino calor familiar. Muchas veces incluso evitaba comer para que sus hermanos tuvieran algo en sus pancitas y no pasaran hambre.
—Prometo que los sacaré de aquí —murmuró la niña, mirando a sus hermanos dormidos a su lado—.
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