—¿Son los primos de los señores Kawata, verdad? —preguntó la rubia con una voz dulce pero firme.
Aquella pregunta sacó a ambos hermanos de sus pensamientos. Voltearon hacia la chica, sin haberse percatado antes de que estaba allí. Ran intentó articular alguna palabra, pero le resultaba imposible; aquellos ojos lilas lo llevaban directamente al pasado, reviviendo recuerdos que aún le dolían.
—Nosotros... —tartamudeó el mayor, incapaz de encontrar la forma de responder.
—Sí, lo somos —dijo el menor con un hilo de voz, tratando de mantener la compostura.
—¡Eso es genial! —exclamó la chica, sonriendo—. Quería preguntarles algo... el señor Souya me dijo que ambos son muy inteligentes, y pensé que podrían ayudarme.
—Ayu... ayuda... —balbuceó Ran, desconcertado—. ¿Primos? —añadió, mirando de reojo a su hermano.
—Sí, somos primos de los dueños del restaurante —respondió Rindou, dándole discretamente un puntapié bajo la mesa a su hermano para que se calmara.
La rubia tomó asiento en la mesa, recordando la vez que había conversado con Rindou. Le había agradado mucho, y pedirles ayuda con la tarea resultaba ser la excusa perfecta para descubrir la verdad sobre por qué los hermanos la seguían con tanto interés. No era tonta: podía notar a los Haitani a kilómetros de distancia. Sin embargo, su presencia le resultaba extrañamente familiar; había algo en ellos que le generaba una sensación de cercanía, como si los conociera desde siempre.
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Las semanas pasaban volando, y aquel acercamiento hizo que los Haitani se volvieran más cercanos a la chica, aunque siempre omitían ciertos detalles sobre ellos mismos. Rindou se preguntaba si ella no los reconocía por aquel pequeño percance en el callejón, pero Ran pronto se dio cuenta de algo curioso: la rubia tenía problemas de visión, igual que su hermano menor, y por eso no les había reconocido. Fue gracioso para Ran, quien lo notó cuando les pidió que miraran algo que ocurría a lo lejos; ambos entrecerraron los ojos intentando enfocar, y entonces comprendió la razón por la que no tenían problemas con que la chica no les tuviera miedo.
Su único lugar seguro para estar cerca de ella era el restaurante de los Kawata, donde podían pasar como simples clientes, ocultando los tatuajes de sus cuellos. Allí no tendrían problemas con nadie y mucho menos con los dueños. La chica tenía muchas cosas que les recordaban a su hermana: su amor por las flores, por ejemplo. Rindou notaba cómo dibujaba flores en su cuaderno, y eso le hacía imaginar que si su hermana hubiera vivido, también habría disfrutado de su época de estudiante con la misma alegría, recordando cómo trabajó para que él y Ran pudieran estudiar.
—Gracias —dijo la chica mientras guardaba sus cuadernos—. Son geniales, los dos me enseñan mucho.
—Bueno, eres una mente joven con mucho por delante —expresó Rindou, sonriendo suavemente.
—Anda con cuidado a casa —añadió Ran, con un tono serio pero cálido—.
—Mamá vendrá a traerme ahora —dijo la chica, sonriendo—. Le conté que hice nuevos amigos y quiere conocerlos.
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ℬ𝑜𝓇𝓃 𝒾𝓃 𝓉𝒽𝑒 𝒸𝑜𝓁𝒹 𝑜𝒻 𝓌𝒾𝓃𝓉𝑒𝓇
Fiksi Penggemar¿Cuál fue el delito de los haitani?, conocías este pasado de ellos Una venganza que fue castigada injustamente La autoridad solo aparece cuando le conviene y culpa a quien solo se defiende La historia de los haitani está marcada por una serie de eve...
