¿Cuál fue el delito de los haitani?, conocías este pasado de ellos
Una venganza que fue castigada injustamente
La autoridad solo aparece cuando le conviene y culpa a quien solo se defiende
La historia de los haitani está marcada por una serie de eve...
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Un juego amistoso entre colegas estaba en marcha, ejecutado por sus cuatro ejecutivos principales. Sanzu y Ran casi siempre terminaban enfrentándose en una revancha tras otra, mientras su hermano menor y su compañero peliblanco permanecían como espectadores, aburridos de los duelos interminables. Aunque los haitani no quisieran admitirlo, Kokonoi y Sanzu eran los únicos con los que se podía mantener una "conversación normal". Kokonoi trabajaba detrás del escritorio, mientras Sanzu, junto a ellos, era quien más salía al campo en misiones.
—¿No piensas rendirte, maldito drogadicto? —decía Ran con una sonrisa tranquila.
—En tus sueños, idiota. Pienso ganarte —respondió Sanzu.
—Iré por un trago, esto va para largo —dijo el menor de los haitani levantándose.
—Trae algo para mí también —dijo el peliblanco, observando a Ran ir por los tragos—. Oye, Ran, Rindou ha estado mucho mejor. Ha dejado de ser tan violento como antes.
—Supongo que convivir con el pelusa azul le ayudó un poco. Siempre que lo buscaba, lo encontraba conversando con él.
—Mierda... le debo un favor a esas pelusas —dijo Ran, irritado.
—¿Favor de qué? —cuestionó el peliblanco.
—El pelusa naranja le sacó la bala y suturó la herida que tuvo aquel día. —Ran miró a Sanzu—. ¿Cómo es posible que recuerdes eso? Te desmayaste.
—La droga ayuda a recordar —respondió Sanzu—. Además, ¿por qué fue que esos dos accedieron a ayudarnos?
—Supongo que nos debían un favor, o simplemente quisieron ayudarnos —dijo Ran, dejando la pieza del juego—. Gané, ahora paga, idiota.
—¡Pero qué mierda! —dijo Sanzu, molesto.
—Toma, Koko —dijo Ran, entregándole un vaso de vidrio con un poco de ron.
—Gracias —dijo Kokonoi, comenzando a beber—.
—Vaya, parece que Ran te ganó —dijo Sanzu con una sonrisa—. Paga, maldito drogadicto.
—Me vengaré de ambos —dijo Ran, dejando el dinero sobre la mesa.
Ran, aún sentado frente a la mesa, parecía perdido en sus pensamientos. Sus sueños últimamente tomaban un tono gris oscuro, y muchas veces se despertaba sudando frío, sin comentarlo con su hermano, prefiriendo pensar que era solo estrés. Poco más de un año había pasado desde que dejaron de visitar a los Kawata en su restaurante y desaparecieron de la vida de aquella rubia. Comenzaban a aceptar que su hermana mayor jamás volvería, y que estaba mal querer sustituirla con el pedazo de ella que había dejado atrás.
Las cosas en Bonten marchaban bien; con el trío al frente, todo trabajo quedaba bien hecho, y seguían siendo los más buscados de Japón. Mikey, líder de Bonten, pasaba sus días en su oficina, recibiendo reportes de Kakucho sobre los movimientos del grupo. Al terminar sus tareas, Kakucho se retiraba, dejando a Mikey en aquel sombrío lugar.