genciana, campanilla

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La nieve cubría el parque poco iluminado. Ume recordaba la conversación con el doctor, pensando una y mil veces en cómo decirles a sus hermanos, pues sabía que sería un golpe muy duro para ellos, especialmente para Rin. Observó el reloj en su muñeca y notó que ya era tarde; el pelinegro aún no aparecía. Era la segunda vez que la dejaba plantada, y Ume empezó a preguntarse si quizá solo quería jugar con ella.

Se quedó un rato más en el columpio, dándole el beneficio de la duda al chico, hasta que decidió irse. En ese momento, sintió una chaqueta más abrigada cubrir su espalda; al girarse, vio a Ran y a Rin, quienes habían llegado. Sabía que ambos no podían resistirse a seguirla, pero también entendía que sabían aparecer en el momento justo. Pasaron un rato juntos en el parque, disfrutando de su compañía, y era un momento tierno y cálido.

—Ran, Rindou... sobre lo de temprano, no son vitaminas lo que me dio el doctor —dijo Ume, mirando a Ran.

—Te escuchamos —respondió Rindou, con seriedad.

—Perdón por ser tan insistente, pero sé que algo malo pasa, hermana...

—No se preocupen, Rindou. Ambos me conocen muy bien... Yo...

Ume decidió esperar hasta el día siguiente para dar aquella mala noticia. Había sido un día demasiado pesado, lleno de experiencias difíciles, y solo quería regresar a casa. Sus hermanos lo entendieron y no insistieron más.

Los hombres suelen mentir, ya sea para alejarse de alguien o porque jugaron con los sentimientos de otra persona. Ume le había dado la oportunidad de explicarse, pues había empezado a sentir algo por el pelinegro, pero este nunca apareció. Solo quedó la duda: ¿había jugado con ella?

A la mañana siguiente, Rindou se levantó temprano y decidió preparar un buen desayuno para alegrar a su hermana. Ran todavía dormía y Ume ni siquiera se había levantado. Rindou puso la televisión para informarse con las noticias matutinas, pero un reportaje llamó su atención y lo dejó completamente impactado. Ahora debía pensar cómo decírselo a su hermana... aunque quizás en ese momento ni quisiera saber nada de chicos.

—Mierda —susurró el de gafas.

Ran, quien se había despertado temprano solo porque tenía sed, vio a su hermano preocupado y lo cuestionó, pero Rindou no encontraba la forma de explicárselo.

—Creo que ese chico... Shini, el que te dejó plantada... está muerto —dijo Rindou, tratando de mantener la calma.

Ran se quedó en silencio por unos segundos, procesando lo que su hermano había dicho, hasta que comprendió por qué Ume no había querido salir el día anterior. Ambos se miraron, sin saber cómo decirle a su hermana la terrible noticia.

—Apaga eso, ella no debe verlo —dijo Ran, tomando el control remoto y apagando la televisión—. No dejes que sepa.

—¿Estás loco? Debe saberlo —replicó Rindou, frunciendo el ceño.

—Lo sé, pero eso le afectará demasiado.

—Pero debe saberlo, Ran, o pensará que solo nos dejó plantados.

—Sí, lo sé, pero ella... no creo que sea conveniente para su salud.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Rindou, confuso.

—Yo... entré a su habitación buscando esos exámenes, y creo entender ahora por qué no quiso decirnos —dijo Ran con voz baja, cargada de preocupación.

—Ran, ¿por qué? Ella nos lo diría en su momento —intervino Rindou, intentando calmarlo.

—Sí, lo sé. Estuve mal al hacerlo, pero estaba preocupado. Está más pálida de lo normal, apenas tiene apetito y duerme casi el doble que yo. Tenía que saber qué estaba pasando —expresó Ran, con tristeza y preocupación—. No quiso decirnos porque no encontraba cómo hacerlo. Ella se preocupa tanto por ti... ambos lo hacemos, Rin, pero eres el menor. Somos los mayores, y lo único que queremos es lo mejor para ti... y evitar que sufras.

Rin estaba tan confundido con lo que su hermano decía. Tenía razón: él era el menor, pero quería saber qué estaba pasando, quería saber si podría ayudar a su hermana. Mientras tanto, Ran se dejó caer en el sofá, totalmente consternado. Sabía cosas... cosas que lastimarían a su hermano, y eso era lo que Ume menos quería.

—¿Recuerdas...? —dijo Ran, con la voz entrecortada—. Lo mucho que Ume bajó de peso de niños, y lo delgada que siempre ha sido.

—Sí —respondió Rin, con voz temblorosa.

—Y cuando conseguía un poco de comida, siempre nos daba todo a nosotros.

—Sí —repitió Rin, bajando la mirada.

—Durante esos años, ella desarrolló anemia, la cual no... no cuidó, y ahora ella... ella... —la voz de Ran se quebró, incapaz de continuar.

—Por favor... dime que es mentira —suplicó Rin—. Ella no puede...

Tras un silencio, una voz suave se escuchó. Sus hermanos voltearon a ver a Ume, quien había estado escuchando todo desde el principio. Con paso delicado, se acercó a Rin y lo abrazó.

—Rin —dijo la rubia—. No sabía cómo decírtelo realmente... no... no...

Rindou permaneció inmóvil ante aquel abrazo, deseando que todo fuera un mal sueño o una broma cruel. Pero la realidad era inevitable: todo era cierto, y podrían perder a su hermana.

—H... hay cura —dijo Rin, tratando de engañarse a sí mismo—. ¡Debe haber cura!

Ume abrazaba con más fuerza a su hermano, tratando de consolarlo, de que Rin no pensara en lo que era obvio que sucedería. Ran solo podía observar a su hermana abrazando a su hermano, mientras en su cabeza buscaba desesperadamente una forma de salvarla, de curarla, de encontrar un milagro. Pero, ¿por qué pedir un milagro ahora? Habían nacido en un infierno, habían pasado un infierno, y ahora... seguían viviendo el mismo infierno.

¿Era justo?

¿Por qué, siendo apenas unos niños, tuvieron que pasar por un infierno?

¿Por qué tuvieron que tener unos padres tan crueles?

¿Por qué perder lo único que ambos tenían y que les daba luz en su vida?

A pesar de haber vivido en la oscuridad, ella seguía siendo un sol que brillaba para ellos... y solamente para ellos.

Porque Dios quería arrebatárselos de esa manera. Porque, ¿por qué... por qué... por qué...? —se repetía Ran una y otra vez—. ¿Por qué Dios les quería quitar lo único bueno que habían tenido en toda su vida?


















Ran siempre recordaba cómo Ume peinaba con cuidado su cabello, desenredando cada hebra con delicadeza para no lastimarlo

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Ran siempre recordaba cómo Ume peinaba con cuidado su cabello, desenredando cada hebra con delicadeza para no lastimarlo. Al terminar, aplicaba una crema para hidratarlo y luego le hacía un peinado que siempre dejaba a su hermano impecable.

Rindou, por su parte, aprendió a trenzar el cabello porque le gustaba hacerlo con el de su hermana. Ran también lo intentaba, aunque no le salía tan bien. A Ume le encantaba ver cómo sus hermanos trenzaban su cabello.

Siempre que Rindou iba a salir, Ume peinaba a Rin para que luciera siempre muy guapo, diciéndoles a ambos lo lindos que eran. Y ellos amaban escuchar esas palabras de su hermana, llenándolos de orgullo y ternura.


ℬ𝑜𝓇𝓃 𝒾𝓃 𝓉𝒽𝑒 𝒸𝑜𝓁𝒹 𝑜𝒻 𝓌𝒾𝓃𝓉𝑒𝓇Donde viven las historias. Descúbrelo ahora