¿Cuál fue el delito de los haitani?, conocías este pasado de ellos
Una venganza que fue castigada injustamente
La autoridad solo aparece cuando le conviene y culpa a quien solo se defiende
La historia de los haitani está marcada por una serie de eve...
La inocencia de un niño es lo más valioso que existe: creer que la luna nos persigue mientras caminamos, que las nubes están hechas de algodón de azúcar, o que al plantar una semilla crecerá una planta que llegará al cielo. Esa es la pureza de la niñez. Cuando una madre protege a sus hijos incluso a riesgo de su propia vida, eso es amor verdadero. Pero el mundo suele ser cruel con esa inocencia, y lamentablemente Ume estaba a punto de perderla.
La chica estaba aterrada. Un hombre, vestido únicamente con su pantalón, la había llevado a una habitación de la casa. No había mucho allí, solo un colchón que parecía recién colocado.
—Vaya... es mucho más linda de lo que esperaba —dijo el hombre, con una voz fría y amenazante.
—M...mamá... —balbuceó Ume, mirando a su madre con desesperación.
—Tu padre y yo perdimos una apuesta... sirve de algo, ¿quieres? —dijo la mujer, con frialdad absoluta—.
—N...no quiero, mamá, por favor... no me hagas esto —sollozó Ume, mientras las lágrimas rodaban por su rostro—.
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La mujer se acercó a Ume y la abofeteó, provocando que sangrara ligeramente la nariz. La pequeña comenzó a llorar, temerosa de lo que vendría. Antes de que pudiera reaccionar más, fue empujada hacia el hombre que estaba en la habitación. Ambos adultos salieron del lugar, dejándola sola con él. Él simplemente encendió un cigarrillo y bebió tranquilamente, mostrando indiferencia hacia el miedo de la niña.
Los gritos de Ume resonaban en la habitación, pero los adultos los ignoraban. Ume, sola y aterrorizada, sentía que nadie vendría a ayudarla. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras buscaba alguna forma de escapar.
En ese momento, desde el lugar donde sus hermanos menores estaban escondidos, escucharon los gritos de Ume.
—¡¡¡UME!!! —gritó Ran, desesperado, golpeando la puerta para que lo escuchara—.
—¡¡¡HERMANA!!! —Gritó Rindou con igual desesperación, intentando llamar su atención—.
Ume respiró hondo, sabiendo que sus hermanos estaban tratando de ayudarla. A pesar del miedo, sintió una chispa de fuerza en su interior: no estaba sola. Juntos podrían encontrar la manera de escapar de aquel hombre y de la violencia que los rodeaba.
La mujer, cansada de los gritos de sus hijos, los ignoraba por completo. Pero el hombre, molesto porque no podía beber en paz, se levantó, acercándose a ellos con pasos pesados. Ran escuchó los pasos y, con rapidez, buscó en el armario un cuchillo que había guardado desde hacía tiempo. Sabía que era el momento de enfrentarlo.
—¡ENTONCES VEN AQUÍ Y CALLA, BASTARDO! —gritó Ran, lleno de rabia.
Rindou, con un par de lápices en las manos, esperó agazapado en el suelo. Cuando el hombre dio un paso hacia ellos, Rindou reaccionó, golpeando y deteniendo al intruso lo suficiente para que Ran pudiera abalanzarse sobre él. Ran atacó con toda la fuerza de su frustración y dolor acumulado, demostrando el odio que sentía por aquel hombre que siempre había permitido que su madre maltratara a su hermana.
El hombre cayó al suelo, incapaz de continuar su avance. La madre, al ver la escena, intentó intervenir, pero Rindou se interpuso, bloqueando su camino. Los dos hermanos, unidos y determinados, mantenían la defensa hasta asegurarse de que no pudieran lastimarlos más. La mujer retrocedió, observando con miedo y asombro el rostro decidido y furioso de sus hijos, mientras comprendía que habían dejado de ser los pequeños indefensos que alguna vez pudo controlar.
Ran y Rindou respiraban con fuerza, temblando por la adrenalina y la tensión.
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El hombre salió de la habitación, confiado y sin sospechar lo que le esperaba. La sala estaba a oscuras, y al encender una de las luces se encontró con Ran y Rindou, escondidos y preparados. Ran sostenía un arma que había encontrado; su mirada estaba llena de determinación y rabia.
—¿Qué haréis con eso, pequeñines? —se burló, confiado—.
Pero los hermanos no dudaron. Rindou se lanzó primero, bloqueando su avance, mientras Ran aprovechaba la distracción para enfrentarlo. Con movimientos rápidos y decididos, lograron derribarlo y mantenerlo controlado, evitando que pudiera escapar o lastimar a alguien más.
Al mismo tiempo, sus ojos se encontraron con Ume, que temblaba en la habitación, todavía asustada pero viva. Ver a su hermana en ese estado llenó a Ran y Rindou de un impulso feroz: no dejarían que nada ni nadie volviera a hacerle daño.
—¡No volverás a lastimarla! —gritó Ran, mientras ambos hermanos trabajaban juntos para inmovilizar al hombre—.
La tensión en la habitación era palpable. Cada movimiento estaba cargado de miedo, pero también de coraje. Los dos hermanos, unidos, demostraban que, aunque pequeños, podían enfrentarse a cualquier amenaza para protegerse mutuamente.
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—Dos menores de edad han sido arrestados por un triple homicidio, mientras que una menor de edad ha sido trasladada a urgencias con heridas graves —informaba una reportera a través de la televisión, con voz solemne y preocupada—.
La noticia llenó la sala de tensión. Los hechos habían sido violentos, pero lo más impactante era que los protagonistas eran niños. Nadie podía imaginar cómo habían llegado a tal extremo para protegerse a sí mismos y a su hermana.
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