Capítulo 14: Brujería

104 6 3
                                    

Ya eran las diez en punto del primero de agosto, y terminaron de desayunar. Mirabel por supuesto volvió a consultar acerca de lo que le dijeron, recibiendo como respuesta un: "Se paciente". Esto la desanimó un poco, quería saber cómo es que funcionaba lo del don, pero bueno, su ansiedad no le impidió seguir con su vida. Decidió que saldría a dar un paseo con Alejandra, ya sea para comprar o no, como sea, mantendría la distancia con Pepa. Ella por su parte estaba tomando sol en la alberca junto a Laura, siendo atendida por los sirvientes de la casa.

-¿Gusta un poco más de jugo Señora Pepa? -una joven le preguntó.

-Por favor, está muy bueno -le alcanzo su vaso.

-¿Y usted Doña Laura? -respondió extendiendo su vaso hacia el muchacho con la jarra de piña colada. Lucía un outfit tan veraniego como oscuro: un traje de baño negro, una falda morada con flores blancas y un sobrero de playa también negro.

-Patrona -Joaquin llegó con un celular en la mano-. Una de sus pacientes la llama, es una urgencia.

-¿Una urgencia? -le dio el aparato-. Diga -siguió escuchando-. Ah sí, Martina -su voz era aguda, dulce, pero fingida-. Iré enseguida, no se preocupe -cortó, poniéndose de pie-. Pepa, vendrás conmigo.

-¿Pero creí que no podía salir? -Laura no dijo nada más.

-Permítame darle una mano -Joaquin le tendió una mano, y ambos fueron a la habitación en la que Pepa se quedaba-. Ha de usar un bolso para llevar sus pertenencias -abrió el closet, sacando así una cartera negra-. Usará esta billetera para sus documentos -le mostró una de color dorado, la cual puso en el mesón al igual que la cartera-. Aquí están sus identificaciones y tarjetas de crédito. Si desea comprar algo use la que estime conveniente, y digitalice el año de su nacimiento.

-Amm, no sé si estoy entendiendo -aclaró.

-Yo estaré a su lado todo el tiempo para echarle una mano -ya con todo listo, se volteó a mirarla-. Vamos a la camioneta, la Patrona ha de estar esperando -caminaron así sin más al garaje, subiendo a un vehículo mucho más ostentoso que el que llevaron al Encanto. Había un conductor esperando junto a Laura, Joaquin se sentó en el puesto del copiloto mientras que Pepa se instaló a sus espaldas.

-¿A dónde vamos? -preguntó el conductor a Laura.

-Al hospital, y que sea rápido -no tuvieron que repetirle la instrucción dos veces-. Las niñas fueron al centro por un rato -se dirigió a Pepa-. Las escoltan seis hombres, tres para cada una.

-¿Para qué necesitarían escoltas? -aún era muy ingenua.

-La gente aquí afuera no es la misma que la del Encanto, querida. No existe tal cosa como la paz -comenzó a hablar Laura-. La mayoría crece en situaciones precarias, rodeados de violencia y desesperación. En la mayoría de los casos, aquellos que están en la cima son personas corruptas, como Doña Beatriz en su momento. También hay algunos que nacen en cuna de oro, y otros pocos, que ascienden gracias a su esfuerzo -Pepa miró a través de la ventana, las casas de aquel barrio.

-¿Y cómo fue que ustedes llegaron aquí? -la pelinegra encendió un cigarro, abriendo la ventana para que el humo no afectara tanto a su compañera.

-La suma que Don Víctor dejó de herencia fue suficiente para poder asentarnos en Miami -aspiró un poco del humo, reteniéndolo unos segundos antes de expulsarlo-, también nos sirvió para que tanto Andrés como yo estudiásemos en la Universidad.

-Entonces Don Víctor debió tener bastante, digo, para que pudiesen comprar esa casa -pensó.

-Te equivocas, empezamos viviendo en un apartamento en tanto encontrábamos la estabilidad -explicó-. Luego, cuando terminamos nuestros estudios y empezamos a trabajar, combinamos todo para obtener lo que ahora llamamos hogar -suspiró-. Él mismo diseñó todo, yo ayudé también, y la satisfacción de ver la casa terminada fue...maravillosa.

Sombras de LunaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora