Capítulo 4

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Domingo, 12 de marzo, 18:30 horas.

Jungkook se refugió de la fría tarde lluviosa entrando en el cálido lavadero de casa de sus padres. Sintió un escalofrío a la vez que le llegaba el aroma de algún plato delicioso. Olía al estofado que su madre hacía los domingos para cenar y.... volvió a olfatear con gusto. A pastel.

«Ojalá sea de cerezas», pensó mientras se despojaba del abrigo empapado. Tomó de una cesta una toalla deslucida y se secó enérgicamente la cabeza antes de entrar en la cocina, donde su madre se encontraba enfrente del fregadero cargando el lavavajillas. A juzgar por la pila de platos la casa debía de estar llena de gente, pensó Jungkook con melancolía; le gustaría haber estado allí. Hacía mucho tiempo que no se reunía la familia al completo un domingo por la tarde. Todos andaban muy ocupados.

Jeon Ye Jin levantó la cabeza, y, por algún motivo, la sonrisa que iluminó su mirada despertó en Jungkook una profunda emoción. La imagen de Min Hyo Rin muerta sobre la acera acudió a su mente junto con la voz de Park. «No tiene parientes cercanos», había dicho. No tenía una madre que le sonriera al llegar a casa. Solo la acompañaba el monstruoso recuerdo de un padre que abusaba de ella. En lo siguiente que pensó fue en el infanticidio en el que estaba trabajando antes de recibir la llamada sobre el caso de Min. Un niño de seis años había sido asesinado por su propio padre. Después de que Park y su abogada se marcharan, Jungkook había ido a ver a la madre del chico. La mujer sabía dónde se escondía el animal del padre pero, a diferencia de lo que había hecho con su hijo, lo protegía.

Si se esforzaba por comprenderlo, tenía la impresión de que se volvería loco, así que centró su atención en la cálida acogida que le dispensaba la voz de su madre.

—¡Jungkook! Me preguntaba cuándo te dejarías caer por aquí.

Jungkook la besó en la mejilla.

—Hola, mamá. ¿Ha quedado algo de comida?

Ella lo miró de arriba abajo, escrutándolo con detalle. A Jungkook aquel gesto le resultaba familiar; lo miraba del mismo modo que solía hacer con su padre todos los días cuando este regresaba a casa tras haberse pasado la jornada patrullando por la calle. Después de toda una vida al servicio del Departamento de Policía de Busan, ahora Jeon Hyung Won disfrutaba de su jubilación. La mujer se secó las manos y acarició la mejilla de Jungkook, mirándolo con ojos comprensivos. No haría preguntas a menos que él le diera pie. Era una de las cosas que más apreciaba de ella; una de las cosas que no había encontrado en ninguna otra persona, y sabía Dios que lo había intentado. Suponía que ese era el motivo por el que a sus veintinueve años seguía soltero.

—En la nevera hay un plato con las sobras. El pastel aún se está enfriando. —Arqueó una ceja—. Llegas a punto, como siempre.

Él consiguió esbozar una sonrisa cansina.

—Estupendo.

—Estás chorreando, chico. Vas a pillar una pulmonía.

Jungkook abrió la nevera.

—Es que está lloviendo, mamá, y por la capota del Camaro ha empezado a entrar agua cuando ya estaba de camino hacia casa.

Ella exhaló un suspiro.

—No servirá de nada que insista en que te compres un coche en condiciones.

Él se limitó a sonreír y se sentó ante la gran mesa de la cocina.

—El Camaro tiene doscientos noventa caballos.

La mujer, habituada a su respuesta, alzó los ojos en señal de exasperación.

No puedes huir de miDonde viven las historias. Descúbrelo ahora