Capítulo 1

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Domingo, 12 de marzo, 00:30 horas.

Un suicidio solía atraer a más gente, incluso en un barrio tan caro como aquel, pensó el detective Jeon Jungkook con gravedad mientras cerraba de golpe la puerta del coche y se estremecía ante el frío y penetrante viento procedente del lago. Pero cualquiera con un poco de sentido común se mantendría a buen recaudo en una noche así. Jungkook, en cambio, no podía permitírselo. Había tenido un aviso y a su compañero y a él les tocaba acudir. Todo por un jodido suicidio.

Aquello lo distraía del infanticidio en el que llevaba trabajando dos días enteros. Detestaba los infanticidios, pero aún detestaba más los suicidios. Solo esperaba poder quitarse de encima el caso cuanto antes y centrarse en investigar quién le había partido el cuello a un niño de seis años como si de una rama seca se tratara.

La multitud que presenciaba la escena pegada al bordillo estaba formada por veinteañeros con pinta de regresar a casa después de haber salido de noche. Guardaban silencio y mantenían los ojos pegados al escenario con una morbosa mezcla de horror, fascinación y compasión. Jungkook comprendía el horror. Ningún cadáver resultaba agradable a la vista, y una caída desde un vigésimo segundo piso superaba la atrocidad habitual. En cuanto a la compasión... Jungkook reservaba la suya para las verdaderas víctimas. Era obvio que quienes decían que un suicidio era un crimen sin víctimas no habían tenido que comunicar nunca la muerte a los familiares.

Él sí.

Ojalá aquellos fisgones morbosos cayeran en la cuenta, tal vez así la escena dejaría de parecerles tan fascinante. Aunque por lo menos se comportaban bien y permanecían calladitos detrás de la cinta amarilla que los primeros agentes en llegar al lugar de los hechos habían atado a dos farolas. De vez en cuando, alguien daba patadas en el suelo para calentarse los pies y el extraño silencio se rompía. Un agente se apostaba junto a la cinta amarilla por el lado de la calzada y otro, por el de la acera, de espaldas al cadáver.

Jungkook se aproximó con la placa en la mano. Después de cuatro meses aún se sentía extraño al acercarse a los policías de uniforme vestido de civil.

—Jeon, de homicidios —dijo con concisión, y se detuvo en seco, primero al notar el hedor y luego al ver el panorama. Después de trabajar doce años en ese campo habría jurado que estaba curado de espanto, pero el estómago se le revolvió—. Santo Dios.

El policía de uniforme asintió con la mandíbula tensa.

—Eso mismo hemos dicho nosotros.

Jungkook desplazó rápidamente la vista por la hilera de balcones idénticos y luego volvió a bajarla hasta el hierro que atravesaba lo que había sido el pecho de una mujer, el pecho que había quedado abierto en canal y dejaba al descubierto los huesos hechos añicos y.... las entrañas. Clavó en ella la mirada solo un momento, recordando la vez anterior que había presenciado una escena semejante. Hizo de tripas corazón; la situación presente no tenía nada que ver con aquella. La otra víctima era inocente, en cambio la mujer que allí yacía... había perecido por voluntad propia. «Nada de compasión», se dijo.

Aquella mujer se había arrojado desde un vigésimo segundo piso... y había caído sobre una decorativa valla de hierro forjado. La valla no tenía más de treinta centímetros de altura y consistía en una hilera de «úes» invertidas entre las que de vez en cuando sobresalía un hierro más largo acabado en punta. El impacto la había partido literalmente por la mitad y un surtidor de sangre había teñido el sucio montículo de nieve que se encontraba a casi un metro de distancia.

—Ha dado en el clavo —masculló.

El policía de uniforme se estremeció.

—Nunca mejor dicho.

No puedes huir de miDonde viven las historias. Descúbrelo ahora