CAPITULO UNO - MI PRIMER BAILE

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—Sabes... si tú fueras pan y yo un quesito, juntos seríamos un panquesito. ¿Entendiste? Pan-quesito. Jajaja, está bueno, ¿verdad? — le digo a Amelia mientras esquivamos los charcos de la acera camino a la academia.

Amelia se detiene en seco, me mira de reojo y deja escapar un suspiro largo, de esos que expresan una paciencia infinita.

—No sé qué voy a hacer contigo, Dylan — dice, frotándose las sienes — De verdad que no tienes remedio.

Me río con ganas. Amelia es como la hermana que nunca tuve; siempre ha estado para mí, sin importar las circunstancias. Nos conocimos en la academia de baile hace años. Desde el primer día, cuando yo era solo un pequeño lleno de dudas y torpeza, ella se plantó a mi lado y nunca me dejó solo.

—Pero... ¿no me vas a decir que estuvo bueno? — insisto, dándole un codazo amistoso.

—No, Dylan. No lo estuvo. Fue terrible.

—Tan simpática como siempre — le respondo, imitando su tono serio, aunque sé perfectamente que por dentro se está aguantando la risa.

Cuando cruzamos las puertas de la academia, la atmósfera habitual de calma se desvaneció por completo. Lo primero que nos golpeó fue un muro de voces, risas y una aglomeración inmensa de gente en el salón principal. El espacio estaba a reventar. Me quedé helado en la entrada, impactado, tratando de descifrar qué demonios estaba sucediendo. No era un día de presentaciones.

—¿Qué está pasando aquí? — murmuró Amelia, reflejando en sus ojos la misma confusión que yo sentía.

—No sé, tú dime... ¡Mira, allá está Alex! — exclamé, divisando su cabellera entre la multitud — Ven, vamos a preguntarle.

—¡Aleeex! — gritamos los dos al unísono, alzando la voz por encima del bullicio general.

Nos costó varios intentos y unos cuantos saltos lograr que nos prestara atención entre tanto caos, pero al final nuestras voces atravesaron el aire. Alex giró la cabeza, sus ojos se iluminaron al vernos y comenzó a abrirse paso hacia nosotros con una sonrisa gigantesca, desbordando entusiasmo.

—¡Chicos! Hasta que por fin llegan. Por un momento pensé que no venían — dijo, dándonos un rápido saludo con las manos.

—Sí, bueno... por un momento estuvimos a punto de no venir porque alguien se tomó tres vidas enteras arreglándose frente al espejo — solté, mirando de reojo y con total discreción a Amelia.

Ella, por supuesto, captó la indirecta al instante y me volteó los ojos con dramatismo.

—¿Sabes lo que es tener que soportar los chistes malos de Dylan durante todo el camino? — se defendió, fingiéndose indignada

—Sí, te entiendo perfectamente. Te compadezco — secundó Alex, riéndose.

Los miré a los dos fingiendo desprecio, aunque por dentro una calidez me llenó el pecho. A Alex lo conocía, al igual que a Amelia, desde que éramos unos niños. Nos convertimos en un trío inseparable; compartíamos entrenamientos, salidas, fracasos y victorias. Y lo más importante. Desde la dolorosa muerte de mi padre, ninguno de los dos me había soltado la mano. Habían sido mi roca en cada momento oscuro.

—Ya, dejen el complot contra mí — los interrumpí, cruzándome de brazos — ¿Nos vas a decir qué pasa? ¿Por qué está el salón como si fuera un concierto? ¿Y por qué tienes esa sonrisa de punta a punta?

—Lo que está sucediendo, mis queridos amigos, es un evento sorpresa que la directiva de la academia nos tenía guardado — reveló Alex, ensanchando aún más su sonrisa — Y estoy feliz porque es un torneo de formato improvisado. O sea, directo al grano. Es para mostrar nuestros talentos aquí y ahora, frente a todas estas personas que vinieron de invitadas.

El amor de Dylan #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora