CAPITULO OCHO

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Llegué a mi casa muy cansado. Alex y yo estuvimos entrenando demasiado. Ya son las 8:00 pm. Mi madre me acaba de enviar un mensaje para que vaya al hospital a ayudarla y también me dice que le lleve cena. Mientras termino de contestarle, voy directo al baño para relajarme e irme fresco al hospital.

Me terminé de bañar y de arreglar. Termino de hacer la cena, la guardo, busco unas cosas que me voy a llevar y salgo directo al auto para irme. En el camino pongo música para animarme un poco; puse la radio para ver qué canciones estaban sonando. A veces la pongo porque de vez en cuando me gusta escuchar otras canciones y no tanto las que ya tengo en el teléfono. Comenzó a sonar una canción que al parecer es cristiana; me gusta cómo suena, tiene un ritmo genial, es animada y también es dembow.

Parece que la voy a escuchar seguido. Después, si me acuerdo, la busco y la descargo. Me gustó mucho, así que la empecé a cantar por el camino; después empezó otra y también la dejé, hasta que llegué al hospital. No sé por qué cuando uno sale con música el camino se le hace más corto.

Entro al hospital buscando a mi madre. Le pregunto a una enfermera para ver dónde está y me dice que está en su consultorio. Voy directo al ascensor y marco el piso número cuatro. Salgo y comienzo a caminar hacia el consultorio de mi madre. Cuando llego, entro sin avisar y veo que está con una paciente.

—Buenas noches, madre. Permiso, y disculpen si interrumpí algo. No pensé que estabas atendiendo.

—Tranquilo, Dylan, está bien. Déjame la comida en el estante, en la parte derecha. Termino de atender y te llamo para que vengas; si quieres, espérame en la sala de descanso o te vas a pasear por los pasillos como siempre.

—Sí, está bien, madre. Te espero.

Salí del consultorio y comencé a caminar por los pasillos. Siempre que vengo y mi madre está ocupada voy por los pasillos a ver qué me encuentro, o me pongo en la sala de descanso con otros doctores y enfermeros a charlar.

Decidí irme a la sala de descanso para ponerme a escuchar los cuentos y anécdotas de cada uno de los doctores y de algunos enfermeros. A las doctoras y enfermeras muy poco las veo por estos lados, más que todo siempre las veo corriendo de aquí para allá. Igualmente, que, a los doctores, claro. Antes de seguir, me quedé mirando a una niña muy linda; debe de tener como unos 10 años. En sus brazos tiene un peluche de conejito y lo está abrazando, pero la niña al parecer tiene cáncer.

—Hola, Dylan.

—Hola, doctor, ¿cómo está?

—Muy bien, hijo, ¿y usted?

—Muy bien, gracias. Doctor, ¿puedo preguntarle algo sobre ella?

—Claro, Dylan. Dime.

—¿Qué es lo que tiene? — le digo mientras la observamos por la ventana de cristal.

—Bueno, Dylan. Ella tiene cáncer, etapa tres.

—Wow — cuando escuché que ya estaba en etapa tres — Pero... ella está mejorando... ¿no?

—Dylan — me pone su mano en mi hombro — Se está expandiendo demasiado rápido. Hacemos lo que podemos, lo estamos controlando.

—¿Puedo hablar con ella?

—Ven conmigo.

Entramos al cuarto donde la tenían. Vi cómo la niña se me quedó mirando, me dio mucha ternura. Después de mirarme, volvió a ver el televisor; estaba viendo los Backyardigans. Me acuerdo cuando veía esa comiquita, me encantaba. El que me agradaba más era Pablo, jaja; los demás son muy buenos, pero me caía muy bien Pablo.

—Hola, Hasly, ¿cómo te sientes?

—Hola, doctor. Estoy mejor después de los tratamientos.

—Sabes que ya es hora de dormir, ¿cierto?

El amor de Dylan #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora