PRÓLOGO

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Pensar que llegaría tan lejos en esta vida es algo que todavía me cuesta asimilar. Hoy, al mirar atrás, me invade una profunda felicidad; puedo sentir el peso y el valor de cada paso que di en este camino. Sin embargo, sé muy bien que el trayecto no fue una línea recta ni mucho menos fácil. Hubo noches oscuras, momentos de quiebre en los que la mente me jugaba en contra y sentía que simplemente ya no podía con mi vida. La carga se sentía demasiado pesada.

Pero la vida también te sorprende. En medio de la tormenta, el destino me cruzó con una chica increíble que cambió mi perspectiva. Encontré un refugio en el arte, participando en varios eventos de baile donde la música me permitía liberar lo que las palabras no alcanzaban a decir. Y, por supuesto, está la cancha. Estar en la academia de baloncesto se convirtió en mi santuario, el lugar donde entreno el cuerpo, libero la mente y demuestro de qué estoy hecho.

Quizás el rival más difícil al que me he enfrentado no ha sido nadie en la pista, sino el propio dolor de la pérdida. Superar la muerte de mi padre ha sido el proceso más duro de mi existencia. Hoy, después de tantas lágrimas y batallas internas, he logrado transformar ese vacío en agradecimiento; ahora elijo mantener solo los recuerdos bonitos en mi memoria, como un tesoro que me impulsa. ¿Que si lo extraño? Dios, ¡claro que sí! Todos los días. Pero he tenido que aprender a vivir con esa ausencia, a aceptar que ya no tengo esa figura paterna a mi lado guiando mis pasos, y a convertirme yo mismo en el hombre que él se habría sentido orgulloso de ver.

Ahora me siento fantástico conmigo mismo. Es una sensación liberadora poder sanar, mirar mis cicatrices y tener la certeza de que soy completamente yo mismo, sin máscaras. Con el pasar del tiempo y los golpes, entendí que cada milisegundo de este proceso valía la pena. No me senté a esperar a que las cosas cambiaran; me esforcé al máximo, sudé la camiseta y luché con el alma para conseguir todo lo que he logrado hasta hoy.

Las palabras de mi madre siempre han sido mi brújula. Ella me repetía incansablemente que persiguiera mis sueños y que luchara por ellos. Me enseñó el verdadero significado de la disciplina, recordándome que debía mantenerla tanto dentro como fuera de la cancha de básquet. "Dylan — me decía — no importa qué tan malo pinte el día a día, sé constante. Cuando sientas que vas a tirar la toalla, detente un segundo y recuerda por qué estás luchando". Esa frase me ha salvado más de una vez.

Hoy en día, mi vida ha encontrado su propio ritmo, una calma que valoro demasiado. Por supuesto, no es perfecta, hay unos que otros bajones, días brillantes y otros que prefiero dejar en el olvido. Ha habido pérdidas que me marcaron y victorias que me levantaron. Pero justo aquí, en este preciso instante donde el pasado y el presente se abrazan, es donde de verdad empieza lo bueno.

Aquí empieza mi historia... 

El amor de Dylan #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora