4. El pasado que regresa

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El rey Friedrich Tomó mi rostro entre sus manos dispuesto a besarme y cuando supe sus intenciones lo giré. No quería besarle, no cuando se trataba de un beso robado. Mis ojos entristecidos se fijaron el piso con un nudo en la garganta y un pesar en mi pecho que fatigado se agitaba queriendo explotar. Necesitaba una salida, una salvación que llegase presurosa.

Entonces, él susurró a mi oído con el placer que le daba tenerme en sus manos, sin embargo, sabía que había sido valiente al negarle un beso frente a su súbditos, porque mis besos no eran una mercancía que podía robar cuando él quisiera. Yo era su prisionera pero me mantendría en pie hasta que mis huesos ya no pudiesen más...

Allí comprendí que yo era mi propia salvación.

― Si no me obedeces, Zenel no será tu hogar feliz, sino tu tumba y contigo te llevarás a tu reino.

En ese instante entró Raffael y todo se detuvo.

Raffael era el tipo de hombre temerario que con su presencia llama la atención de todo el mundo. Demasiado atractivo para ser cierto, y demasiado frío para ser bueno.
Una figura masculina imponente, seria y misteriosa. Su piel blanca, su rostro cansado perfilado, sus ojos azules resplandecientes me vieron unos segundos para luego entrar en acción con su papel de hombre sumiso a su rey. Lo cual solo se trataba de una oscura intención de venganza.

Él se inclinó ante el rey con una reverencia un tanto cuestionable. Los presentes susurraron entre sí, ya que Raffael no había sido anunciado como se hacía con el resto ¿Qué poder especial tenía?

De cualquier manera, seguramente ellos dos tenían tratos secretos. Hablando de secretos, yo sabía uno de Raffael, sin embargo, él había prometido que nos serviría a ambos para un plan a futuro. Confiar en quien fue mi verdugo, no era una opción, sino una obligación cruel que debía tolerar hasta saber la verdad por completo.

― Caín, mi buen amigo, siempre tan leal.

El rey halagó e hizo la seña a uno de sus guardas para darle la recompensa por su trabajo realizado con éxito: llevarme hasta Zenel sana y salva. Un detalle que había olvidado, ante el reino él no era Raffael sino Caín.

― Te encargarás de cuidarla hasta que llegue el día de la boda.

Fui entregada a Raffael para ser escoltada hasta una de las habitaciones y permanecer encerrada por unos días. No sabía exactamente cuántos, lo que era seguro, que mi estancia en Zenel sería una prisión.

― Que no salga de palacio hasta que se convierta en mi reina.

― Como usted ordene majestad.

Raffael se despidió de él, haló de mi brazo para que reverenciase al tirano y salimos de la corte, yo con muchas emociones encontradas. Soldados armados salieron tras de nosotros como precaución. Llegamos a una habitación en los pisos más elevados de palacio, tenía una corona dorada grabada en la puerta.

―Tus nuevos aposentos.

Raffael me obligó a entrar a prisa y ordenó a los guardas que se quedasen fuera. Tuve temor de quedar con él a solas una vez más.

En ese momento, no sabía si era un hombre bueno o un villano, lo que tenía muy presente era que debía ser muy cuidadosa con que decir o hacer, quizás sus palabras se podían tratar de una trampa o una forma de probarme y si ¿era cómplice del rey? ¿Buscaba destruirme? ¿Salvarme?

― Te pondré al día de todo lo que acontece en Zenel y por qué estás aquí.

Asentí. No tenía palabras contundentes más que solo escucharle y tratar de entender sus explicaciones a la telaraña que se había armado en torno a mí.

― Fuera de estos muros hay más reinos, dicen que son millares. Nunca supe si era verdad o un cuento tradicional de Zenel. Hasta que mi padre me relató nuestra historia. Un día Zenel era el octavo reino del tratado que Aspen lidera, nuestra alianza terminó el día que el rey Patrick, tu abuelo, nos expulsó del acuerdo sin razón alguna, apoyado por los otros monarcas, desde ese día mi reino fue olvidado en la historia, excluido de las tradiciones y maldecido como un traidor pero mi padre, el rey Lion, fue quien hizo de Zenel lo que es hoy en día, somos prósperos y ricos, somos grandes y fuertes.

― No tenía idea que Zenel fue parte de nosotros, si mi padre supiese esta historia el sabría cómo enmendar la injusticia.

― No queremos regresar al tratado, solo queremos venganza.

¿Había dicho queremos venganza? No podía permitirlo.

― Estamos hablando de mi reino, soy la heredera de Aspen.

Suspiré levemente. Vi a traves de la ventana, la noche había llegado y con ella una brisa fresca que entraba por medio del cristal semi abierto. Raffael estaba pensativo, su rostro sin expresión intentaba encubrir toda la ira retenida que había en él. Sabía que se estaba conteniendo para no discutir conmigo.

― Por ello estas aquí, el asesino de mi padre quiere convertirte en su esposa para también ser rey de Aspen, regresar al tratado y desde dentro destruir a cada uno de sus reinos.

― ¿El rey Friedrich asesinó a tu padre?

Su mirada se apartó de la mía una vez más. Pero en su rostro ya había una expresión: dolor que luego se convirtió en ira.

― Él asesinó secretamente a mi padre para quedarse con el reino, yo lo vi esa noche entrar a la habitación real como el general importante de nuestro reino que era, a la mañana siguiente mi progenitor yacía muerto. Siendo solo un niño, sospeché de su maldad.

Hizo una pausa para ponerse en pie con sus manos formando puños tensados y una mueca que denotaba el dolor que le producía relatar ese recuerdo cruel para cualquier hijo al perder a su padre.

― El pueblo sabía que el siguiente en la línea de sucesión era yo, así que me enviaron a la escuela de tu reino para aprender a gobernar, con el permiso de tu padre, el rey Vicent, solo que Friedrich no se quedaría de brazos cruzados, mandó a asesinarme y culpar de mi desaparición a tu reino. El plan salió bien, solo que tu reino no fue culpado, sino que se oficializó la noticia que una bestia me había asesinado en camino a Aspen.

Levantó su mentón respirando profundo como si se liberase al saber que la vida le daba una segunda oportunidad y que no la desaprovecharía.

― Desde ese día crecí en el campo con una familia de campesinos que no era de Aspen, tampoco de Zenel, y ahora estoy aquí, como un siervo leal del rey Friedrich que busca recuperar su reino.

― Tú quieres redención y yo quiero salvación.

Él me vio sorprendido por la determinación en mis palabras.

― Tú quieres gobernar lo que por derecho te pertenece y yo quiero retornar a mi hogar, así que de alguna u otra forma nos parecemos en nuestros objetivos.

― Puedo salvarte de palacio, sin embargo no podrás salir del reino. Eso sería imposible.

― Me basta con ganar tiempo.

También me puse de pie ganando energías con esa nueva esperanza que surgía en medio de un escenario fatídico.

― Te ayudaré a escapar antes de la boda.

― Te lo agradezco.

― No me agradezcas todavía, falta la parte más difícil.

En ese momento un hombre desconocido entró a la habitación rompiendo el hilo de sus palabras.

― Así que ese tu plan...

El hombre habló con diversión.

― Liberar a la presa con la que el rey se divertirá, creo que no es la mejor idea que te he conocido, Raffael...

Me vio con rostro tensado y luego echo un vistazo a un sorprendido Raffael.

¿Habíamos sido descubiertos?

¿Quién era ese hombre?

¿Lo había llamado Raffael?

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