No fue nada fácil para mí asimilar el hecho de encontrarme con Ágata y menos en aquel lugar. Pero el simple hecho de pensar en que ella aceptaría acompañarme hasta mi casa, estaba fuera de toda posibilidad. Jamás estuvo en mis planes y aun así se hizo realidad. Necesitaba una explicación, no era verdad todo lo que estaba sucediendo.
Se notaba un poco intranquila estando en casa, miraba hacia todos lados, analizando cada rincón, y lo primero que le llamó la atención al parecer fue el piano. Incluso le vi la intención de ir a tocarlo o verlo de cerca pero al final no sucedió. Se sentó en uno de los sillones, después de haber revisado con suma atención si no había ni una mancha o algo que pudiera arruinarle la ropa. Estaba de un humor insoportable, desde que nos encontramos en el cementerio, parecía que había estado llorando toda la tarde.
—Ten, tómate esto —y le ofrecí una taza de chocolate que se encontraba en la alacena.
Aceptó con desconfianza y dejó el recipiente en la mesa. Me senté en el sillón que estaba a un lado de ella. Le di un pequeño sorbo, lo suficiente para no quemarme y lo dejé al lado del suyo. El ambiente que se respiraba en la casa era muy distinto al que yo me esperé; creí que sería incómodo e intranquilo, pero ese silencio que perduraba una eternidad nos permitía reflexionar, pensar de manera introspectiva.
—¿Qué tal todo en Hamelín? —pregunté al ver que agachó la cabeza.
—No vivo aquí —respondió cortante y tomó del chocolate. Cuando lo hizo, cerró los ojos y una sonrisa se le dibujó en el rostro. Su expresión se relajó y sus labios se tornaron de un rojo intenso, que con su tez blanca y pálida hacía una combinación impresionante.
—¿Está rico? —se me ocurrió preguntarle.
—¿Rico? Kurt, este chocolate es el mejor que he probado en toda mi vida, lo más parecido es la tablilla que mi abuelo me dio por mi cumpleaños. Fue hecho en un lugar de manera artesanal.
En cuanto se detuvo y se me quedó viendo, una sensación en mi cuerpo estalló igual que la pirotecnia. Me quedó un enorme vacío al ver que su gesto de indiferencia volvía a aparecer para arruinar nuestra conversación.
—Lo siento, me emocioné. Está delicioso —finalizó y dio otro trago grande.
—Por mí no hay problema, Ágata —le hice saber y su actitud no cambió en lo absoluto.
—Seré directa y franca. Quiero que me dejes de mandar tantos correos, ya tuviste lo que querías.
Mi frente ce frunció al igual que todos los músculos de mi cuerpo. No sabía nada de lo que estaba hablando. Nunca le mandé emails, tal parece que se había equivocado. Pero la duda quedaba todavía en el ambiente. Y la teoría de que habían suplantado mi identidad cobraba fuerza al paso de los segundos.
—Ágata, ¿de qué hablas? No te he mandado correo desde que me despidieron.
Su piel palideció todavía más hasta el punto de verse grisácea. Sus manos comenzaron a temblar y se le notaba mucha dificultad a la hora de tomar el aire. Esto era malo. Mi mente se bloqueó en el peor momento y lo único que se me ocurrió hacer fue acercarme a ella, tocarle el hombro y eso fue suficiente para hacer que se levantara como si tuviera un resorte en las piernas.
—Me tengo que ir —avisó y al tomar su mochila rasguñó parte de mi brazo.
—Ágata... —intenté detenerla.
Estaba decidida a irse y no escucharme para nada. Tampoco podía detenerla ahí dentro, pero quería que me explicara lo que estaba sucediendo. Ahora me estaba dando un ataque de ansiedad a mí también. Sentí un nudo en el estómago, mis manos se enfriaron a pesar de haber sujetado la taza hirviendo. Solo pude ver cómo mi exalumna se iba de mi casa en pleno temporal y con un peligro latente de que empeorara en el camino. ¿Y si se desmayaba? ¿Sabía cómo regresarse? ¿Y si la asaltaban? Era algo que no me lo perdonaría.
ESTÁS LEYENDO
Alguna vez fuiste tú
RomancePara Ágata Shcüler, escribir siempre ha sido un pasatiempo que le ha ayudado a entenderse a sí misma. De esta manera ha podido superar cosas de su pasado e intentar mejorar como persona, con los que la rodean. Pero no pasará mucho para que llegue un...
