—Te aseguro que no era necesario que vinieras —decía en el asiento al lado de Kurt.
—Tonterías, sabes que siempre me preocuparé porque estés bien.
¿Preocuparse por mí después de lo que hizo? Era imposible de creer, pero no podía hacer mucho. En cuestión de días me saldría de ahí, no estaba en discusión, nada de lo que él pudiera decirme, me convencería de retractarme. Las maletas ya estaban hechas, lo había discutido con Otto y él me apoyó en todo momento, aunque el único inconveniente sería tolerar de nuevo a mi madre.
—¿No se suponía que tienes que estar trabajando? —pregunté de mala manera, casi insinuándole que no me interesaba el haber conducido por mí.
—Me dio el día libre y aproveché para hacer algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—No te puedo decir, si no, no sería sorpresa.
Su misterio innecesario e infantil me causaba un estrés enorme, mucho más del que cargaba desde casa de Franz. Esa contestación mediocre no me convenció ni me tranquilizó, solo empeoró mi curiosidad e hizo que mi mente comenzara a crear escenarios imaginarios y descabellados. El pensamiento de que yo no era su hija crecía con forme pasaban más los minutos. Pero no tenía sentido que Franz me haya registrado como hija suya.
El viaje transcurrió sin problemas; la tarde estaba cayendo en la ciudad, desde el puentecito de piedra se tenía una vista maravillosa, parecía como si el sol hubiese decidido partirse a la mitad y entrar una mitad por el río Wesser y la otra permanecía en el cielo naranja que nos regalaba. Kurt siguió de largo, solo alcancé a tomarle una fotografía que por el movimiento, salió borrosa. Felicidades, Neumann, has deshecho toda posibilidad de que este día tuviera algo lindo después de todo.
Durante el resto del recorrido por las calles, nada tuvo el mismo interés que la puesta de sol. Ni los árboles de Navidad de los parques, que estaban cubiertos de nieve, mucho menos las decoraciones de luces encima de las casas, nada originales desde mi perspectiva. A Kurt parecía que lo enloquecían, sus ojos eran como los de un infante admirando con interés y júbilo todo el festejo de la Navidad. No me sorprendería para nada si me dijera que él seguía creyendo en Santa Claus. Hasta cierto punto, aquello era algo tierno, sin embargo para mí, la realidad era otra.
—Espera, aun no entres —indicó saliendo del coche, dejándome a la espera de una señal.
Noté al abrir la puerta de la casa, algo se encontraba dentro, desde la ventana se podía observar unas sombras gigantes, estaba segura que era algo tan grande que casi rozaba el techo. Mi curiosidad casi me hace salirme del coche sin embargo no lo hice. Por más absurdo que me pareciera, quería saber qué era lo que estaba haciendo.
Volvió al jardín y con una sonrisa se acercó al carro, abriéndome la puerta como si fuera de la realeza.
—Listo, madame, su regalo espera.
No sabía cómo reaccionar, qué decir o si quiera pensar. Me había tomado tan de sorpresa que mi cerebro no lograba procesarlo. ¿Una sorpresa para mí? Pero si él también se molestó conmigo. ¿O no?
Caminé a su lado, como siempre lo había hecho, pero ahora se notaba algo raro en el ambiente, un presentimiento extraño de que algo ocurriría en los próximos minutos, y eso era lo que me ponía nerviosa. No sabía si sería algo bueno o algo malo.
—Tengo una idea —dijo y segundos después me cubrió los ojos con sus manos.
—¡Oye! Me voy a caer.
—Yo seré tus ojos, tranquila. Sigue derecho y no hagas trampa o no habrá sorpresa.
Odiaba cuando se ponía a hacer esto y actuaba infantil. ¿Por qué era tan difícil solo llegar y ver lo que me tenía preparado? Ahora no solo debía luchar contra esa sensación, ahora tenía el miedo de tropezarme y romperme la nariz por su culpa. Si algo así ocurría, Kurt también saldría herido, era aviso.
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Alguna vez fuiste tú
RomancePara Ágata Shcüler, escribir siempre ha sido un pasatiempo que le ha ayudado a entenderse a sí misma. De esta manera ha podido superar cosas de su pasado e intentar mejorar como persona, con los que la rodean. Pero no pasará mucho para que llegue un...
