El aire frío y puro por fin volvía a ingresar a mis pulmones después de tantos meses de estar en esa gran urbe. Extrañaba demasiado todas esas casas de estilo rústico, en compañía de las calles empedradas, típicas del medievo y por supuesto, no podían faltar las iglesias góticas realzaban la belleza arquitectónica de Hamelín. No se equivocaron los hermanos Grimm al inspirarse de este lugar para su famoso cuento del flautista.
Aunque ahora todo sería diferente tras la pérdida de mi madre. Ella era la única persona que me recibía con su característico beso en la mejilla, su abrazo interminable y con lágrimas que se secaba con su delantal rosado. Siempre pensaba que cuando ella se fuera, yo sería el hombre más infeliz del mundo. No me equivoqué.
Al ver el jardín sin ninguna planta, ni una flor, tan siquiera el pasto sintético que se le ponía a los jardines, fue tan difícil para mí aceptarlo, que sin pensarlo o reprimirlo, me encontré llorando en el pórtico de mi casa, con la maleta en la mano y con la misma sensación que tuve en el corazón antes de verla por última vez. No me di cuenta de lo mucho que la extrañaba, hasta que llegué al lugar donde inició todo.
Recuerdo haber puesto mi abrigo en el perchero al lado de la puerta, mientras mis ojos se daban el lujo de observar cada uno de los distintos detalles que yacían en aquel lugar. Para empezar, el tapiz guinda se empezaba a despegar de las paredes, pero el lugar en donde estaba más deteriorado era la cocina. Tantos recuerdos que pasé ahí. Sentí un bombardeo sin cesar de sensaciones, emociones y sentimientos que no hicieron más que complicar la crisis en la que estaba.
Ya era difícil estar en este lugar, con la soledad y el vacío que mi madre había dejado tras su despedida. La luz que desde niño me dio la confianza y la seguridad para salir adelante, se apagó para siempre, hundiéndome en una oscura y macabra oscuridad de la cual solía recaer cada vez que algo me la recordaba. Aunque haya pasado meses enteros en terapia, mi psicóloga me dijo que en mí se encontraba la responsabilidad de recordarla con amor y cariño o con dolor y angustia. En ese tiempo no le había entendido, sin embargo ahora veo cuánta razón tenía. Por más que ella quisiera ayudarme a sanar, si mi mentalidad no cambiaba, no podía ayudarme. El trabajo de olvidar o retener a alguien por más dolor y sufrimiento que nos cause, lo hacemos nosotros, nadie más.
A pesar del frío y de la neblina, al ingresar a mi hogar, el ambiente era cálido, mis mejillas se tornaron rojizas y mis manos dejaron de verse azuladas para ponerse amarillentas y pronto recuperar su color rosado. Era como si aquel lugar tuviera una magia que no podía ver ni explicar, pero lograba acogerme como muy pocas veces me había sentido. Dejé que ese torrente de recuerdos se vaciara sin tener que cortarlo. Al poco tiempo, mis lágrimas cesaron, pude ver con normalidad de nuevo y al final logré tomar las fuerzas necesarias para caminar y sentarme en aquel banquito, diminuto pero elegante, de color negro y cubierto de piel. Frente a un piano de cola color caoba, con el que aprendí a tocar desde que tenía cinco años. Fue uno de los pocos obsequios que recordaba de mi padre, antes de abandonarnos.
Mis manos se alistaron para empezar, aunque era obvio que las limitaciones serían grandes por la cantidad de octavas que contenía el instrumento; tres octavas, para ser exactos. Justo cuando cerré mis ojos y estaba a punto de comenzar, una vibración en mi pantalón me distrajo y me privó de continuar.
—¿Qué pasó? —indagué al ver de quién se trataba.
—¿Ya llegaste a Hamelín? —dijo Spencer.
—Justo acabo de llegar. ¿Quieres que vaya a las oficinas?
—No, descuida, iré a tu casa. No te muevas de ahí.
—Como si quisiera arriesgarme a que me dé hipotermia.
—Bobo.
Estaba nervioso por lo que pasaría ahora que empezaría esta nueva etapa de mi vida, como editor de una empresa editorial, lector beta o lo que sea que mi amigo me pidiera. A pesar de tener una maestría en literatura, no me sentía preparado para tomar el puesto, sin embargo, no tenía opción, no quería decepcionarlo. Además mi primer trabajo no fue el mejor.
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Alguna vez fuiste tú
RomansaPara Ágata Shcüler, escribir siempre ha sido un pasatiempo que le ha ayudado a entenderse a sí misma. De esta manera ha podido superar cosas de su pasado e intentar mejorar como persona, con los que la rodean. Pero no pasará mucho para que llegue un...
