CAPÍTULO 15

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Mis maletas yacían en el suelo, con todo lo necesario que ocuparía en Emmerthal. Yo quería llevarme todos los muebles y si fuera posible, el edificio entero. Pero otra vez me veía obligada a salir huyendo de un lugar que por unas semanas se convirtió en el único espacio que consideraba seguro. Estaba harta de sentirme así. Mis lágrimas no salían más, por vergüenza a no saber hacer nada más que llorar cuando algo no me salía bien.

Henry también debía desalojar el recinto, aunque mi madre no lo había visto, era por su seguridad. Mi tranquilidad ya era de cristal, así que con él en el departamento, me temía lo peor. Aunque de igual forma, en su casa también pasaría por el mismo trato. Sus padres eran unos imbéciles buenos para nada. El único que lo trató bien fue Antuan.

Divagué por varios minutos, no sé la cantidad con exactitud, pero me di cuenta cuando cobré conciencia y tenía frente a mí la cortina llena de manchas amarillentas y polvo. El motor de una camioneta terminó de despabilarme y solo abrí la puerta, dándole la bienvenida a mi primo.

Me senté en el sillón, todavía con esa sensación extraña en el cuerpo, algo no estaba bien, me sentía intranquila; un presagio tal vez, o mi paranoia entrando en acción. Dejé caer el celular a un lado de mí y cuando escuché paso acercándose, una tenue y áspera voz me hizo girar mi cabeza noventa grados.

-Con cuidado, madre -decía Otto mientras sostenía del hombro a mi tía.

Los ánimos regresaron a mí en el segundo que su cabellera cana se asomó por la puerta del piso. Me acerqué a ayudarle y solo recibí una pequeña sonrisa de su parte. La sentamos en su silla favorita, justo al lado del televisor.

-¿Ya te vas, hija? -y apuntó a mi equipaje.

Observé a Otto, y él se notó muy apenado por lo que estaba sucediendo. Ninguno de los dos se atrevió a contestarle, y no hizo falta, ella se resignó y con sus manos temblorosas se quitó los lentes de sol. Vi sus pupilas dilatadas, unas cuantas lágrimas brotaban de sus ojos. Fue suficiente para desearle la muerte a mi madre en ese preciso instante. Todo esto estaba pasando por ella.

-¿Quién llegó? -bajó Henry y al darse cuenta de la situación, se arrepintió e intentó volverse a subir las escaleras, pero fue demasiado tarde. Mi tía se había percatado de él.

-¿Eres tú, chico? -quiso confirmar. Nunca se aprendió su nombre, o se lo cambiaba cada vez que hablaba de él.

-Aquí estoy señora -y se acercó, agachándose para besarle la frente.

Ellos dos habían formado una relación muy bonita. Sus personalidades encajaban a la perfección. Por un lado él con su falta de amor de una abuela, y ella con ese instinto de bordar sudaderas y cocinar para sus nietos. Se querían mucho, sin embargo la mirada de Evangeline era muy diferente ahora. Se limitó a acariciarle la mejilla y esbozó una ligera sonrisa.

-¿Tus papás también te echaron? -preguntó Otto mirándolo con una ceja levantada.

Mi estómago se revolvió por el simple hecho de pensar que un día ellos se dieran cuenta de lo que estaba pasando con él. Mi familia era la más homofóbica que conocía, por lo que Henry debía tener demasiado cuidado de no divulgar nada que lo comprometiera.

-No soporté más sus reglas y decidí salir. Era eso o vivir en el sótano con la calefacción averiada.

-¿Y ahora en dónde te quedarás? -siguió muy interesado en lo que el rubio contaba.

-Creo que volveré, no pierdo nada con pedirles perdón y comenzar de nuevo.

-Ja, sabía que dirías eso -Otto se mofó y para este punto yo ya me encontraba muy molesta por su comportamiento inmaduro e irritante.

Alguna vez fuiste túHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora