CAPÍTULO 30

28 10 0
                                        

Sabía que ese era el último día de mi vida. Era un milagro que siguiera tanto tiempo consciente, con algo más leve ya me habría desmayado. Me encontraba en lo que parecía ser un calabozo debajo de toda esa mansión. Pero para ser una prisión, estaba comodísimo, incluso tenía aire acondicionado, calefacción, una pequeña televisión y una cama matrimonial.

Nada de esto tenía sentido. ¿Este sujeto loco era el padre de Kurt? ¿Por qué nunca me lo dijo? Ahora que lo pensaba con la cabeza fría y sin tener la presión de sus miradas y sus palabras bonitas, era verdad; nunca me dijo ni una sola palabra de su familia, lo único que sé era que su madre murió. Pero jamás me contó que su padre era uno de los oficiales más poderosos de Alemania. Solo por debajo del canciller. ¿Pero qué era lo que quería exactamente? Porque todo indicaba que nos quería desaparecer.

Esa mañana vomité en el retrete que había en el lugar, mi estómago estaba resintiendo todo el estrés y la preocupación de estar encerrada aquí, sin saber qué me pasaría, si Neumann sobreviviría al accidente o no. ¿Cómo pasó todo esto? Se suponía que esto sería rápido, ir a Berlín, tomar el primer vuelo a Bucarest y empezar mi travesía. Pero todo salió pésimo. Fue un grave error haber aceptado la compañía de este sujeto. Qué tonta fui. Todo me daba indicios de que él solo quería fugarse de la justicia. Nunca hubo una tal prórroga, solo fue una estrategia para involucrarme.

Cuando caí en cuenta que yo siempre fui la carnada de este plan perverso para escapar y evadir a la justicia, me dio un asco enorme. Lo odié, me arrepentí de haber habitado en la misma casa que él. Si lo hubiera tenido enfrente, mis manos habrían quedado cansadas de tanto golpearlo. Reaccioné y lo primero que se me ocurrió fue intentar escapar. Forcejé las rejas, con un fracaso absoluto, por supuesto. Pasaron los minutos y escuché que alguien se acercaba. Fingir que estaba dormida no funcionó en lo absoluto.

—¿Qué tanto haces? —llegó el oficial y golpeó las rejas.

—Quiero largarme de aquí. Suficiente tengo con que tu hijo me haya usado como chivo expiatorio. ¿Por qué me detuvieron?

—Porque como parece que Vladimir está enamorado de ti, tú podrías sernos de ayuda.

Sin previo aviso sacó un llavero de su traje, buscó la llave que abría el candado y antes de dejarme en libertad, me miró a los ojos. Era la primera vez que decidía evitar una mirada, por lo general yo era quien retaba de esta manera.

—Ni se te ocurra pasarte de lista. Tengo cámaras, armas secretas, hombres que no dudarán ni un segundo en acribillarte si intentas escapar.

—¿Qué clase de político eres tú? ¡Solo eres un loco!

Me torció el brazo, doblegándome y estando a punto de partírseme. Se acercó a mi oído y el sonido de su voz airosa y ronca provocó una sensación que tenía años de no sentir. Me llevó a cuando tenía seis años.

—Y tú eres una insolente que no merece salir de este lugar a menos que sea en un ataúd.

—¿Por qué no me matan y ya? Pueden conseguir a más personas, a su jefe, a sus amigos. Por qué tengo que ser yo.

—No me hagas perder mi tiempo y camina. —Se adelantó, y al tener las manos en la espalda, me permitió verle un arma corta, sostenía una pistola nueve milímetros—. Nosotros no escogimos secuestrarte. Tú fuiste la de la idea de que se escaparan, tú ibas a su lado, por ti se volvió loco y estuvo a punto de morir. Eres la pieza más importante en el rompecabezas, no podemos permitir que te vayas tan fácil.

No comenté nada y solo me toqué el hombro aun adolorido, sin despegar mi atención del hombre espeluznante que estaba a mi lado. ¿Me iba a asesinar? ¿Tan poco valía mi vida que un funcionario del estado me la quitaría? Me arrepentí todavía más de haber hecho eso. Fue mi maldita impulsividad actuando en mi contra y ahora, eso me costaría todo.

Alguna vez fuiste túHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora