CAPÍTULO 26

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Se me estaban agotando las opciones, todos estaban esperando mi opinión para dar el veredicto final. Si íbamos a los juzgados o lo podíamos arreglar sin llegar a términos legales. Estaba indeciso, no sabía si Henry era el culpable o si Frederick lo tenía secuestrado o lo obligó a participar con ellos. ¿Y si él no estaba enterado? Nada de lo que mi mente podía formular como posible respuesta tenía sentido. Así que opté por desistir en la acusación hasta no tener pruebas claras y sólidas.

Spencer y todos los empleados de la empresa se quedaron atónitos ante esta decisión. No sabían por qué estaba tan indeciso, incluso se empezó a esparcir el rumor de que estaba inmerso en el caso, lo cual no tenía sentido, pero ante las inconsistencias de mis declaraciones todo eso cobraba cada vez más fuerza.

Era obvio que Frederick estaba detrás de todo eso. Estaba decidido a ir hasta la casa de Ágata tan solo para comentarle todo esto y con suerte, poder comunicarnos con Henry o Frederick, en el peor de los casos, para confirmar o descartar de una vez por todas lo que estaba sucediendo.

En el momento en que cerré mi puerta, alguien salió de la casa de al lado. Al voltear, sentí un tirón en la espalda. No lo podía creer. Desde mi infancia que no veía a esa señora. Miles de recuerdos llegaron a mi memoria y todos y cada uno de ellos traían la imagen de mi madre. Era igual a ella, incluso tenía el mismo color de mandil.

—¡Kurt! No sabía que te encontrabas en Hamelín, Wendy no me dijo nada. ¿Está tu mamá en casa? Quiero darle unas cosas que trajimos desde Praga.

Maldición, su hija no le había dicho que ya no volvería a ver a su vecina y mejor amiga nunca más en su vida, y lo peor era que no pudo ni siquiera despedirse ni darse un último abrazo. Una última taza de té, una historia que contar. En sus ojos se encontraba esa ilusión y con cada segundo que se prolongaba el silencio esa sonrisa se transformaba en una mueca de intranquilidad y rápido bajó sus manos cuando entendió lo que significaba.

—No volverá, ¿verdad?

—No, lo siento —no fui capaz de verla a los ojos.

No me dio tiempo a reaccionar cuando de repente sentí sus brazos rodearme. Acariciaron mi espalda y cuando hice lo mismo, sentí un nudo en la garganta. Una sensación de vacío se empezó a extender en cada una de las células de mi cuerpo. Odiaba sentirme así. La respiración se me entrecortó y no pude hacer nada para evitarlo. Sus manos me acercaron con más fuerza hacia ella. Ella también estaba impactada por lo que había sucedido, sin embargo eso no impidió que se detuviera un momento y me consolara. Estaba seguro que para ella aún era ese niño pequeño el cual se metí a su casa para jugar con su hija.

—¿Hace cuánto sucedió eso?

—El verano del año pasado.

—Oh, ahora entiendo todo. Por eso dejé de recibir su correspondencia. Lamento mucho lo que pasó, Kurt.

—Descuide —y tomé entre mis manos los cortes de tela que le traía desde Chequia—. La pondré en su habitación, si está de acuerdo.

—Por supuesto, esto es para ti, puedes hacer lo que quieras con él.

El fino y aterciopelado trozo de tela acariciaba mi piel como si también supiera lo que estaba pasando. Era del mismo material del que estaban hechas las bufandas que mi madre hacía. Ahora entendía por qué se lo trajo. Tal vez se lo había pedido o quería que le hiciera una prenda.

—¿Tienes prisa?

Miré al cielo y al ver que a lo lejos el cielo tronaba y el viento se arremolinaba sobre nosotros opté por ir al día siguiente a buscarla. Esto podía esperar.

—No, el clima está horrible, ¿ocupa algo?

—Traje cosas para ti y están en cajas. ¿Crees que puedas ayudarme a abrirlas? Wendy no ha aparecido en toda la tarde. ¿En dónde se habrá metido?

Alguna vez fuiste túHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora