La tranquilidad de esta casa no se podía comparar con la de ningún otro lugar en el que haya estado antes. Ni la casa de Evangeline ni su departamento, eran así de callados, en un barrio tranquilo, donde no hubiera riñas cada día. Era el escenario perfecto, sin embargo mi inspiración estaba hecha pedazos. Tenía tantas semanas sin escribir algo que mi cerebro se desapegó de esta historia, como nunca pensé que pasaría.
Odiaba que me sucediera esto, por un periodo de tiempo me encontraba emocionada por poder completar un proyecto en el que invertí años de mi vida, para que al final mis crisis de ansiedad y mis problemas familiares me echaran a perder todo. Ni siquiera lograba completar una sola frase, para cuando ya borraba todo y daba golpes en la pared.
Jack y Emily se habían vuelto siluetas borrosas en medio de una oscuridad que cada vez los iba desapareciendo más. ¿De verdad podía permitir esto? ¿Se lo merecían después de haberme acompañado todos estos años? Qué pésima escritora era. Pero más que un libro para mí eran dos vidas más que dependían de mí. Sus vivencias las conocía tan bien como la palma de mi mano. Lograba identificar lo que querían decir con una sola frase. Una conexión que nunca logré con alguien de mi entorno.
Sostuve la computadora en mis manos, la saqué de la maleta con tanto cuidado que parecía una reliquia irremplazable. Si se me destruyera, perdería la mitad de mi vida ahí. No era broma, tenía muchas cosas en el disco duro. Sin contar que yacían escritos, cartas y textos que no podrán ser leídos por nadie jamás.
Estaba decidida a darle un cierre a la historia, así que me puse a releer todo con sumo cuidado. Analizando todas las cosas que podía mejorar, ya fueran diálogos, descripciones, palabras erradas o redundancias. Soy consciente de que mi narrativa siempre fue muy pobre, sin embargo cada vez iba tratando de mejorarlo.
Por más que leyera e hiciera lo posible por conectarme de nuevo en la piel de mis protagonistas, parecía que mi cerebro había dado vuelta a la página. No podía escribir nada, ni de esta historia ni de ninguna otra. Tan sencillo como eso, esta historia había tenido su cierre sin que yo misma me haya dado cuenta.
Mientras luchaba con mi cerebro para poder superar este bloqueo, giré mi cabeza hacia donde yacía la maleta, como si algo hubiera llamado mi atención. Ahí dentro se asomaba algo naranja que por mi vista tan decadente no supe de qué se trataba. Pero con forme pude enfocar, me di cuenta que se trataba de Sr. Smiles. Dejé a un lado la computadora, caminando hacia el peluche que Antuan me había regalado. Al entrar en contacto con la felpa, miles de sensaciones llegaron a mi sistema nervioso, y no todos eran del todo agradables. Mi madre, Wilhelm, Franz, incluso Evangeline y Otto estaban como principales actores de estos recuerdos, sin embargo en mi mente reinó un personaje que me hizo olvidar todo de momento, incluso dudé de mi cordura. ¿Por qué estaba pensando en Kurt?
No era la primera vez que lo hacía, y menos ahora que sabía que él estaba en Hamelín. En cualquier momento me lo podía encontrar en la calle, en el supermercado. Todas mis ideas fueron descabelladas y me hicieron entrar en crisis otra vez. Pero algo que no podía entender, era la razón por la que su presencia en mi mente, no me causaba repulsión a comparación de otras personas. Era una mezcla rara de nostalgia con remordimiento y desasosiego. Estaba delirando, no cabía duda.
Me mantuve acariciando al tigre por varios minutos más mientras soñaba despierta con algo que ahora he olvidado por completo. Pero eso no duró por mucho tiempo. A mi mente llegó la imagen aquella del cofre que me había entregado Evangeline la última vez que nos vimos.
Lo busqué con la esperanza de haberlo cargado conmigo y en efecto, ahí estaba. Pero nunca conté con que estaba con una clave de seguridad numérica. Estaba perdida. Debido a la cantidad de dígitos que pedía, me tomaría meses adivinar la combinación. Lo dejé en la mesita de noche y observé por la ventana; en el medio del bosque, algo brillaba. Todo me parecía tan familiar y lejano a la vez que no sabía qué rayos estaba sucediendo conmigo.
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Alguna vez fuiste tú
RomansPara Ágata Shcüler, escribir siempre ha sido un pasatiempo que le ha ayudado a entenderse a sí misma. De esta manera ha podido superar cosas de su pasado e intentar mejorar como persona, con los que la rodean. Pero no pasará mucho para que llegue un...
