Por fin, el día que más estuvimos esperando llegó. Se acabaron los malos tratos de los profesores, las muecas de Gunter, las clases abrumadoras de matemáticas y el ambiente ácido y radioactivo que se respiraba en el comedor de la universidad. Ahora que teníamos las vacaciones para nosotros, no sabíamos qué hacer con tanto tiempo libre.
Todo pasó tan rápido, las semanas que faltaban se me hicieron horas, y las horas se hicieron segundos. Mi atención estaba puesta en tantas cosas que me distrajeron tanto de la escuela. Solo recuerdo haber hecho los exámenes con todo lo que recordaba de las clases. Odiaba estudiar, creo que eso ya lo he demostrado en muchas oportunidades.
Diez de diciembre, para ser exactos, un lunes por la mañana, ocurrió lo impensable. Ya no tenía que alistarme para ir a ese sufrimiento hecho de hormigón y pintura grisácea. Podía estar tranquila en mi cama, con las cobijas más gruesas y calientes que tenía a la mano. Solo era yo, mis libros que había acumulado a lo largo del semestre. Ahora podía leerlos todos sin problemas.
Aun me estaba acostumbrando a vivir acompañada de Henry; dejar de escuchar la voz de mi primo me producía una clase de... ¿nostalgia? Qué raro, siempre creí que cuando dejara de verlo estaría feliz. A quien sí extraña muchísimo era a Evangeline, no se merecía lo que estaba viviendo. Su forma de tratarme siempre era con respeto y mucho cariño, al igual que con la mayoría de las personas. Le guardaba un rencor inimaginable al universo, o a Dios, quien sea quien estuviera detrás de todo esto. Las personas más nobles a menudo son las que más sufren. Es injusto.
Un fuerte ruido me privó de mis pensamientos y me trajo de nuevo a la realidad. Supuse que se trataba de Oswald que venía por el dinero para quedarse callado y no decirle nada a mamá, así que no le tomé mucha importancia.
El problema era que en ningún momento subió, no hubo ruido alguno por unos minutos, que de la nada se tornaron horas. ¿Qué había sido aquello? El fuerte portazo seguía retumbando en mi cabeza y provocaba que formara todo tipo de teorías descabelladas. Incluso llegué a pensar que se trataba de Evangeline, pero se había desmayado en la planta de abajo. ¿Y si era mi madre?
No quería bajar, pero no tenía opción. Mi impresión sería de muerte si encuentro a alguien en casa, a mi tía desvanecida en el suelo de la sala y si era Otto, le metería un puñetazo por no avisarme. Oswald quedó descartado de inmediato, él solo iba por el dinero y se retiraba en cuanto tuviera los billetes en la mano.
Poco a poco comencé a escuchar ruido de nuevo, por lo que estaba casi segura que era Otto. Solo él prendía el aire acondicionado en pleno invierno. Cuando bajé las escaleras, aquellas manos, esos ojos saltones y esquizofrénicos me miraron expectantes; una sonrisa se dibujó en su rostro y yo solo me acongojé, esperando mi destino. Sabía que mi mente no estaba mal.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó irguiéndose.
—Es lo mismo que te pregunto a ti. ¿Qué haces?
—Vengo a cobrar la renta, a darle su sueldo al guardia y pensaba hacerme un sándwich. Además, quería comprobar lo que decía Oswald. ¿De verdad pensaste que darle dinero funcionaría?
Me sentí traicionada, estaba a punto de entrar de nuevo en otra crisis. Ahora mi blanco dejaba de ser Otto y se había convertido en mi hermano. Idiota, en cuanto lo viera, le daría una paliza tal que sería capaz de hacerle olvidar todo lo que me había hecho. Bueno, eso era difícil.
—¿Me vas a sacar de esta casa también?
—Tú misma dijiste que no querías estar bajo el mismo techo que yo, así que no sé qué sigues haciendo aquí. Si no quieres mi ayuda, entonces no tienes el derecho de quedarte a vivir en ninguna de mis propiedades. Toma tus cosas y lárgate de aquí.
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Alguna vez fuiste tú
RomancePara Ágata Shcüler, escribir siempre ha sido un pasatiempo que le ha ayudado a entenderse a sí misma. De esta manera ha podido superar cosas de su pasado e intentar mejorar como persona, con los que la rodean. Pero no pasará mucho para que llegue un...
