CAPÍTULO 35 (FINAL)

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No fue fácil tomar las cosas, así como la decisión de dejar todo lo que había construido, para buscar algo de mi pasado que nunca podré borrar de mi mente. Justo coincidió cuando Kurt y yo oficializamos nuestra relación. Todo el camino de Emmerthal hasta la capital, iba intranquila y con ataques de ansiedad uno detrás de otro. Pero estaba consciente que ya no había vuelta atrás, no podía decirle al chofer que se regresara solo por mis caprichos.

Conocía esa carretera muy bien, mejor de lo que conocía mi propia casa. Y aun así, las tres horas de viaje se me hicieron tan cortas como si hubiéramos cruzado el puente de piedra que nos dividía de Hamelín. Estar en la capital de vuelta fue como desconocerme por completo. Me perdí, no supe por qué calles andar para ir al aeropuerto. Y por si fuera poco, mi presupuesto tampoco estaba para permitirme pagar un autobús que me llevara a la estación. El metro tampoco era una opción. Lo único que se me ocurrió fue caminar hacia la casa de Henry, pensando en hablar con él y pedirle que me ayudara a acompañarme hasta que saliera mi vuelo.

Estaba cansada, hambrienta y con una angustia en mi pecho que no podía externalizar. Aquello me estaba matando, no lograba pensar en nada que no fuera Kurt. Una presión muy grande se encontraba sobre mis hombros. Al mismo tiempo quería estar con él y deseaba tenerlo cerca, pero tampoco quería que se diera cuenta de lo que me estaba pasando.

El clima no estaba de mi lado tampoco; nevaría en cuestión de horas, además que la noche estaba cayendo en la ciudad, todos los faros del alumbrado público comenzaban a encenderse, remplazando la claridad del sol con aquellos destellos que acompañaban a las personas que aun siendo enero, seguían cantando villancicos en las aceras.

Al llegar a una calle con puerta automática por ambos lados, supe que llegué con Henry. A escasos pasos se encontraba una puerta que daba a un jardín enorme, repleto de plantas exóticas, pero lo que más existía eran los girasoles, cosa que me hacía recordar a... Kurt maldita sea.

Sin perder más tiempo timbré y los ladridos de los perros no se hicieron esperar. Tardaron varios minutos en abrir hasta que por fin comencé a ver a Antuan acercarse, y en el momento en que se percató de quién se trataba, corrió con su sonrisa que siempre lo caracterizaba.

—¡Ágata! —dijo emocionado mientras abría las rejas.

Escuchar ese nombre, sabiendo cuál era el verdadero, me hacía sentir extraña. Pero aunque no quisiera, ese era mi nombre ante la ley.

—Hola, Antuan —y lo abracé en cuanto él extendió los brazos hacia mí.

Estaba muy emocionado, sus lágrimas salieron de inmediato, no me dieron tiempo de reaccionar. Lo alejé para poder verlo a la cara y decirle que todo estaba bien.

—¿Sabes dónde está Henry? Necesito hablar con él, es urgente.

—No está aquí, pensé que te había dado la dirección. Espera.

Y sacó su celular para buscar algo, me imagino que trataba de recordar dónde se encontraba. Todo me parecía muy surreal. Yo en este momento tendría que estar en Emmerthal, alistándome para regresar a la universidad.

—Es aquí, anótalo —y me mostró la pantalla.

Una vez que le tomé captura y busqué las coordenadas, me di cuenta que no estaba tan lejos de ahí. Lo cual se me hizo muy extraño, conociéndolo, me imaginé que se alejó lo más posible de su familia, pero algo lo ataba a ellos.

—¿Y tus padres?

—No están, salieron de gira de trabajo.

No me sorprendía ya. Esos señores lo único que los movía era el dinero y eran capaces de dejar a su hijo menor a su suerte. Aun así se veía aseado y muy arreglado.

Alguna vez fuiste túHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora