Capítulo 15: El Pasado Vive y Respira

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Presente

Ciudad Capital, D.C (Antigua Santiago de León)

Dos semanas habían pasado desde el regreso de la Teniente Benett a la Capital.

Dos semanas en las que Seamann no permitió que Moraes estuviese quieto por mucho tiempo. A parte de su trabajo que ya le consumía, primero tuvo que llevarla a decena de consultas médicas y luego al campo de entrenamiento del ejército, lugar del que salía al anochecer.

Todo esto como parte de su indulto: intentar devolverle algo de la forma que tuvo en antaño para que regresarle su título de Teniente no luciese como simple caridad. Ella debía probar que aún servía como soldado y, por los momentos, Moraes no paraba de contar las derrotas, cabizbajo al ver lo poco que quedaba de aquella figura heroica que marcó el fin de una era.

Su esposa le daba aliento y le mencionaba a modo de broma que estaba volviendo a ser padre. Él sentía que hacía algo bueno, pero no era sencillo ver el infierno por el que esa mujer caminaba.

Hace un par de días, llevaron al Ministerio a un psiquiatra, un tal Dr. Balaguer, que pasó casi dos horas frente a una silenciosa Leryda que, según, respondía al principio solo con monosílabas y un «estoy bien» o «es difícil de explicar» muy de vez en cuando. El doctor le contó a Seamann que en algún punto debió tocar una "fibra sensible", en la cual, Leryda pareció irse a otra realidad, otro mundo que parecía hacerla sentir incómoda e inquieta, como si alguien en esa oficina hermética le quisiese hacer daño.

Rabia desmedida, fue el término usado por el profesional al referirse a lo que vino después. A Felipe no le gustaban las palabras tan técnicas, pero quedaba mucho mejor a decir que Leryda se había vuelto loca frente a él.

Supuestamente, cuando le preguntó sobre la guerra o sobre su pasado en general ―el psiquiatra nunca lo especificó, pese a hablar más que una radio―, Benett se quedó en blanco por un instante, observando a todos lados a la vez que temblaba como si se congelara. Y después...

El doctor no quiso entrar en detalles, pero el ojo morado y el cristal destrozado de sus gafas hablaban por sí solo.

Trastorno de Estrés Postraumático, fue su diagnóstico, lo que explicaba su huida y sus cambios de ánimo tan repentinos. Si antes sentía pena por ella, ahora cualquier momento cerca se convertía en una tortura, era una verdadera víctima y Moraes no sabía cómo tratarla, mucho menos generar alguna conexión. Esa expresión seria y complexión dura escondían a una mujer destrozada por dentro, alguien que tuvo que tomar decisiones realmente jodidas y que cargaría con las consecuencias hasta el final de sus días.

Días atrás cuando las pruebas físicas en el campo de entrenamiento empezaron, fue el día más complicado para él y donde más pena sintió. Tenía mucha fe en la Teniente pues, pese a su mente inestable, su físico se había mantenido relativamente en buen estado, seguía teniendo ese cuerpo titánico que lo hacía sentir pequeño.

La esperanza se fue evaporando poco a poco a medida que las pruebas sucedían. Darle una vuelta a la pista de atletismo le tomó más de diez minutos, parándose a cada rato a tomar aire y maldiciendo mientras se tiraba en el suelo. Los últimos pasos los dio caminando, cojeando y con claras muestras de dolor en el rostro, un espectáculo que Moraes no soportó ver y decidió esperar en el carro a que terminara.

Luego de dos días obteniendo las calificaciones mínimas, a Moraes le tocó llevarla a un sitio muy distinto: el campo de tiro de la Academia. No sabía muy bien que esperar, quizás un espectáculo, tal vez un fiasco, no había punto medio si se hablaba de la salud de esa mujer, todo terminaba cayendo en lo malo.

Olvidada: La Nación Sin NombreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora