Capítulo 24: Desconfianza Color Cobre

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―A ver... Este va a quedar 2 a 1, dos goles en la segunda parte. Perfecto ―decía para sí mismo el oficial Moraes que terminaba de rellenar su libreta de apuestas para ese fin de semana.

La casa de apuestas quedaba del otro lado de la plaza cerca de donde vivía Leryda, y, como tenía que esperar a que su esposa le avisara que ya había terminado su clásica reunión de los jueves por la noche con sus amigas para ir a buscarla, decidió esperar por ahí mientras jugaba un rato con la suerte.

Quizás el pueblo entre las montañas le traería suerte. Con su conocimiento y estudio dedicado de las revistas deportivas seguro ganaría, estos pueblerinos no sabían con quién trataban.

Si ganaba el vasco, él sería el doble de feliz. ¡Siempre arriba Bahía!

Cruzó la calle hasta su carro estacionado junto a la plaza, cubierto por un árbol cuyas raíces habían levantado la acera. Se escondió detrás del carro cuando algo en la casa de Leryda le generó dudas, más bien, alguien.

―¿Qué hace esa niña acá? ―se preguntó a sí mismo en voz alta―. ¿Información a esta hora? Mucho compromiso con el trabajo ―se respondió.

La insolente asistente caminó hasta la esquina con su teléfono en la mano. Bajó por la colina descendente del pueblo, con una calma y seguridad sospechosa.

Arrancó su vehículo y la empezó a seguir de lejos, había algo con esa joven que le pellizcaba en un lugar específico de su mente, la curiosidad innata del detective veterano.

Descendió por la calle del pueblo dándole varios cientos de metros de ventaja, se detuvo junto a un callejón cuando la perdió de vista y un camión viejo con cestas de vegetales detrás salió de una de las calles cercanas. Ella se subió con agilidad, algo que solo hace el hábito y la costumbre. Arrancó nuevamente su carro y los siguió con cautela, atento de los detalles.

Solo existía el camión destartalado y la vía, el Vasco podía esperar.

...

Entraron a la ciudad, allí podría disimular más su persecución.

La siguió a través de las calles concurridas del centro hasta que se detuvieron frente a un edificio de apartamentos, él se estacionó dos cuadras atrás en el estacionamiento de una tienda 24 horas, donde las lámparas quemadas ocultaban su presencia.

En un abrir y cerrar de ojos, dos personas salieron por la entrada principal del edificio y subieron al camión, el cual de inmediato aceleró y giró en "U" en un semáforo más adelante y tomó rumbo hacia el Este. Moraes casi atropella a un mendigo que aplastaba latas detrás de su carro cuando daba marcha atrás.

Bordearon la ciudad, siempre con la montaña pegada del lado izquierdo de la carretera. Podía ver el paseo de la victoria a la derecha, con los enormes edificios del centro que brillaban como antorchas en la noche sin estrellas.

La autopista se tornó solitaria y oscura, por ahí no ponía lámparas el gobierno capitalino.

Cayó en un hueco, su carro brincó violentamente, pero siguió.

Unos edificios abandonados aparecieron en la oscuridad a la vez que sus ojos se habituaban a ver entre tanta penumbra, tenía los faros del carro apagados desde hace buen rato; podía romper una que otra norma de tránsito si investigaba, era oficial después de todo.

El camión accedió a través de un camino de grava, luego se perdió de vista. Detuvo el carro. Se bajó a una buena distancia para evitar que alguien lo viera. Sacó unos binoculares ridículos de color naranja fosforescente que le había regalado a su nieto el año pasado, el niño no se acordó de llevárselos con él.

Vio que se acercaba gente. Tiró los binoculares dentro del sedán y se arrodilló junto a la rueda delantera.

Eran 3 personas: un hombre de estatura media y barba poblada; una mujer alta, fornida y rubia que a Moraes le pareció atractiva a simple vista y por último un sujeto de piel color caramelo, calvo y con todas las venas marcadas en la frente cuya barba lo hacía asemejarse a una cabra.

―¿Para dónde va usted a esta hora? No ve que es peligroso. ―preguntó el primero, con el acento suelto y carismático del Oriente.

―Es cierto, nadie es tan imbécil de meterse por esta vía ―afirmó la mujer.

«Concéntrate, Felipe. Enfócate primero en salir de aquí», pensó, mirando la silueta ancha y bien forjada de la rubia.

Moraes se levantó poco a poco, a esta hora ya le dolían las rodillas. Les habló en su dialecto natal, parecido a lo que la mayoría hablaba, pero con bastantes palabras distintas que lo hacían indescifrable para quienes no fuesen de Bahía.

El barbudo y la rubia se miraron entre sí, confundidos hasta la medula.

El tercero, el que más cara de desquiciado tenía, se le acercó tomándolo del hombro y le contestó en su mismo dialecto y casi que con su misma pronunciación:

―¿Cómo se puede perder por acá? Es fácil, de la vuelta, y en lo que empiece a ver luz y gente, pide la dirección.

Con amabilidad, le abrió la puerta del carro, esperó que se sentara y la cerró mientras los demás le seguía observando.

Esa pelirroja traía algo raro entre manos. Su mente pensó en lo peor directamente y era imposible dar alguna otra explicación. Ya no eran pensamientos exagerados, algo se estaba cocinando, pero no tenía más evidencia que lo visto recientemente.

Había que excavar, pensaba mientras sus manos temblorosas se aferraban como pinzas del volante, acelerando hasta seguridad de la ciudad.

Se preguntó si Leryda tendría que ver, pero limpió esa idea de su mente, esa mujer ni siquiera salía de su casa cuando llegaba en la noche y con todo por lo que había pasado, no la veía traicionando la causa.

Ella no tenía nada que ver... según él.

Olvidada: La Nación Sin NombreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora