Capítulo 33: Himno Nacional

30 11 19
                                        

La brisa siseaba fuerte en sus oídos, el frío golpeaba de lleno sus facciones y su entumecido rostro carecía de emoción alguna. Con la mano apoyada en la frente, ofrecía respeto hipócrita a la bandera que pugnaba por su lealtad.

Ya no tenía esperanza, la guerra siempre reinaría su mente, el conflicto entre la sanidad y la locura, el bien y el mal, la república y la federación. Quizás verla tan distante y sumergida en sus pensamientos haría pensar a propios y extraños que era simplemente alguien de contadas palabras, pero eran sus pensamientos que la dejaban sin mucho que decir.

El himno nacional se detuvo, los cánticos sobre un pueblo valiente que rezaba y pedía a gritos que el pasado oscuro y podrido no se repitiera entre melodías de orquesta que sonaban heroicas de principio a fin. Harían que cualquiera que le importase la historia sacara el pecho, pero ella lo hacía por una obligación protocolar.

Con la bandera nacional en frente, escoltada por las 6 banderas de los demás estados, la gente empezó a aplaudir. Los rodeaba un cúmulo multitudinario de personas, desde políticos hasta celebridades. Los Generales y Comandantes estaban delante de ella, hombres y mujeres que había conocido en algún punto de su carrera y que al verla sonreían, parecían saber por qué ella estaba allí.

El General Grass no compartía la misma alegría visible del grueso de personas, cuando volteaba a verla sus ojos le transmitían preocupación, intensificada por sus facciones arrugadas y el accionar cansado de alguien de su edad. Esa combinación solo añadía más fuego a su mente, quizás no fue tan buena idea compartir su odisea.

Mientras los líderes de la Junta de Gobierno inauguraban el evento, homenajeando a los caídos y héroes de la guerra a quienes muy pocas veces mencionaban, Leryda se veía consumida por la culpa, a su alrededor solo había murmullos inentendibles que no llegaban hasta el agujero en el que su propio pensar la había enterrado, faltaba muy poco tiempo.

Desde aquel día en el palacio algo andaba mal, las señales de que algo no funcionaba le llegaron en el transcurrir de los 3 días. Clara nunca se comunicó con ella, Moraes no la contactó y Marcano dejó de llamarle para comentarle sus pensamientos. 72 Horas que ella pasó acurrucada en el sofá del General Grass sin saber cómo actuar, la nación era una bomba que estallaría sin importar que hiciera.

3 días añorando el calor que su amuleto le brindaba. Esperando toparse con su amada en sueños cual niña, para intentar excusar su torpeza.

Ella lo había perdido, su símbolo de unión desapareció en medio de todos los problemas de su vida real y, pese a que le preocupaba, pensaba que era para mejor. No podía dejar su propio pellejo a merced de soluciones místicas.

Aún existían cosas que ella no llegaba a entender, cómo lo bien que le hacía sentir el incienso, por ejemplo. Sin embargo, sabía que era hora de entender que Erlín no volvería y que por más que la extrañara y que mataría por estar con ella, la realidad no le brindaría una oportunidad tan fantasiosa.

Era una tontería y reconocerlo le hacía daño.

Frente al Teatro Nacional, en un espacio vacío que antes era ocupado por propaganda Federal, colocaron un mural conmemorativo en honor a los mártires de la guerra civil, muchos convocados esa noche para presenciar ese pequeño acto de aprecio que sus gobernantes le regalarían.

Leryda los encabezaba, era una especie de líder de un batallón de personas rotas que se formaban detrás de ella a la espera de que la manta blanca que cubría la obra de arte cayera al suelo. Era una imagen descarnada, verla a ella, tan dañada, con ganas de claudicar a cada instante y detrás personas muertas en vida, con rostros que aún vivían en el pasado, con amputaciones, cicatrices, soportando un dolor mayor que el de la futura Capitana.

Olvidada: La Nación Sin NombreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora