Leryda encendió la lámpara junto a su cama. Tenía esa extraña sensación de no saber cuánto había dormido.
Dormir... de verdad había dormido.
Se levantó con dificultad y caminó hasta el balcón a metros de su cama; cada músculo de su cuerpo parecía gritarle en protesta, sus piernas temblaban con cada paso.
Pensaba en todo eso mientras observaba el paisaje frente a ella apoyada en la barandilla. Los apartamentos a un lado, el parque debajo donde las personas iban a tomar la brisa, la autopista y las montañas más allá.
Estaba... intranquila y su sueño había sido el culpable de eso. Recordar esos momentos con Erlín no le hacían bien, la dejaban agitada y con lo cansada y solitaria que se encontraba la mayoría del tiempo era sencillamente una pérdida de tiempo, no tenía la energía suficiente para divagar en eso.
Sin embargo, con lo mucho que a su mente le encantaba torturarla, que mejor que recordarle el rostro que tanto añoraba, pero, entre las sábanas.
Navegar tanto entre sus memorias le había dado cierto control en ellas, de esa forma las pudo usar como «terapia» durante su exilio. No era una experta, su mente no estaba en condiciones ideales y de vez en cuando se volvía rebelde, mostrándole cosas que no quería o ensañándose con ella hasta hacerla llorar.
Ahora que volvía a su departamento, hogar de las cosas que la hicieron huir en un primer lugar, tenía el beneficio de que su entrenamiento y rehabilitación la mantenían tan exhausta para siquiera pensar. Así que solo respiró hondo e intento disipar ese calor extraño en las orejas y el sudor que bajaba por su cuello.
Le soltó un poco las riendas a su mente, que divagara en otra cosa mientras se tranquilizaba. Fue sencillo, solo recordar lo que pasó las horas después de esa madrugada eran suficiente para sacarla de allí.
Ambas se arreglaban para irse a sus trabajos con la mente todavía algo difusa y sonriendo al mirarse.
Leryda buscó en su mesa de noche el regaló que no la había podido dar a su amada: una rosa hecha de plata, muy parecida a las que Erlín sacaba de su cabello como por arte de magia.
Nunca pudo terminar de pagarla, el herrero había muerto.
Su amada estaba a punto de marcharse cuando Benett llamó su atención con un simple «cariño», algo extraño y por eso Erlín volteó rápido.
La Piel de Hierro lo tomó en sus manos con delicadeza.
«Me pregunto qué pasaría si los metales y las piedras preciosas crecieran así. Tal vez las empresas encontrarían la forma de convertir el Cañón en una pradera llena de flores de colores y arboles enormes».
«La plata es hermosa, se le puede dar forma con facilidad y convertirla en tantas cosas bellas..., y algunos dicen que es efectiva contra los vampiros. Lo bueno es que esas cosas no existen».
Benett, de vuelta en su realidad sombría, sonrió hacia el vacío como si ella estuviera presente, viéndola y pidiéndole que colocara la rosa de plata en su cabello, dándole la espalda y extendiendo su melena espesa.
Creyó que caería de nuevo, que sucumbiría a su propia tristeza, pero, gracias a dios o la crueldad de esa nación, el recuerdo no terminaba allí.
Creyó sentir los pequeños temblores que ocurrieron en el cañón ese día.
No pasó a mayores, no fue una desgracia, pero sí un mal augurio.
04:02 am, hora oficial de la muerte del comandante Hugh O. Ravindstill.
Ahora todo el país temblaba, pero de una forma mucho peor que un terremoto.
Ambas tuvieron que asistir a la pequeña oficina del gobernador, ahora presidida por el silencio y los rostros de incertidumbre. Junto al gabinete del Palacio, Armstrong y algunos miembros más del poder militar, observaron el comunicado oficial donde Ever Marques, Federal cercano al difunto, lloriqueaba mientras daba la información que la Republica ya conocía.
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Olvidada: La Nación Sin Nombre
Science FictionLa Teniente, una heroína que se debate entre la cordura y el abismo de sus pensamientos, rememorará sus vivencias durante la gran Guerra Civil, un conflicto que acabó con el mandato solido y despiadado de los Caudillos y su Federación forjada en san...
