―... Nuestro gobierno desde el día de hoy se compromete con los pueblos nativos de las ciudades gemelas. Es y será nuestra mayor responsabilidad estar en contacto con las comunidades más necesitadas. Todos somos iguales bajo el manto de la República y prometemos que nadie más volverá a quedarse fuera ―las personas trajeadas y militares escuchaban con demasiada atención e interés las palabras que la Junta de Gobierno daba desde el balcón del renovado Palacio de Gobierno de Encarnación, frente a la plaza mayor, igualmente reconstruida.
Leryda se mantenía firme, pensativa. No le importaba que la vieran de esa forma, estaba ocupada luchando contra los recuerdos que salían de entre las piedras de la plaza.
Sabía que, si empezaba a detallar el lugar, inconscientemente la vería a ella, entrando y saliendo, mirando por el balcón, hablando con diplomáticos junto a la entrada. Y posiblemente recordaría aquel lugar en ruinas mientras su misma gente la abucheaban e insultaban de mil formas.
No estaba bien, ni el mejor tratamiento podría evitar que el pasado la consumiera en un lugar como ese.
La Teniente veía el humo espeso y dulce ascender hacia el cielo, mientras las lágrimas empañaban su vista. Los creyentes habían encendido velas e inciensos alrededor del edificio, un lugar que significo su libertad.
Nunca tuvo que volver a Encarnación, quizás si hubiese inventado una buena excusa le hubieran dejado quedarse en Bahía, la anterior parada de esa gira de la tortura sin fin
Clara, siempre cerca de ella, parecía ser la más interesada en el discurso, con sus ojos verdes llenos de ilusión. Pronto se la quitaría de encima cuando el evento acabase.
«Están buscando quien les compre su discurso vacío», fue lo que Marcano le dijo al enterarse de la gira. El ex Federal se veía cada vez más deteriorado, con comportamientos erráticos encerrado en esa habitación horrible.
La última vez que hablaron se quedó en blanco varias veces, observando la montaña de papeles tras de sí, como si buscase algo que se le hubiese perdido. Si estaba enfermo, ella no sería quien se preocupase por él.
Su charla duró poco y acabó abruptamente, se veía nervioso y temblaba como si tuviese fiebre. Él cortó la videollamada y Leryda quedó sola mirando la pantalla preguntándose qué había ocurrido.
Los aplausos ensordecedores la sacaron de su mente llena de ruido. La Junta había dado todo su discurso y ella no se había enterado de nada.
Más de la mitad de la ciudad estaba todavía en ruinas. El palacio y la plaza mayor se habían terminado justo a tiempo para la visita de los gobernantes..., Benett sintió un vacío enorme en el pecho, tal vez por eso no le interesaban las palabras de sus lideres, estaban tan llenas de promesas, tan cargadas de ilusión..., tan buenas para ser verdad.
Tan pronto como las personas se dispersaron, ella empezó a caminar sin rumbo fijo entre el gentío, un mar de recuerdos.
―¿Adónde va, Teniente? ―preguntó Clara, la última persona con la que Leryda quisiera hablar.
―¿Que te importa? Déjame en paz ―la gente a su alrededor se volteó ante la muestra de desprecio. Clara no la siguió, teniendo el descaro de sentirse ofendida.
...
«Esa perra, ¿cómo se atreve?», decía en su mente mientras entraba por las puertas metálicas del Palacio, intentando alejarse de la multitud y del olor a incienso amargo que le aturdía. Nadie la molestó mientras entraba, era uno de los beneficios de ser Clara, cualquier persona con sentido común no dudaría de la joven pelirroja de mejillas pecosas, era como pensar que un bebé fuese un terrorista.
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Olvidada: La Nación Sin Nombre
Ciencia FicciónLa Teniente, una heroína que se debate entre la cordura y el abismo de sus pensamientos, rememorará sus vivencias durante la gran Guerra Civil, un conflicto que acabó con el mandato solido y despiadado de los Caudillos y su Federación forjada en san...
